
En el otoño de 1888, el barrio londinense de Whitechapel estaba sumido en una atmósfera de terror. Una serie de asesinatos brutales había teñido de sangre sus calles, cobrando la vida de cinco mujeres. A medida que los cadáveres aparecían mutilados de formas indescriptibles, un enigma aún más perturbador se instalaba en la mente colectiva: las cartas del supuesto asesino. Estas misivas, cargadas de burlas y amenazas, no solo avivaron el horror, sino que cimentaron el legado del nombre con el que la historia lo recuerda: Jack el Destripador.
Todo comenzó con la recepción de una carta fechada el 27 de septiembre de 1888, conocida como la “Dear Boss”. En ella, el remitente no solo se adjudicaba los crímenes, sino que se burlaba de las autoridades, prometiendo continuar su “trabajo” con un tono tan cínico como escalofriante.
Lo que parecía ser una broma macabra se volvió inquietantemente real pocos días después, cuando nuevos asesinatos siguieron los detalles anticipados en la carta.

La prensa y la policía no tardaron en sospechar que algunas de estas misivas podrían ser una invención. Sin embargo, ciertos detalles contenidos en las cartas coincidían demasiado bien con los eventos y las características de los crímenes como para ignorarlas. ¿Eran realmente del asesino? ¿O un macabro artificio de periodistas ansiosos por capitalizar el miedo público?
La carta “Dear Boss”: la consagración de un nombre
La primera carta, recibida en la Agencia de Noticias Central el 27 de septiembre de 1888, marcó un antes y un después en la narrativa del caso. “Dear Boss” fue la primera misiva en la que apareció el nombre Jack el Destripador, acompañado de un lenguaje burlesco y despectivo hacia las víctimas y las autoridades.
—He reído cuando hablan de estar en la pista correcta —escribía el remitente—. Ese chiste sobre ‘Leather Apron’ me divirtió mucho. Estoy contra las prostitutas y no voy a dejar de destriparlas hasta que me atrapen.

La carta también anticipaba su modus operandi con un espeluznante nivel de detalle, prometiendo cortar las orejas de su próxima víctima como un “juego divertido” para la policía. Este detalle, que parecía una amenaza sin fundamento, cobró relevancia después del asesinato de Catherine Eddowes el 30 de septiembre, cuando su cadáver apareció con una oreja parcialmente cortada, entre otras mutilaciones extremas.
El doble evento y la “Saucy Jacky”
El mismo día que encontraron a Eddowes, otra mujer, Elizabeth Stride, había sido asesinada en un callejón cercano. Este “doble evento”, como fue descrito en la prensa, fue señalado en una nueva misiva que llegó a la agencia el 1 de octubre, titulada “Saucy Jacky”.
—No estaba bromeando cuando les di la pista, escucharán sobre el trabajo de Saucy Jacky mañana: un doble evento esta vez —decía la carta, en aparente referencia a los asesinatos de Stride y Eddowes.

Esta segunda carta reforzó la posibilidad de que el asesino estuviera jugando con las autoridades, pues mencionaba detalles que no habían sido aún revelados al público, como la cercanía temporal y geográfica entre ambos crímenes.
La carta “From Hell”: un horror más allá de las palabras
Pero fue la tercera carta significativa, conocida como “From Hell” y enviada directamente a George Lusk, líder del Comité de Vigilancia de Whitechapel, la que empujó los límites de lo imaginable. Recibida el 16 de octubre, esta no solo contenía un mensaje perturbador, sino también un macabro acompañamiento: la mitad de un riñón humano, presuntamente extraído de Catherine Eddowes.
—Le envío la mitad del riñón que tomé de una mujer, la otra mitad la freí y me la comí, estaba muy buena —escribía el autor, firmando como “Catch me when you can” (“Atrápenme si pueden”).

Los análisis médicos determinaron que el órgano pertenecía a una mujer de edad cercana a Eddowes, quien tenía 46 años y padecía enfermedad renal, un dato que sumó credibilidad a la autoría de esta escalofriante misiva.
A lo largo del caso, las autoridades recibieron más de 700 cartas atribuidas a Jack el Destripador, pero muchas fueron descartadas como falsificaciones. En 1931, un periodista llamado Fred Best confesó haber escrito algunas de las más notorias, incluyendo la “Dear Boss” y la “Saucy Jacky”, con el objetivo de vender más periódicos. Más recientemente, estudios lingüísticos como los del Dr. Andrea Nini han reforzado la hipótesis de un único autor detrás de estas cartas, aunque no necesariamente el asesino.
En última instancia, las cartas no resolvieron el misterio de Jack el Destripador, pero dejaron una huella imborrable en la memoria colectiva. Más allá de su autenticidad, estas misivas reflejan el poder de las palabras para perpetuar un terror que, 135 años después, sigue resonando.
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