La publicación este 24 de enero de la nueva Estrategia Nacional de Defensa de los Estados Unidos (NDS) no constituye un mero ajuste técnico del aparato militar norteamericano ni una simple actualización doctrinaria. Se trata, en rigor, de una redefinición profunda del modo en que Washington concibe el uso del poder militar como instrumento central de su política exterior. Así, la la Estrategia de Seguridad Nacional presentada a fines de 2025 ya había anticipado un giro hacia una concepción más soberanista y territorial del interés nacional, la nueva NDS viene ahora a dotar de coherencia operativa y proyección estratégica a ese replanteo.
A diferencia de las doctrinas de las últimas dos décadas, centradas en la gestión de crisis periféricas o en la estabilización de regiones en conflicto permanente, el nuevo documento parte de una premisa radicalmente distinta en la que Estados Unidos ya no puede estructurar su Defensa en función de un orden internacional que no controla ni define. En consecuencia, el centro de gravedad de su estrategia se desplaza desde la proyección global permanente hacia la defensa prioritaria del territorio nacional, del hemisferio occidental y de aquellos espacios considerados vitales para su seguridad estructural.
En este sentido, la defensa del territorio deja de ser una noción limitada al control fronterizo o a la lucha contra el terrorismo, para convertirse en una categoría estratégica ampliada que abarca infraestructuras críticas, rutas marítimas, nodos energéticos, ciberseguridad y, especialmente, la estabilidad política del entorno hemisférico inmediato. En esa línea, no resulta casual que la nueva NDS identifique explícitamente a América Latina y el Caribe como parte integral del dispositivo de seguridad estadounidense y no como un escenario periférico. El hemisferio vuelve así, a adquirir una centralidad que no tenía desde la Guerra Fría, aunque ahora bajo parámetros geoestratégicos más que ideológicos.
Este giro no es meramente teórico. Las recientes intervenciones de Estados Unidos en el Caribe -y especialmente en Venezuela- frente al avance de redes criminales transnacionales constituye una primera manifestación concreta de esta lógica. Ya no se trata de operaciones humanitarias clásicas ni de misiones multilaterales de bajo perfil, sino de acciones concebidas explícitamente como parte de la defensa adelantada del propio territorio frente a amenazas híbridas que combinan crimen organizado, colapso estatal y penetración de actores extrarregionales.
La nueva estrategia redefine también la relación con los aliados. Estados Unidos ya no se presenta como garante automático de la seguridad global, sino como “socio estratégico dispuesto a apoyar, pero no a sustituir”, las responsabilidades primarias de defensa de terceros. Este enfoque implica una redistribución del costo político, financiero y militar de la seguridad internacional. Europa deja así, de ser un espacio de tutela militar norteamericana para convertirse en un polo que debe asumir crecientemente su propia defensa, particularmente frente a Rusia -descripta ahora como una amenaza persistente pero contenible, más regional que sistémica-.
En Asia-Pacífico, la contención de China sigue siendo un eje estructural, aunque bajo un registro más pragmático que ideológico. La competencia ya no se formula como un enfrentamiento civilizatorio, sino como una disputa por el control de espacios críticos, tales como cadenas de suministro, tecnologías sensibles, corredores marítimos y estándares industriales. En este marco, la decisión de transferir a Corea del Sur un rol central en la disuasión frente a Corea del Norte responde tanto a la lógica de burden sharing como a la voluntad de convertir a los aliados en nodos activos de la arquitectura de seguridad y no en meros receptores de protección.
Otro aspecto central de la NDS es la revalorización explícita del complejo industrial-militar como activo estratégico. La capacidad de producir, reponer y escalar sistemas de armas y plataformas tecnológicas pasa a ser considerada una ventaja decisiva en un mundo de conflictos prolongados. No se trata sólo de superioridad tecnológica, sino de resiliencia productiva y de capacidad de sostener esfuerzos militares sin depender de cadenas globales vulnerables. En este punto, la nueva estrategia de Defensa se articula con la política económica y comercial de la Administración Trump, donde seguridad, industria y soberanía se integran en una misma matriz conceptual.
Pero este retorno a una lógica de poder más clásica no implica una vuelta mecánica al unilateralismo, dado que la NDS 2026 combina ahora pragmatismo estratégico con un uso selectivo del multilateralismo, mas subordinándolo siempre al interés nacional. De esa forma, allí donde las instituciones internacionales sean funcionales a los objetivos de seguridad de Estados Unidos, serán utilizadas; y allí donde se conviertan en obstáculos, serán relativizadas o directamente ignoradas.
Desde una perspectiva más amplia, esta nueva doctrina de Defensa debe ser leída como parte de una mutación más profunda del orden internacional. Estados Unidos parece asumir que el mundo unipolar ha quedado atrás y que la gestión de su poder requiere hoy menos pretensión normativa y más capacidad de decisión dura. En ese contexto, el poder militar vuelve a ocupar un lugar central como instrumento político, que deja de ser un recurso excepcional y pasa a convertirse en un componente estructural de su diplomacia.
Para América Latina, este nuevo escenario abre una etapa compleja. El retorno del hemisferio como espacio prioritario de seguridad estadounidense implica mayores oportunidades de cooperación, pero también mayores márgenes de presión y condicionamiento. La región deja de ser un simple espacio de influencia comercial o cultural para convertirse en un territorio donde se juegan variables críticas de la seguridad norteamericana.
En definitiva, la nueva Estrategia Nacional de Defensa de los Estados Unidos no sólo redefine cómo se organiza su aparato militar, sino cómo entiende su lugar en el mundo. Y es que en un contexto internacional fragmentado y competitivo, Washington opta por recentrar su poder, territorializar su estrategia y asumir que la política internacional vuelve a estar estructurada por la lógica del poder más que por la retórica del consenso. Como siempre ocurre cuando Estados Unidos reconfigura su doctrina, el impacto no se limitará a sus fronteras sino que marcará una vez más, el pulso del sistema internacional en los años por venir.
Patricio Degiorgis es analista internacional y director de la Cátedra Unión Europea de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES)
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