
Cada otoño, los agricultores de las onduladas colinas de tierra roja en Idlib, al norte de Siria, se enfrentan a un ritual implacable. En cada prensa de aceite, un funcionario de la administración local se posiciona como un centinela, aguardando su parte. Sin excepción, el 5% del aceite de oliva producido debe entregarse como tributo.
—No importa si la cosecha es buena o mala, siempre vienen por su parte —se queja Ahmad, un agricultor de mediana edad que lleva más de dos décadas cultivando olivos en la región, en diálogo con la agencia de noticias Reuters.
El recaudador de impuestos no es un emisario de un gobierno convencional, sino un representante de la autoridad civil instaurada por Hayat Tahrir al-Sham (HTS), el grupo islamista que ha transformado a Idlib en un experimento de gobernanza rebelde desde 2017. En esta provincia predominantemente agrícola, donde las aceitunas son más que un sustento, el impuesto es tanto un símbolo de orden como de opresión.
Una administración pragmática bajo la sombra del yihadismo

Desde que HTS tomó el control de Idlib, la región ha funcionado como un estado paralelo, con una estructura que incluye 11 ministerios civiles encargados de administrar servicios y recaudar ingresos. Sin embargo, la sombra del pasado yihadista del grupo sigue proyectándose sobre sus acciones. Marcado como organización terrorista por Estados Unidos, la ONU y Turquía, HTS ha adoptado un enfoque pragmático para sostenerse, abandonando en parte las tácticas extremas de sus años bajo la órbita de Al Qaeda.
—Son islamistas, pero muy pragmáticos. Están listos para interactuar con las comunidades locales —señala Orwa Ajjoub, académico especializado en grupos yihadistas, en diálogo con Reuters.
Aunque siguen imponiendo prácticas conservadoras, la gobernanza de HTS evita las brutalidades características de grupos como el Estado Islámico. La venta de alcohol está prohibida, pero los residentes aseguran que no hay castigos para quienes lo consumen en privado. Tampoco hay policías de la moral recorriendo las calles.

La capacidad de Hayat Tahrir al-Sham para sostener su administración y ejército radica en su dominio de la economía local. Desde 2019, el grupo ha ampliado sus fuentes de ingresos mediante la introducción de impuestos sobre productos básicos, tarifas en cruces fronterizos y tasas sobre la actividad comercial y agrícola.
El paso fronterizo de Bab al-Hawa, la principal puerta de entrada entre Turquía y el noroeste de Siria, representa una de las mayores fuentes de ingresos para el grupo, con estimaciones que sugieren que genera más de 15 millones de dólares al mes. A esto se suman monopolios en servicios básicos como electricidad, agua y telecomunicaciones.
—Son un ejemplo de adaptabilidad económica en tiempos de conflicto —dice Mark Nakhla, investigador especializado en sanciones y economía de guerra.
Incluso en el ámbito empresarial, HTS muestra su enfoque pragmático. Syriana LTE, una empresa de telecomunicaciones fundada por un empresario local, compite directamente con Syria Phone, la compañía administrada por el grupo, sin sufrir represalias.
—Apoyan al sector privado, pero sabemos que tarde o temprano habrá más impuestos —afirma Hussam Twilo, dueño de Syriana LTE.
De milicia a ejército organizado

Bajo el liderazgo de Abu Mohammed al-Jolani, HTS abandonó su objetivo de jihad global para enfocarse en la expulsión de la familia Assad, que gobernó Siria durante 54 años. Este cambio estratégico incluyó la creación en 2021 de la Academia Militar, una institución diseñada para convertir a combatientes dispersos en una fuerza armada cohesionada.
—Dejaron de ser un grupo de milicianos para transformarse en algo cercano a un ejército regular —explica Jerome Drevon, analista del International Crisis Group.
El grupo también ha mostrado avances tecnológicos notables, como la formación de una unidad de drones. Algunos de estos dispositivos fueron fabricados localmente, mientras que otros provienen de mercados internacionales.
A pesar de las protestas y enfrentamientos ocasionales con otros grupos armados, HTS ha logrado establecer una estabilidad relativa en Idlib, una provincia que pasó de albergar a 1,5 millones de personas antes de la guerra a más de 3,5 millones con la llegada de desplazados. En aldeas habitadas por minorías religiosas, el grupo mantuvo a las autoridades locales en su lugar, evitando intervenir directamente en comunidades cristianas, drusas o alauitas.

Sin embargo, la tensión interna sigue siendo palpable. Los elementos más radicales dentro de HTS han sido relegados, pero su influencia persiste, especialmente cuando los líderes pragmáticos toman decisiones impopulares, como permitir la construcción de un centro comercial donde hombres y mujeres pueden mezclarse.
—Al final, los líderes de Idlib cedieron y el centro comercial se quedó —relata Ajjoub.
La gran incógnita es si HTS podrá replicar su modelo de gobernanza en un contexto nacional. En Idlib, donde los ministerios necesitan la aprobación directa de los líderes militares para cualquier decisión, el sistema funciona, aunque de manera rígida. Pero en un país diverso y fracturado como Siria, con 23 millones de habitantes y una geografía compleja, esta centralización podría ser un obstáculo.
A medida que los rebeldes avanzan hacia Damasco, el discurso de sus comandantes se enfoca en la unidad y la reconstrucción, dejando a un lado las aspiraciones de un estado islamista puro. Para HTS, el reto no solo será mantener el control, sino demostrar que su pragmatismo puede superar los fantasmas de su pasado.

—Para ellos, la disciplina y el respeto son fundamentales —dice Aaron Zelin, experto en grupos yihadistas—. Pero la historia ha demostrado que los movimientos guerrilleros enfrentan enormes desafíos al convertirse en gobiernos nacionales.
En las colinas de Idlib, el aceite de oliva sigue fluyendo, pero con cada gota entregada al régimen de HTS, los agricultores se preguntan si el precio de la estabilidad es demasiado alto.
(Con información de Reuters)
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