
Desde la posesión del presidente Donald J. Trump, es evidente que Estados Unidos está ejerciendo nuevamente su poder con claridad y determinación en el escenario internacional. No se trata de aspiraciones futuras, sino de una realidad en marcha. En pocos meses, pueden señalarse múltiples señales concretas de este renovado liderazgo. Nuestro país reafirma su posición global y defiende sus intereses con plena conciencia de su peso específico y de las herramientas a su disposición.
En ese contexto, Brasil debe convertirse en una apuesta estratégica e inteligente dentro del despliegue de la nueva política exterior de Estados Unidos.
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Brasil es la mayor economía de América Latina y una de las más importantes a nivel mundial. Tiene el 44% del gasto militar de toda la región y cuenta con una industria diversificada, un mercado interno de más de 200 millones de consumidores y una creciente capacidad exportadora. Es un socio que puede aportar al crecimiento económico, a la estabilidad hemisférica y a la proyección del poder de Estados Unidos en su propia región. Para las empresas estadounidenses, representa además un mercado vibrante y oportunidades de inversión de alto valor estratégico.
Pero lo que vuelve urgente priorizar a Brasil va más allá de lo económico. Se trata de competencia global. China ha logrado avances importantes en Brasil y busca consolidarse como su principal socio estratégico. Estados Unidos debe tomarse muy en serio esta avanzada de potencias que buscan desplazar su liderazgo en nuestro propio hemisferio. La inacción, en este caso, no es una opción.
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Estados Unidos debe ejercer su liderazgo sin quedar atrapado en los ciclos políticos de otros países. Los gobiernos cambian, pero el interés estratégico permanece. El poder de una nación como Estados Unidos no puede depender de afinidades ideológicas momentáneas en otros países. Incluso frente a un gobierno que no comparte nuestros valores, existen múltiples formas de incidir e influir. Brasil tiene sectores empresariales, élites regionales y sociales que reconocen a Estados Unidos como un socio fuerte y confiable. Es ahí donde debemos construir relaciones sólidas, basadas en nuestra capacidad de inversión, cooperación tecnológica y generación de empleo.
El poder de Estados Unidos es real, y es momento de utilizarlo con inteligencia y determinación para proyectar nuestra influencia donde más importa. Hay un enorme potencial para establecer una agenda de largo plazo: comercio, energía, innovación, seguridad. Son múltiples los frentes en los que una alianza estratégica puede generar beneficios mutuos. Pero eso requiere decisión. Requiere tratar a Brasil como lo que es: un socio hemisférico y un actor fundamental en el tablero global.
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Este es también el momento ideal para aplicar la visión de futuro de la política exterior del presidente Trump, en particular a través de la Corporación Financiera Internacional para el Desarrollo (DFC por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, una de las herramientas más estratégicas creadas durante su primer gobierno. La DFC moviliza la inversión del sector privado para promover los intereses de los Estados Unidos y contrarrestar la influencia de adversarios como China. En ningún otro lugar es esto más importante que en Brasil. El despliegue de los recursos de la DFC allí no sólo profundizaría los lazos comerciales entre Estados Unidos y Brasil, sino que también reforzaría nuestra presencia geopolítica en el hemisferio occidental.
Para una visión que busca hacer a Estados Unidos grande de nuevo, mirar hacia el sur no es una distracción: es parte del plan. América Latina importa, y Brasil es una puerta clave de entrada. La relación con Brasil no solo puede reforzar nuestra economía; puede proyectar nuestra influencia y consolidar un entorno favorable a los valores e intereses que defendemos.
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Brasil no es un vecino lejano. Es una oportunidad histórica en tiempos de la nueva grandeza americana.
*El autor es empresario, inversor, filántropo, y miembro de la Junta Directiva de la Universidad Internacional de Florida (FIU)
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