A 30 segundos de la muerte: crónica de una visita a la línea de fuego

El fuego de mortero ruso casi impacta sobre el vehículo que transportaba a un grupo de periodistas. El relato del enviado especial de Infobae

Infobe en Ucrania - A 30 segundos de la muerte

(KHARKIV, Ucrania - Enviado especial) - A treinta segundos de la muerte. Puedo escribirlo porque nos fuimos a tiempo. La adrenalina es una alfombra blanca que te conduce hacia adelante pero no aterriza. Treinta segundos más detenidos allí y el mortero hubiera caído exactamente sobre nosotros.

En Kharkiv los bombardeos son permanentes. No es una manera de decir: todos los días y las noches los rusos atacan nuevos objetivos, y parte del trabajo es ir a constatar los daños. Es la única manera que tiene el periodismo de relatar si los objetivos eran militares o civiles. La única forma de ver la dimensión de la guerra.

Como cada día, la recorrida empezó por el barrio caliente de la noche anterior, que viene siendo el mismo desde hace una semana: la parte norte del distrito de Saltvka, donde termina la ciudad y empieza el campo abierto. Había estado por ahí ya con custodia policial, pero esta vez nos movíamos con un nuevo conductor y un fixer local, un productor ucraniano que conoce los lugares complicados. En el auto también iban Juan Carlos, fotógrafo, y Pierre, un periodista de la televisión francesa.

La nueva ley militar que se anunció hace tres días hace más dificil hoy conocer donde se mueven las tropas, y complicado aún elegir qué información contar. Unos dias antes de nuestro recorrido por el frente la gente de la BBC quedó atrapada en medio de una ofensiva rusa cuando fue a hacer una nota con las tropas ucranianas. Desde entonces, el ejército no quiere llevar a nadie que no esté en la línea para combatir. No hay garantías a esta altura y el desmadre de la guerra nos obliga a todos a reinterpretar el sentido de la vida.

Después de ver algunos edificios en ruinas que ya habíamos visto, se le dijo al fixer que eso había sucedido hacía un tiempo y que ya estaba registrado. El ambiente estaba pesado: allí donde un día antes había gente retirando cosas de sus casas, hoy no había nadie. No pasaban autos de policía ni de civiles; no se escuchaban más que los bombardeos en la zona.

Un edificio destruido en las cercanías de Kharkiv, donde fuerzas rusas atacaron sin piedad a la población civil (Joaquín Sánchez Mariño - Infobae)
Un edificio destruido en las cercanías de Kharkiv, donde fuerzas rusas atacaron sin piedad a la población civil (Joaquín Sánchez Mariño - Infobae)

Se le pidió al productor dirigir el auto a la estación de metro del barrio, un lugar que debía documentar. Si el área residencial había sido casi absolutamente evacuada, esa gente debía estar viviendo en algún lado. El fixer dijo que lo haríamos en unos minutos, que mejor dar unas vueltas y salir para ahí. No me gustó su respuesta porque en zona de conflicto no se puede andar paseando, se entra con un objetivo, se registra rápido y se sale. De todas formas éramos tres trabajando y acepté.

Llegamos a la última calle de la ciudad y del barrio, la última de Kharkiv. Luego de ese punto, una zona de campo abierto y un poco más allá, a 20 kilómetros, las tropas rusas apostadas intentando avanzar. No se puede ver para ese lado porque hay una cerca de chapa que lo tapa. El conductor giró a la izquierda y nos encontramos con un edificio enorme destruido que no habíamos visto. Detuvo el auto y el fixer dijo que podíamos bajar, pero que estuviéramos atentos por si había que salir rápido.

Bajamos. Los tres periodistas nos distribuimos para no movernos juntos: si están mirando desde el cielo, es mejor no ser un grupo sino objetivos dispersos. Juan Carlos fue hacia el edificio a tomar fotos, Pierre videos. Yo me quedé en la calle, no me sentía seguro sabiendo que atrás de las chapas comenzaba el campo de batalla.

Empecé a grabar para capturar el ambiente, el sonido de los bombardeos. Es un archivo de video algo precario y tenso. Cinco minutos después el trabajo estaba terminado. Regresamos al auto. El conductor lo puso en marcha y avanzó por la calle. Luego supe que estábamos recorriendo transversalmente la primera línea de fuego, pero la chapa al costado nos lo ocultaba. No lo sabíamos en ese momento porque no se escuchaba artillería, solo silencio, el peor silencio que oí en mi vida.

Avanzamos unos cien metros. Ya comenzaban a verse vidrios tirados en el camino, restos de escombros, cosas que habían caído allí y nadie había levantado, lo cual mostraba que era una destrucción reciente porque sino la policía hubiera despejado el asfalto para poder moverse. El conductor siguió adelante sin dudar y empecé a sentir el traqueteo de la camioneta por estar pisando restos. Llegamos a una nueva barricada pero distinta a las que se ven en la ciudad, más de corte militar, más oxidada. No era una barricada urbana sino una de terreno. Antes, para llegar hasta ahí, ya habíamos atravesado tres cortes de calle medio precarios sin nadie que custodie y el fixer consideró que era zona segura. Yo pensaba exactamente lo contrario pero él es el local.

