
El presidente de Chile, Gabriel Boric, salvó de la irrelevancia a la Cumbre Iberoamericana al expresar su opinión sobre el curso que ha tomado el régimen de Nicaragua. Y mientras el resto de sus colegas agonizaban con sus palabras, el presidente Milenio insufló espíritu de lucha a una reunión destinada al olvido. Y, desde luego, clavó una dolorosa pica en el Flandes de la complicidad de los países de la región con los procesos de destrucción democrática que por doquier florecen.
En cierta forma Boric cumplió exactamente el mismo role del chiquillo que gritó: “¡El emperador está desnudo!”. Y el resto de los presentes, salvo Lacalle Pou, supieron por vez primera y de forma pública que están todos desnudos. Porque han faltado al deber fundamental de todo líder democrático: representar al soberano. Y ocurre que los soberanos del continente repudian y rechazan a los totalitarismos del siglo XXI.
Basta con leer los reportes de las principales encuestadoras y las mediciones de Latino Barómetro para darnos cuenta de que los pueblos de América Latina desean vivir en democracia, y que su actual alejamiento obedece no a un repudio sistémico sino coyuntural que expresa el inmenso descontento de unas poblaciones que no ven en los liderazgos del continente capacidad para llevarlos al edén de la estabilidad económica y las libertades políticas.
De allí que la intervención de Boric reclamando a sus compañeros de destino la falta de atención al angustioso problema de la destrucción democrática que protagoniza la pareja Ortega-Murillo en Nicaragua, estaba hablando por los soberanos del continente.

En este contexto sobresalió en silencio el otro tema no tocado por Boric: la posible implosión del régimen de Venezuela. Este tema fue el invisible e incómodo pasajero de la cumbre. Esa nación que ha debido soportar a lo largo de dos décadas la mayor expoliación de bienes públicos jamás ejecutada en las Americas; la más siniestra ola de crímenes de lesa humanidad y la más grande emigración de toda la historia de la región, ahora es testigo de una pugna por el poder que protagonizan sus esbirros. Y en este caso el silencio es comprensible.
El régimen de Venezuela es el único totalmente fagocitado por el crimen organizado transnacional. En consecuencia, cualquier declaración internacional en su contra es respondida con el envío de bandas de delincuentes que financiados por los comercios ilícitos (drogas, personas, minerales y especies protegidas) crean caos. Bajo poco alentadores horizontes económicos mundiales y peores escenarios geopolíticos, la mayoría de los líderes de América Latina prefiere no desatar las iras del régimen venezolano.
Pero la declaración de Boric va a terminar por involucrar a Venezuela porque al igual que el chico del cuento, Boric ha hecho ver la desnudez del continente en su protección a los derechos humanos y la libertad denunciando un régimen de similar corte. Y ya no será posible para sus colegas mirar en otra dirección distinta a la de la defensa de la democracia.
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