
Hace 15 años un guerrillero llegó al poder en Nicaragua, prometió respetar los derechos humanos, la Constitución, la libre empresa, la libertad de prensa y religiosa. Hoy tenemos empresas confiscadas, periodistas encarcelados, sacerdotes perseguidos y 350 asesinados. Hace 15 años y no se quiere ir.
Nicaragua no es Colombia y Petro no es Ortega. Si bien los dos países son muy distintitos y han atravesado historias diferentes y proceso sociales muy complejos, no deja de llevarnos a algún tipo de reflexión común la situación que se vive en ambos países.
Me preocupa y mucho que en el primer discurso del Presidente Electo de Colombia, Gustavo Petro, habló de un diálogo “sin exclusiones” en las Américas, en tono muy similar al inmoral discurso de AMLO en México y de Fernández en Argentina en favor de Ortega, Maduro y Castro-Canel, perdón Díaz Canel. En pocas palabras, integración sin integridad, cheque en blanco a dictadores. Espero no sea el caso.
En Nicaragua, Ortega creyó que lo eligieron Rey y no Presidente. Cuando el guerrillero centroamericano llegó al poder, se le dio un mandato de menos de 5 años, ya lleva 15, se ha robado 4 elecciones y no tiene intenciones de dejar la presidencia. Nicaragua hoy transiciona de una dictadura familiar a una dinastía generacional.
Desde que llegó a bordo de su Mercedes, Ortega anunció que tendrían un gobierno de amor, paz, unidad y reconciliación nacional. Jamás cumplió. Ese gobierno de reconciliación ha matado a sangre fría a 355 personas y mantiene bajo régimen de tortura a 184 ciudadanos. Es un amor “tan grande” que ni los hijos de los presos políticos pueden ver a sus padres o enviarles algún tipo de correspondencia epistolar.
Mientras la marea roja de izquierda radical avanza en América Latina, debemos de dejar de lamernos las heridas y trabajar en establecer un sistema de alertas tempranas, que evite que la democracia se vaya al precipicio. Se debe estar atentos a temas como: libertad de expresión, ataque a las organizaciones de sociedad civil, libertades económicas y reformas constitucionales para la reelección perpetua, hacia el infinito y más allá.
A diferencia de Nicaragua, en Colombia existen unas fuerzas armadas apartidarias y un poder judicial independiente. Allí hay una discrepancia abismal, el régimen de Managua controla al Ejército, la Policía y el Poder Judicial, todos han sido cómplices directos o indirectos de los crímenes de lesa humanidad perpetrados por la dictadura.
El hecho de que el parlamento en Colombia sea diverso y libre de las llamadas aplanadoras, es sin lugar a duda, otro signo saludable de la democracia del país sudamericano. Esto sirve de profiláctico a los planes mesiánicos y los tsunamis institucionales de lideres ungidos, que se creen imprescindibles e irremplazables.
La democracia es como la salud, solo la valoramos hasta que la perdemos o estamos en sala de cuidados intensivos con un catéter perforándonos las venas. Aquellos países que, como Colombia, todavía tienen una democracia robusta, deben cuidarla celosamente todos los días, sino corren el riesgo de incubar dictaduras de 15 años como en Nicaragua o 63 como sucede en Cuba. Les deseo lo mejor.
*El autor fue embajador de Nicaragua ante la OEA.
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