Informe Ucrania, relato de Juan Carlos

Esta nueva barrera era demasiado extraña y dije que no debíamos pasar, pero el conductor siguió. Unos segundos después, cuando terminamos de hacer el zig zag, vimos salir a un militar de un escondite junto a un edificio y hacernos señas desesperadas para que diéramos la vuelta. Se acercó apenas a nosotros para que lo viéramos, hizo los gestos y volvió a meterse a la madriguera. Con Juan Carlos lo vimos y advertimos al fixer, que seguía mirando para adelante. Finalmente Juan Carlos gritó: “¡Stop, stop, turn around!” (¡frená, frena, da la vuelta!), y recién entonces el conductor reaccionó. El peligro que supusimos era que las fuerzas ucranianas nos confundieran con enemigos a pesar de los carteles de prensa y abrieran fuego, pero no imaginamos lo que iba a pasar.

Giró la camioneta hacia un lado, hizo marcha atrás, y retomamos el camino por el que veníamos. Lo hizo sin brusquedad porque no es bueno asustar a los militares con maniobras veloces. Comenzamos a cruzar la barricada camino de vuelta y entonces escuchamos el primer estruendo atrás nuestro. “¡Go, go, fast!”, gritó Juan Carlos, pidiendo que se apure. El conductor pisó el acelerador. Ninguno de nosotros quería darse vuelta, no queríamos saber lo que venía. Pasó un segundo y ahí sí, el estruendo nos envolvió. Hizo vibrar la camioneta, que serpenteó apenas, como si le hubieran dado una cachetada desde atrás. Me di vuelta de inmediato y vi una bola de fuego crecer en el asfalto, exactamente en el lugar en que acabábamos de detenernos. Aunque estábamos a veinte metros, la barricada ya no se veía, había sido tapada por el fuego y por el humo. Otra vez prendí la cámara y apunté para atrás, pero tenía la tapa del lente puesta, no podía pensar en eso, grabar fue un instinto. Fueron dos morteros que se acercaban, uno donde nos detuvimos para dar la vuelta y el otro más cerca de nosotros, como si hubieran calibrado el lanzamiento a la caza de nuestro auto.

Juan Carlos, periodista, relató cómo vivió estar a 30 segundos de ser víctima del fuego de mortero ruso (Joaquín Sánchez Mariño - Infobae)
Juan Carlos, periodista, relató cómo vivió estar a 30 segundos de ser víctima del fuego de mortero ruso (Joaquín Sánchez Mariño - Infobae)

Salimos a máxima velocidad con la respiración contenida, seguíamos en paralelo recorriendo la línea de fuego. No hablábamos, no queríamos distraerlo y no había mucho que decir. Yo iba sentado en el medio así que veía el camino. Giramos finalmente en la primera calle transversal y nos alejamos. Fuimos finalmente a la estación de Metro. Cuando bajamos del auto miramos para atrás y la nube de humo era gigante. Un rato después comenzaron a escucharse más y más bombardeos, y a verse más y más chimeneas por el barrio de Saltvka, focos de incendio que suceden a los ataques.

Hicimos nuestros cálculos. Si nos quedábamos treinta segundos más ahí, el primer mortero hubiera caído sobre nosotros. Si nos deteníamos demasiado en la barricada en el camino de vuelta, habría sido el segundo de los morteros el que nos hubiera impactado. Pudo haber pasado. El conductor quizás se hubiera detenido a hablar con el militar, como hacen muchos, o pudo haber consultado qué hacer con el fixer o con nosotros, o pudo habérsele apagado el auto. No sé, puedo imaginar mil posibles situaciones (desde que pasó, me dedico a imaginarlas todas, una por una, como si nombrar los universos paralelos me hiciera entender mejor el que me toca).

Seguimos trabajando toda la jornada, fue la mejor manera de no quedarse con el shock. Cuando volvimos al departamento grabé a Juan Carlos como registro personal, quería saber cómo lo había vivido él porque en el momento se quedó en silencio. Conversamos sobre por qué hacemos esto. “No se trata de adrenalina, no se trata de ser héroes, se trata de que queremos estar ahí para mostrar las atrocidades y documentar que esto pasó. Porque en un futuro alguien puede decir que no pasó, y nosotros tenemos la evidencia”, me dijo.

Joaquín Sánchez Mariño, periodista de Infobae, en una locación cercana a Kharkiv (Infobae)
Joaquín Sánchez Mariño, periodista de Infobae, en una locación cercana a Kharkiv (Infobae)

No fue un ataque casual. De modo satelital los rusos vieron una camioneta que se acercó a la línea de fuego, se detuvo, se bajaron cinco personas de manera táctica, volvieron al auto y avanzaron hasta la posición de las defensas militares. Asumieron que éramos parte y atacaron, por eso mismo todos en ese puesto de control estaban escondidos y no había nadie en la barricada, ellos tenían una información que nosotros no.

Durante el resto del día me costó mantener la calma. En un momento hicimos una entrevista en otro lado y mientras un hombre hablaba sonaban bombardeos cerca y me sobresaltaban. Miraba las ventanas, los puntos de salida, el grosor de las paredes. Será de eso que se va haciendo un trauma. Juan Carlos la lleva mejor, los años de experiencia en conflicto cuentan. En un momento me puso una mano en el hombro y me calmó, y me dio vergüenza que se haya notado el miedo. Me hizo una broma sobre el futuro y nos reímos. A la noche él habló con su familia y yo me puse a escribir esto. No sabía cómo empezar el texto, pero creo que todo ronda alrededor de esos treinta segundos de vida. Nosotros los tuvimos a favor, miles de personas en Ucrania no tienen la misma suerte.

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