Zoia no quiere decir la edad. “Es top secret”, dice. Detrás suyo, el Mar Negro. Alrededor suyo, la playa tomada por cientos de vecinos de Odessa. Hay una grúa que mueve el terreno para aflojarlo. Hay hombres que cargan sus palas con arena y las arrojan en bolsas. Hay mujeres que atan esas bolsas y las pasan a la cadena humana que se forma desde la orilla hasta un camión.
-¿Qué están haciendo aquí?
Zoia tiene la voz aguda y dice “estamos llenando sacos con arena”. Tendrá setenta años, ni mucho más ni mucho menos. Lleva un gorro de lana rosa y una bufanda multicolor. “Son bolsas que serán enviadas luego a fortificaciones en diferentes lugares de nuestra ciudad. Yo vine a ayudar, tengo unas sogas y con ellas hago el nudo en las bolsas una vez que están llenas. Además les abro las bolsas a los voluntarios para que les sea más fácil y más rápido llenarlas de arena”, dice, mientras toma uno de los sacos y muestra el movimiento.
Zoia es maestra de inglés en la escuela y hoy lunes retomará las clases de manera virtual. Tendrá alumnos que se fueron del país, otros que se conectarán desde un refugio, otros que se mudaron de ciudad. Pero estarán todos juntos, aunque sea a través de la computadora, como mostrando que pueden bombardear las escuelas pero no la educación. Algo así, me digo, pensarán.
El espíritu sobre la plaza es de algarabía. Un muchacho de 26 años tiene el torso desnudo a pesar de los cinco grados bajo cero. Unos andan con remera. Otros más abrigados. Todos comparten la misión de fortificar la ciudad.
“Los ucranianos no queremos la guerra, queremos trabajar en paz, queremos viajar, queremos desarrollar nuestras relaciones con diferentes países. Yo soy una maestra, quiero enseñar inglés en tiempos de paz. Y creo que Putin se equivoca porque no entiende nuestros sentimientos y nuestra naturaleza ucraniana. Ahora mismo los ucranianos somos como una sola alma, una sola persona. Y lo ves acá: debemos defender cada pequeña parte de nuestra tierra, no se la daremos a nadie”, dice Zoia.
-Me recuerda al discurso de Churchill, cuando dice “pelearemos en la calles, pelearemos en las playas”. De algún modo aquí están peleando en las playas…
-El Mar Negro es nuestro, esta playa también es nuestra, Odessa es nuestra, Ucrania es nuestra. No queremos estar en guerra con ningún país, somos un país pacífico. Históricamente, Odessa era una ciudad multicultural y multinacional. En los orígenes, más de noventa nacionalidades convivían aquí. Y ahora somos todos ucranianos, porque vivimos acá, estudiamos acá, enseñamos acá. Y si preguntas alrededor, vas a ver gente de diferentes profesiones: ingenieros, profesores, estudiantes, trabajadores. De todo.
-¿No pensó en dejar la ciudad?
-No, ¿por qué? Es la tierra de mi madre, es mi lugar de nacimiento.
-Porque es peligroso…
-Bueno… Mi abuela y mi abuelo sufrieron el fascismo en la Segunda Guerra, y también vivían acá, en Odessa. Y ahora este loco de Putin pelea contra niños, mujeres, gente mayor. Bombardea hospitales, jardines de infante, colegios… ¿Por qué? ¿Qué le hicieron? Quizás él no ve la situación del modo en que yo la veo.
-¿Cree que Odessa va a sobrevivir?
-Claro, con seguridad. No sé cuánto tiempo va a durar esto, pero sobrevivirá. No solo lo pienso yo: la maestra que me enseñó inglés a mí aún está viva y está en Odessa. Tiene noventa años. Y ella me llama siempre y me dice: “Zoia, no te hagas problema, todo va a estar bien”. Nos comunicamos por teléfono y nos ayudamos mutuamente, con alguna frase, con alguna palabra cálida. Eso: nos ayudamos mutuamente. Y así será entre la gente de cada una de nuestras ciudades, grandes o pequeñas, no solamente en Odessa.
Cerca de ahí, caminando por el predio, Albert se mueve con gesto serio. Es el dueño del predio y lo ofreció apenas comenzó la guerra. Para llegar a la playa hay que bajar camino empinado hacia el mar, atravesar un pequeño club naútico, y llegar hasta la punta del lugar, donde empieza la arena. Hay una larga mesa instalada con alimentos donde algunas voluntarias sirven sopa y té a los voluntarios que arman las bolsas. Albert dice que es fundamental que coman, que sino no podrían trabajar.
-Imagino que esta imagen, con tanta gente haciendo defensas para Odessa, lo llena de esperanza.
-Es mucho más que esperanza. Estoy seguro de que Ucrania ganará esta guerra. Odessa fue una nación multinacional al principio, pero hoy no importa de qué nacionalidad seas, Odesas es Ucrania. Y la gente está unida para sostener nuestra pelea contra el enemigo.
-¿Hace cuánto están acá haciendo esto?
-Hace dos semanas estamos cargando arena para defender a nuestra ciudad. Estamos haciendo nuestro mayor esfuerzo. Ya hicimos cerca de 100 mil bolsas. Las condiciones climáticas por momentos fueron muy malas pero aún así había gente. Cada bolsa de arena es la vida de un ucraniano, y así lo entendemos. Cada bolsa que hacemos para nuestros guerreros es fundamental para el país.
-Sabemos que hay barcos rusos en algún lugar del Mar Negro. ¿No tienen miedo de estar en la playa?
Albert sonríe. Busca complicidad en Ludmila, que lo está traduciendo. “No, no”, dice, y completa: “No tenemos miedo”. No digo nada. Unos segundos después, sigue: “Al principio teníamos mucho miedo, pero después de los primeros días lo perdimos. Ahora estamos enojados y decididos, e incluso cuando hay sirenas aquí seguimos haciendo bolsas. Odessa no va a permitir que entre ningún ruso”.
Saludamos, amablemente. Nos ofrece una sopa y se aleja. Detrás suyo un nuevo camión lleno ya parte a distribuir las bolsas por Odessa. Los voluntarios siguen cargando otra camioneta. La arena no parece acabarse. Cada vez más bolsas blancas van cubriendo las paredes de la historia.
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