Demagogia y transformación en un México con piloto, pero sin rumbo

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, durante su llegada a una rueda de prensa matutina en Palacio Nacional de Ciudad de México (México). EFE/José Méndez
El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, durante su llegada a una rueda de prensa matutina en Palacio Nacional de Ciudad de México (México). EFE/José Méndez

El pasado 19 de abril de 2020, México sufrió la cifra récord de tener 105 homicidios dolosos en un solo día. La célebre frase de Andrés López Obrador, de “abrazos y no balazos”, no ha tenido eco en el pensamiento de una ciudadanía que casi dos años atrás le daba el triunfo electoral y sentaba en el Sillón del Águila a un dirigente que declamaba por cada rincón del país un rezo laico a favor del combate a la corrupción, el fin de la violencia y el iniciar un camino hacia la Cuarta Transformación de un nuevo país que dejara una huella en la historia o por lo menos le permitiera devolverle la fuerza institucional a un modelo devastado moralmente “por los grupos económicos y la apetencia de poder”, o sea los “fifís del neoliberalismo”, como suele llamarlos.

Estos tiempos de gestión, en plena pandemia, con más de 26 mil muertes por Covid, hoy nos encuentran muy lejos del ideal trazado y no han sido precisamente un lecho de rosas.

El sentir demagógico de que los “besos y abrazos en vez de balazos”, el “me protegen los escapularios”, “tengo otra información”, “me canso ganso”, entre otras, y que sólo a través de la lucha contra la corrupción e impunidad se conseguiría un armonioso desarrollo colectivo y la realización personal de los individuos está muy lejos de cumplirse.

Como un observador activo de los tiempos democráticos que se viven, creo que la imagen presidencial en México se está tornando difusa al ritmo de las crecientes debilidades institucionales que han surgido desde el inicio mismo del proceso.

Se está produciendo un progresivo sentimiento de desencanto como resultado del creciente contraste entre la diversidad de expectativas que había despertado el nuevo régimen, las cifras declinantes de su economía y las posibilidades reales de satisfacerlas.

Ya la Cuarta Transformación, tan declamada, no es el único espacio donde pueden se pueden buscar las soluciones a los problemas existentes. Hoy en México la agenda de temas que marca todas las mañanas el presidente López Obrador se va consumiendo en la discusión sobre temporalidades, cuya trascendencia es tan efímera como la propia coyuntura.

Jamás se logran definiciones sobre temas trascendentes para consolidar un modelo que permita, de una vez por todas, encaminarse en un proceso de fortalecimiento institucional, crecimiento sostenido, bienestar colectivo y que aleje a la población de los límites de la marginación, la violencia desmedida y la exclusión social que padece.

Por eso esta Cuarta Transformación debe ser algo más que normas, leyes y formas de organización. Tiene que constituirse en una cultura -no demagogia- política, es decir en un cuerpo de creencias sustentada por líneas concretas de acción, resultados, valores y expresada colectivamente a través de actitudes y conductas. No se están construyendo consensos políticos (más que electorales y de apetencias personales) y sociales para el logro de acuerdos de gobernabilidad que permitan cambiar los viejos parámetros por los cuales se llegó al poder. No ha podido. Al contrario, ha revivido el histórico protagonismo caudillista y, a pesar de las permanentes e incoherentes consultas ciudadanas que realiza para legitimar y justificar su accionar, sigue excluyendo los reales mecanismos de participación ciudadana, principios fundamentales de todo proceso de consolidación política.

Hasta ahora la Cuarta Transformación no ha entendido que la democracia necesita crear expectativas hacia un futuro estable y previsible y que no puede hacerlo con instituciones débiles, con procesos económicos muy lejanos a la búsqueda del bienestar colectivo, con retórica y demagogia y con la falta de un marco de seguridad jurídica que garantice su funcionamiento. Sumado a ello la presencia de una violencia desmedida y con ineficiencias que generan mayor desigualdad en la sociedad.

Esta es la expresión de un país que pone de manifiesto que aún no ha encontrado el rumbo, donde el 93% de los delitos pertenece al fuero común, donde según los estándares de las Naciones Unidas viola el 77% de las cláusulas contra la corrupción, donde existen 2.022 policías municipales pero hay 400 municipios que no cuentan con ninguna fuerza policíaca, ya sea por falta de presupuesto o por amenazas del crimen organizado y hasta hace poco el 70% del personal de policía sólo contaba con educación primaria.

Este 19 de abril de 2020 con 105 homicidios dolosos en un solo día, con 2.585 personas asesinadas en marzo, 2 mil 423 homicidios en mayo y 2.543 en junio lo que supone una media de 83,4 asesinatos diarios, nos encontramos nuevamente ante el desafío institucional de una dirigencia totalmente perdida e incapacitada para adaptarse a los tiempos que corren, sobre todo a niveles locales. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador tiene que empezar a desgranar sus pensamientos y propuestas concretas del modelo democrático y republicano del futuro, porque para trabajar para el futuro no hace falta que todos piensen igual, hace falta cumplir la ley. Nadie es dueño de la verdad absoluta y el autoritarismo es el intento de limitar las ideas y a las personas. Debemos entender que la política no es la competencia entre dirigentes para ver quién tiene el ego más grande.

La democracia se escribe con ejemplos republicanos, no con odios, no con enemigos. Se escribe en el disenso, se construye en el diálogo y se consolida en el consenso. Nadie es dueño -lo repito- de la verdad absoluta, nadie es el patrón de una finca llamada país, estado o municipio. Aprendamos a vivir en libertad y entendamos que un país avanza hacia su consolidación institucional cuando hay un sólo patrón para medir los valores éticos y su responsabilidad civil; cuando cada ciudadano acepte que su futuro depende de su profunda reflexión y de su exhaustivo examen de conciencia; cuando todos nos decidamos de una buena vez a entrar en la historia por el camino de la verdad, asumiendo como seres maduros nuestras propias debilidades y nuestros propios errores.

Siento que cuando todo ello suceda, se estará más cerca de encontrar las respuestas a la tan ansiada Cuarta Transformación.

El autor es argentino y se desempeña como consultor permanente de organismos internacionales en temas de fortalecimiento institucional de gobiernos. Es Associate Fellow del Centro de Estudios Internaciones de la Universidad de Harvard y profesor en reconocidas universidades latinoamericanas y de Estados Unidos. Su labor profesional ha abarcado más de 40 países en especial América latina y África.

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