
Las mismas imágenes resurgen: manifestantes quemando retratos de Emmanuel Macron. El presidente francés cristaliza de nuevo el odio popular con su adopción por decreto de la reforma de las pensiones, cuatro años después de la protesta social de los chalecos amarillos.
Una subida del impuesto al combustible provocó a finales de 2018 el estallido de este movimiento de protesta, caracterizado por el bloqueo de carreteras y rotondas, y por manifestaciones masivas los sábados, marcadas por la violencia.
Y su espectro vuelve a planear, después que Macron impusiera el jueves el retraso de la edad de jubilación de 62 a 64 años para 2030 y el adelanto a 2027 de la exigencia de cotizar 43 años (y no 42, como ahora) para cobrar una pensión completa, sin el voto del Parlamento.
El gobierno francés sobrevivió a dos mociones de censura el lunes en la cámara baja. Con el fracaso de las mociones de censura, se da por aprobado el proyecto de ley de pensiones.
“¡Macron podemos volver a empezar! ¡Decapitamos a Luis XVI, a Luis XVI!”, grita un grupo de jóvenes en una estación de metro cuando acuden a manifestar en París, según un video publicado en las redes sociales.
En el mismo lugar en donde este rey fue guillotinado en 1793, la policía tuvo que dispersar el jueves y el viernes con cañones de agua, gases lacrimógenos y cargas a miles de personas que protestaban contra la reforma en una concentración espontánea.

“Desde los ‘chalecos amarillos’, el presidente cristaliza enormemente el rencor y el odio alrededor de su persona”, explica Anne Muxel, directora de investigación en la universidad Sciences Po.
Este presidente joven -45 años actualmente-, formado en la elitista Escuela Nacional de Administración (ENA) y ex banquero de negocios encarnó rápidamente la arrogancia y una imagen de autoritario a ojos de sus detractores.
“Es inherente a su persona. Es un presidente que divide: adorado u odiado. Si no, no habría sido presidente”, reconoce una figura del oficialismo.
Con la pandemia en 2020, “la ira pasó a un segundo plano, pero no la desconfianza. Los franceses vuelven a tener la sensación de que no se les escucha”, agrega Muxel, para quien independientemente de las crisis, Macron “nunca consigue hacer llegar sus mensajes”.
“Poder aislado”
El conflicto social actual “se basa en la misma desconfianza, muy profunda, contra las instituciones políticas, incluso locales”, apunta Luc Rouban, del Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS).
Aunque Macron y su primera ministra, Élisabeth Borne, son los principales blancos de la cólera, esta también se extiende a los diputados que se dijeron favorables a su reforma de las pensiones.

Algunos vieron sus despachos en sus respectivas circunscripciones apedreados o con pintadas. La jefa de filas del partido oficialista Renacimiento, Aurore Bergé, pidió mayor protección policial para sus diputados.
Al usar el artículo 49.3 de la Constitución, que permite la adopción de una ley sin el voto en el Parlamento, el gobierno “apareció como un poder aislado, minoritario” que impulsa políticas lejos “de la realidad de la vida de los franceses”, según Rouban.
Como con los chalecos amarillos, los temores sobre el poder adquisitivo, en un contexto de guerra en Ucrania, también alimenta estos estallidos de cólera.
La duda es saber si durará ahora que la reforma quedó adoptada definitivamente tras fracasar dos mociones de censura contra el gobierno.
Un responsable sindical predice que las grandes manifestaciones a llamado de los sindicatos “se reducirán” y serán menos frecuentes, y que habrá “varios meses” de protestas más duras los sábados, como durante los chalecos amarillos, hasta el verano boreal.
El gobierno espera que la contestación se desinfle. “La gente es consciente que estamos en una crisis inflacionista, económica, quizás financiera, y que llegado el momento, hay que ser responsables”, según un consejero del Ejecutivo.
(Con información de AFP)
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