
Desde hace mucho tiempo el conflicto palestino-israelí ha sido complicado aunque, sin duda, la principal razón de que haya durado tanto ha sido el rechazo y el extremismo palestinos.
Sin embargo, lo que está ocurriendo ahora no tiene nada de complicado. Es un caso claro del bien y el mal. La matanza de más de 1.300 niños, mujeres y hombres a manos de los terroristas de Hamas, los miles de heridos, la salvaje toma de rehenes civiles y el regocijo expresado por los terroristas son indicadores de una barbarie de primer orden.
Si las personas que apoyan la causa palestina están aplaudiendo lo que hizo Hamas o culpando a Israel de esta brutalidad impuesta a su pueblo, también ellos son culpables de contribuir a la legitimidad de este terrorismo, al tiempo que perjudican los esfuerzos legítimos por encontrar una solución justa al conflicto palestino-israelí.
Seamos claros: esta horrenda masacre terrorista no se produjo en el vacío. Hamas es un grupo extremista que difunde el odio hacia Israel y los judíos desde su fundación en 1987. En su acta de fundación, su documento fundacional, repleto de antisemitismo, Hamas deja claro en repetidas ocasiones que su principal objetivo es dedicarse a la destrucción de Israel.
Desde entonces, la principal característica de la actividad de Hamas es propagar el odio hacia Israel y su pueblo, y bombardear periódicamente Israel con misiles dirigidos deliberadamente contra civiles israelíes. En otras palabras, tanto en su retórica como en sus acciones, Hamas ha sido una organización comprometida con el odio, el extremismo y la destrucción.
En este contexto, lo que ocurrió el pasado fin de semana —en un momento en que los judíos celebraban una de las fiestas más alegres de su calendario, Simjá Torá— fue, por supuesto, mucho peor que todo lo que le precedió, pero en modo alguno incoherente o fuera de carácter con lo que Hamas ha sido durante décadas.

Por desgracia, aunque muchos etiquetaron a Hamas como grupo terrorista, otros le han dado legitimidad y apoyo—incluyendo organizaciones y otros en Estados Unidos—lo cual tuvo que desempeñar un papel en lo que sucedió este fin de semana.
Seamos claros, lo que tiene que ocurrir es que la comunidad internacional reconozca que hay que eliminar a Hamas. Israel debe contar con un amplio apoyo en la difícil tarea que tiene por delante para erradicarlo.
Como ha dicho Dennis Ross, ex asesor de Estados Unidos para el Medio Oriente, las acciones de Hamas no demuestran ninguna consideración por los ciudadanos palestinos de Gaza. Saben muy bien que este tipo de ataque brutal no deja a Israel otra opción que lanzar su asalto más importante contra Hamas, con sus inevitables consecuencias para los residentes de Gaza, aunque Israel hace lo que puede para limitar las víctimas civiles.
Los retos que tenemos por delante son inmensos. Pero aquellas personas que sinceramente creen en el avance de la paz palestino-israelí —y no en anotarse puntos propagandísticos— deberían apoyar a Israel en sus esfuerzos por erradicar a Hamas. Solo cuando eso suceda habrá esperanza de una paz y un progreso verdaderos.
Para el pueblo judío, en un momento de creciente antisemitismo en Estados Unidos y otros países, lo que sucedió el 7 de octubre fue un golpe mortal de inmensas proporciones. Como han señalado la embajadora Deborah Lipstadt y otros, fue el día más mortífero para los judíos desde el Holocausto.
Aunque somos un pueblo resistente, los israelíes y los judíos de otros lugares necesitarán mucho tiempo para recuperarse de este trauma. Pero ese horror, que continúa con la realidad de decenas de rehenes en manos de Hamas, nos recuerda tanto la necesidad de unirnos como pueblo, independientemente de nuestras opiniones políticas, como la necesidad de reforzar el mensaje de Nunca Más, que ha subyacido en el activismo judío desde el Holocausto y que ahora, una vez más, debe formar parte de nuestra visión de mundo para el futuro.
*Kenneth Jacobson es Vicedirector Nacional de la Liga Antidifamación (@ADL_es).
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