Desde Mitzpe Hila.- Llegar al norte de Israel, en la frontera con el Líbano donde opera Hezbollah, requirió para Infobae tres charlas de seguridad. Una la noche previa y otras dos más, la primera antes de emprender el viaje y otra ya en el terreno. Todas las órdenes son claras, simples de cumplir pero difíciles de digerir.
Una vez en el límite hay 15 segundos para reaccionar si suenan las sirenas que avisan de posibles ataques con misiles. La directiva es tirarse al suelo inmediatamente y cubrirse la cabeza con los brazos. Todos confían en que la cúpula de hierro, el poderoso sistema antimisiles de Israel, haga su trabajo e intercepte cualquier proyectil que venga desde el Líbano, pero los brazos y hacer cuerpo a tierra son la única protección para las esquirlas.
La visión desde el terreno es despejadísima. Directo frente a los ojos, y a las espaldas del Teniente Coronel Dotan Razili, comandante de operaciones israelíes, está el Líbano. Se ve perfectamente la línea en zig zag por donde transita el Ejército y el fondo de las montañas, límite natural de los 120 kilómetros que recorren la línea azul determinada por la ONU luego de que Israel se retirara de el Líbano en el año 2000.
El problema, explica el militar, es que desde el mismo 8 de octubre, un día después de la masacre de Hamas en la frontera sur del país, comenzaron a caer misiles de Hezbollah en esa zona e, incluso, se detectaron intentos de infiltración terrestre.
“En menos de 18 horas teníamos a nuestros reservistas cubriendo la totalidad de la frontera a menos de un metro del límite, escondidos entre los árboles”, explica Razili.

Aun así, desde entonces, el grupo terrorista aliado del régimen de Irán lanzó 8.100 misiles desde el Líbano que cruzaron hacia el norte de Israel, incluidos cohetes, drones explosivos y morteros.
En la zona no hay nadie. Mejor dicho, no se ve a nadie. Más de 51.000 civiles fueron evacuados el 8 de octubre pasado y ahora, 11 meses después siguen sin poder volver a sus casas.
Muchas de las comunidades están construidas en la altura. “Si quiero volver a mi casa a buscar algo tengo que hacerlo sin abrir ventanas y con la luz apagada para que no me vea Hezbollah”, cuenta Miriam, una modista de vestidos de novia que tuvo que dejar su casa, ubicada en el área a menos de 4 kilómetros de la frontera que el Gobierno ordenó evacuar. Se fue junto a su marido, su hija y nietos.

“Nos fuimos de casa con casi nada, acostumbrados a evacuar por pocas semanas, ya llevamos 11 meses fuera y la guerra ni siquiera empezó”, dice agotado Hilel, otro israelí entrevistado por Infobae.
El Ejército lleva semanas declarando lo listo que está para una guerra directa con Hezbollah en el norte. “La decisión es del Gobierno”, decía el vocero de las Fuerzas de Defensa de Israel a Infobae días atrás. Y Razili, el comandante de operaciones israelíes en el Norte, volvió a confirmar esa determinación desde el terreno, a pocos kilómetros del Líbano.

El asunto para los desplazados es que no hay solución inmediata a la vista: o hay un acuerdo diplomático, muy difícil por estos días, o hay una guerra directa. “Y nadie gana en las guerras”, dice Dani, el marido de Miriam.
“Lo que yo tengo miedo es a los túneles. Si volvemos a nuestras casas no sabemos en qué momento Hezbollah puede pasar de este lado y tratar de raptarnos al Líbano. Las familias con niños chiquitos son los que más miedo tienen”, revela Miriam.
“El otro día fuimos a nuestra casa a buscar cosas. Empezaron a sonar las sirenas, nos metimos en el refugio unos minutos, y cuando volvimos a la zona adonde vivimos ahora, aún en el norte pero no tan cerca de la frontera, volvieron a sonar las alarmas en el camino, mientras íbamos con el coche”, agrega para graficar la locura que vive hace 11 meses.
Hilel repite la palabra que define toda su vida: incertidumbre. No sabe cuándo va a volver, si va a volver, si habrá guerra, si no comenzarán los combates… Lo que sí sabe es que habrá graves secuelas. Encargado de coordinar las actividades de los niños evacuados de su comunidad, detalla el daño que los más chicos y adolescentes están sufriendo.
De su comunidad, hay 26 padres de familia que están defendiendo el poblado, ahora fantasma. Dos semanas atrás hubo un ataque con misiles de Hezbollah y tres de esos hombres resultaron heridos. “Uno de los chicos me dijo: ‘No sé si tengo papá, no sé si tengo escuela, no sé si tengo casa”, relató Hilel.
Mientras Infobae conversaba con los desplazados comenzaron a prenderse las pantallas de los celulares y los presentes comenzamos a cruzar miradas. Primero se hablaba de un episodio en Beirut y con el correr de los minutos se conoció la explosión de cientos de localizadores de terroristas de Hezbollah en Líbano y Siria… De repente, la conversación amena se transformó en urgencia, urgencia por emprender el camino de retorno al centro del país.
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