De la marcha de la demencia a la crisis de Ucrania

El brutal ataque a Ucrania está comenzando a develar fuerzas que difícilmente se van a desactivar en el futuro inmediato y que están mermando las bases de la estabilidad económica y política de Rusia

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Paramédicos en Kiev tras un
Paramédicos en Kiev tras un ataque ruso (REUTERS/Maksim Levin)

En la década de los ochenta del siglo pasado Barbara Tuchman revolucionó los anales de la historia con un libro titulado “La Marcha de la Demencia: de Troya a Vietnam”. Allí recoge errores cometidos por gobernantes en el ejercicio del poder que ponían en riesgo la estabilidad y/o supervivencia de su estado nación. Para Tuchman la demencia era la adopción de políticas por parte de un gobierno contrarias a sus propios intereses, a pesar de la existencia de alternativas que no comprometieran la estabilidad y la integridad futura del estado o nación.

La lista de gobernantes dementes incluye a los Troyanos; Moctezuma; los Papas del renacimiento; el Rey Jorge III de Inglaterra cuando provoca la ruptura de Estados Unidos; el Emperador de Austria Hungría cuando maneja torpemente la tragedia de Sarajevo sentando las bases para la Primera Guerra Mundial; el Emperador de Japón cuando ordena el ataque a Pearl Harbor; Estados Unidos cuando decide ingresar en Vietnam.

Hoy estamos viviendo en vivo y en directo una catástrofe similar a las reseñadas por Tuchman en su magistral obra. El protagonista es esta vez Vladimir Putin (no sabemos en qué proporción la élite rusa le acompaña). Su brutal ataque a Ucrania está comenzando a develar fuerzas que esa política ha puesto en marcha que difícilmente se van a desactivar en el futuro inmediato y que están mermando las bases de la estabilidad económica y política de Rusia.

Veamos el proceso desencadenado por Vladimir Putin. En primer lugar, Europa dejó de mirar sus propias fronteras para darse cuenta de que allende de ellas había amenazas a su estabilidad futura. Esto no había ocurrido desde la caída del muro de Berlín. En segundo lugar, le ha hecho ver a un Occidente enredado en su propio teorema del fin de la historia que lejos de terminar la historia de la lucha entre civilización y barbarie esta continua y que en este siglo pueden intervenir armas nucleares. En tercer lugar, ha cerrado los huecos creados por la globalización en el sistema financiero internacional amalgamando al sistema bancario de una manera tal que hasta Suiza se ha sumado.

Esto es algo que los bancos centrales del mundo no habían logrado desde 1945 hasta esta fecha. Porque cada vez que las circunstancias demandaron integración entre agencias antidelictivas para seguir la pista de capitales oscuros, Suiza esgrimió su condición de país neutral. Ahora ha procedido a bloquear todas las cuentas de nacionales rusos. Huelga señalar el impacto que esto tendrá sobre la coalición que apoya Putin, que incluye ex agentes de la KGB, militares y oligarcas.

En cuarto lugar, el veto al petróleo ruso impuesto por Occidente ha puesto como primera prioridad para las finanzas y políticas públicas de Estados Unidos el apoyo a su industria petrolera local. Esa está compuesta por muchas empresas pequeñas y medianas que hacen fracking y cracking. Esta industria estaba diezmada por la suspensión de producción provocada por el COVID-19. En consecuencia, la independencia energética de Estados Unidos se profundizará.

Y, en quinto lugar, y quizás más importante a largo y mediano plazo, la descarada agresión de Putin le ha dado validez a la narrativa opositora encarnada hoy por Alexei Navalny y hasta su muerte por Boris Nemtsov, quien fuera brutalmente asesinado luego de instar al pueblo ruso a participar en una marcha contra la invasión a Ucrania en 2014.

En síntesis, las políticas de Putin claramente van a llevar a Rusia al despeñadero económico, a sus aliados a la pérdida de fortunas mal habidas pero muy bien escondidas y a Occidente a combatir unido a la barbarie como ya lo hizo a mediados del siglo pasado. ¡Demencia total!

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