El Holocausto no comenzó en las cámaras de gas. Comenzó antes: cuando una sociedad aceptó que la verdad es negociable, que el odio podía presentarse como una opinión más y que la historia podía “reinterpretarse” como si fuera solo un rumor.
Este 27 de enero, cuando el mundo conmemora el Día Internacional en Memoria del Holocausto, la pregunta no es solo cómo recordamos, sino si estamos dispuestos a defender la verdad cuando ya no queden testigos. En América Latina, la desinformación, la banalización y el relativismo avanzan al mismo ritmo que se apagan esas voces. En los últimos años han muerto sobrevivientes cuya existencia era, en sí misma, una forma de evidencia: personas que no “opinaban” sobre el Holocausto, sino que habían vivido sus horrores en carne propia y que pasaron décadas contando, en escuelas y auditorios, lo que ocurre cuando un Estado decide que hay vidas prescindibles.

Samuel Gutman, por ejemplo, fue reconocido en Colombia como su último sobreviviente; Eva Schloss –conocida por su trabajo incansable como testigo y educadora y por su relación con la historia de Ana Frank– dedicó su vida a narrar lo que la persecución nazi le arrebató a su familia y a Europa. Cuando personas así mueren, no se va solo una biografía: se pierde una manera de mirar la historia sin filtros. Y el archivo, si no se enseña ni se activa, termina diluyéndose entre el ruido.
Ese ruido hoy se puede medir. La encuesta Global 100 de la Liga Antidifamación (ADL) lanzó en 2025 una alarma para América Latina: el 22% de la población de la región no ha escuchado hablar del Holocausto y, lo que es aún más grave, el 26% de los jóvenes del continente tampoco ha oído hablar de él. A esto se suma un dato que debería helarnos la sangre: el 18% cree que la cantidad de judíos asesinados ha sido exagerada por la historia, y solo el 41% de los jóvenes entre 18 y 34 años considera que el Holocausto ocurrió y que el número de víctimas ha sido descrito de manera correcta.
Esto no describe solo desconocimiento: describe un clima. Cuando una sociedad se habitúa a la sospecha, se convierte en terreno fértil para cualquier relato manipulador que necesite degradar a un grupo humano para justificar abusos: hoy contra judíos, mañana contra migrantes, opositores, pueblos indígenas, comunidades minoritarias o periodistas.
América Latina no puede mirar este problema desde afuera. No solo porque aquí también viven comunidades judías que han sido blanco de estigmas y ataques, sino porque la región conoce –por experiencia propia– el mecanismo que precede a la atrocidad: primero el lenguaje, después el enemigo fabricado, luego la violencia convertida en rutina.
Si bien en algunos países existen marcos normativos, políticas educativas o declaraciones institucionales que impulsan la enseñanza de estos temas, el desafío de fondo no es jurídico: es pedagógico y cultural.
No basta con que el Holocausto aparezca una vez al año ni con que quede relegado al capítulo de la Segunda Guerra Mundial como un tema de “historia universal”. Tiene que volverse transversal y con enseñanzas contemporáneas: estar en historia, ciudadanía, ética, educación digital; formar docentes; ofrecer materiales adecuados; enseñar a distinguir evidencia de propaganda; explicar cómo funcionan los discursos de odio y cómo, con el tiempo, terminan convertidos en política pública o normas culturales.
Porque hoy el negacionismo rara vez entra con uniforme. Entra como ironía, como cansancio (“otra vez lo mismo”), como sospecha (“seguro exageran”), como falsa neutralidad (“hay dos versiones”). Y si la escuela –y el Estado– no ofrecen un relato robusto, ese espacio lo ocupan las redes sociales con su economía perfecta: lo más emocional, lo más escandaloso, lo más falso.
Este 27 de enero, la frase “Nunca Más” no puede ser solo ceremonial. Tiene que ser un compromiso verificable: enseñar con rigor cuando ya no haya testigos; proteger la verdad histórica como un bien público; entender que la memoria no es nostalgia, sino prevención. Porque si dejamos que el tiempo haga su trabajo –si aceptamos que recordar es opcional y que la verdad viene con comillas– el olvido no llega solo. Llega acompañado. Y siempre pide algo a cambio.
*Marina Rosenberg es la vicepresidenta sénior de Asuntos Internacionales de la Liga Antidifamación (ADL). @_MarinaRos
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