
Una de las cosas menos inteligentes que alguien puede hacer es descartar de plano una comparación. Estas pueden ser tremendamente útiles. Estas líneas nos remitirán a una comparación entre los índices económicos de dos naciones. Uno referente de éxito y desarrollo recurrente (Finlandia) y el otro, referente de fracaso y subdesarrollo (Perú).
El gráfico único de estas líneas nos contrasta el sonado éxito de Finlandia en la tarea de mantener ese gran prerrequisito, llamado la estabilidad nominal (i.e. una inflación baja), por más de seis décadas. El Perú, en cambio, solo es un ejemplo de tres décadas, dentro de su recuperación de la estabilidad nominal luego del desastre económico de la corrupta dictadura velasquista. Si comparamos los niveles de consumo por habitante, las diferencias no solo son marcadas sino en expansión. El nivel de vida de un peruano promedio no solo resulta mucho menor, sino que es cada vez más lejano del nivel de vida de un finlandés promedio.
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No pocas veces el caso finlandés ha sido referido como un ejemplo supino de una sociedad donde el Estado de Bienestar funciona y les da excelentes niveles de ciudadanía y de vida. Nada más falso.
Para ponernos de acuerdo, definamos lo que es un Estado de Bienestar.
Dejemos de lado la bonita idea de un gobierno que oferte bienestar suficiente a todos. Vamos a la práctica. Para algunos, un Estado de Bienestar democrático implica un aparato burocrático que se compromete a brindar seguridad económica básica a sus ciudadanos, protegiéndolos de los riesgos del mercado asociados con la vejez, el desempleo, los accidentes y las enfermedades.
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No obstante, muchos otros defensores del Estado de Bienestar son más explícitos: argumentan que las políticas democráticas de bienestar requieren ser superadas —léase: requieren una mayor opresión económica y política— debido a que —según ellos— por sí mismos resultan incapaces de resolver los problemas fundamentales y estructurales del capitalismo, como las fluctuaciones cíclicas, la explotación y la alienación.
Bajo esta perspectiva resulta claro que un Estado de Bienestar pleno —del segundo grupo— básicamente describiría la quimera de un régimen totalitario exitoso. Hablamos de Cuba, Venezuela o Corea del Norte.
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Bueno pues… ¿Y Finlandia?
Para entender a Finlandia y su caso de éxito sostenido (que lo ubica recurrentemente como el país más feliz del planeta), resulta muy útil hacer otras comparaciones. Y las haremos comprándola con una muestra latinoamericana selecta de naciones fallidas. Naciones selladas por sus niveles de Pobreza, Corrupción Burocrática y Opresión Política y Económica.

Sí, estimado lector: Finlandia es una nación de ciudadanos plenamente libres. Con cuajadas libertades civiles y respetos por su propiedad privada y derechos políticos. Ergo, es un país rico y muy poco corrupto. Ellos pueden apantallarnos con la variedad y calidad de sus servicios estatales. Bolivia, Argentina y Perú resultan configurando todo lo contrario. Se dicen libres y son oprimidos por sus regímenes socialistas-mercantilistas. Como decía sobre Latinoamérica la carta de un libertador venezolano que degeneró a dictador: “caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas”.
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En fin, Finlandia contrasta que un régimen de Estado de Bienestar, con alta libertad económica y política y pleno respeto a la separación de poderes (es decir, un régimen que permite la apertura y la acumulación de capital), si funciona. Los ofuscados que hablan de un Estado omnipresente de Bienestar (pero raquítico) solo justifican la opresión de dictadores y mercaderes, a nombre del socialismo o de la empresa.
Estos despistados, sin embargo, son hábiles en otro plano. Les han hecho creer que Finlandia configura un oxímoron. Un régimen socialista-mercantilista exitoso. Despierten.
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