El 12 de julio de 2025, el presidente de los Estados Unidos anunció un arancel del 50% sobre las importaciones brasileñas, con vigencia a partir del 1 de agosto. El gobierno de Brasil reaccionó rápidamente, advirtiendo posibles represalias bajo su Ley de Reciprocidad Económica. Pero más allá del ruido diplomático, lo que se ve a la vista es que este no es un enfrentamiento simétrico.
Brasil y Estados Unidos encaran este conflicto desde posiciones tan distintas que la comparación entre sus capacidades es casi imposible. Brasil, simplemente, no cuenta con la misma solidez económica, influencia comercial o estabilidad estructural como para resistir un choque prolongado sin consecuencias serias.
Brasil depende en gran medida de importaciones clave provenientes de Estados Unidos, muchas de ellas esenciales y difíciles de reemplazar. En 2024, Estados Unidos fue el segundo mayor proveedor de Brasil, solo detrás de China, con más de 30 mil millones de dólares en exportaciones de maquinaria, fertilizantes, equipos médicos, fármacos, electrónicos y licencias de software. Estos bienes son fundamentales para la producción industrial y agrícola del país. Cambiar de proveedores no es algo que se logre de la noche a la mañana, y las alternativas podrían ser más costosas, lentas o poco confiables.
A esto se suma un contexto macroeconómico frágil. La inflación en Brasil, hacia mediados de 2025, se situaba entre el 5% y el 6%. Aplicar aranceles como represalia sobre fertilizantes solo encarecería aún más los alimentos; hacer lo mismo con equipos médicos afectaría el acceso a la salud; y gravar maquinaria obstaculizaría la recuperación industrial en un momento delicado. Esta vulnerabilidad limita la capacidad real de Brasil para responder sin afectar a su propia población.
También hay una asimetría clara en la exposición comercial. Brasil exportó unos 40 mil millones de dólares a Estados Unidos el año pasado, cerca del 12 % de sus exportaciones totales, mientras que Estados Unidos apenas recibió de Brasil el 1.2% de sus importaciones globales. Washington puede redirigir sus compras sin mayor dificultad: café desde Colombia o Etiopía, carne desde Australia o Canadá. Brasil, en cambio, no tiene esa flexibilidad. Ni China ni Europa ofrecen, en muchos casos, la misma calidad, velocidad o precios que garantiza el mercado estadounidense.
La capacidad de Brasil para aguantar el golpe es limitada. Su deuda pública es alrededor del 80% del PIB y su margen fiscal es estrecho. El gobierno de Lula ya enfrenta presiones para controlar la inflación, mantener cierta estabilidad y preservar su margen de acción internacional, todo mientras lidia con tensiones diplomáticas derivadas de los procesos judiciales contra el expresidente Bolsonaro y las nuevas regulaciones tecnológicas.
Estados Unidos, por el contrario, se encuentra en una posición mucho más robusta. Con inflación moderada, un dólar fuerte y una red de proveedores global diversificada, la economía estadounidense puede absorber shocks de precios con relativa comodidad. Su mercado interno es más profundo, más dinámico y con mayor poder adquisitivo.
Eso no significa que Estados Unidos deba ignorar la importancia estratégica de su relación con Brasil. Al contrario, Brasil es un aliado clave y tiene un enorme potencial en los sectores agrícola, energético e innovador. Fortalecer esa relación debería ser una prioridad compartida. Pero también debe hacerse con claridad y realismo.
Si no se abre pronto un canal diplomático serio, quienes pagarán el precio más alto serán los consumidores y productores brasileños. Estados Unidos, con más herramientas y más margen, puede permitirse esperar. Brasil no puede hacer lo mismo.
* El autor es empresario, inversor, filántropo, y miembro de la Junta Directiva de la Universidad Internacional de Florida (FIU).-
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