
A lo largo de la historia de México, ha habido algunos personajes que han destacado, ya sea por sus buenas acciones, o malas. Uno de los individuos más polémicos que ha dado la historia, ha sido sin duda, el expresidente Porfirio Díaz, quien permaneció en el poder más de 30 años, y quien fue uno de los provocadores del levantamiento armado de la Revolución Mexicana.
Y es que, luego de más de tres décadas en el poder, y tras el levantamiento armado del pueblo de México el 20 de noviembre de 1910, Díaz por fin renunció el 25 de mayo de 1911. Esto, tras las presiones de los miembros de la Cámara de Diputados.
Era un hecho que el movimiento revolucionario tomaba más fuerza y el porfirismo buscaba maneras desesperadas por controlar el caos que la guerra civil provocó. México estaba por vivir uno de los momentos que definirían para siempre su rumbo histórico, político y social.
Y es que de 1884 a 1904, tiempo en el que gobernaba Díaz, México vivió una época de bonanza, pero solo reflejada en los bolsillos de los grandes latifundistas, los extranjeros y los mexicanos acomodados y de la clase alta. Los ferrocarriles, que fueron la gran apuesta del presidente, las minas, los cultivos y las fábricas se extendían por todo el país, sin embargo, sus propietarios también eran extranjeros.

Contrariamente, el 95 por ciento de los mexicanos trabajaban como peones en los campos, en las fábricas, como barreteros en las minas, o como empleados de bajo rubro en algunos negocios. Había otros que no tenían tanta suerte, y se encontraban desempleados, o habían sido desposeídos de sus tierras.
Los años que siguieron, el malestar entre los pobladores humildes se acrecentó, pero también entre algunos de los hombres cercanos al porfirismo. Para el mes de mayo de 1911, la Revolución Mexicana taladraba en la conciencia de un Porfirio Díaz cansado, con sordera, una enfermedad bucal y 80 años de edad.
El 21 de mayo de 1911, Porfirio Díaz y Francisco I. Madero se reunieron en Ciudad Juárez para firmar los Tratados de Juárez, en donde se Díaz manifestó su resolución de renunciar a la presidencia, de la República, antes de que terminara ese mes.
En la carta, que apenas tenía una cuartilla, escribió:
“Espero, señores diputados, que calmadas las pasiones que acompañan a toda revolución, un estudio más concienzudo y comprobado haga surgir en la conciencia nacional, un juicio correcto que me permita morir, llevando en el fondo de mi alma una justa correspondencia de estimación que en toda mi vida he consagrado y consagraré a mis compatriotas. Con todo respeto”.

El día 25 de ese mes, a las 4 de la madrugada, desde su casa ubicada en la calle Cadena 8, hoy conocida como Venustiano Carranza, acordonada y custodiada, Díaz fue trasladado junto a su familia y pertenencias hacia la estación de San Lázaro, de donde partieron al Puerto de Veracruz para abordar el barco de vapor Ypiranga, el cual, lo llevaría hasta su nuevo hogar, en Francia.
Díaz siempre pensó que ese viaje sería temporal y que no pasaría mucho tiempo antes de poder volver a su país.
El 20 de junio de 1911 el barco Ypiranga arribó finalmente al puerto de El Havre, en Francia. Ahí, algunos miembros del gobierno francés ya esperaban a Díaz, así como algunos compatriotas mexicanos.
El expresidente pasó su primera noche en casa de Don Eustaquio Escandón, que estaba ubicada en la calle Víctor Hugo 30.
El fin de año de ese 1911 lo celebró junto a Escandón en un café de Champs Élysées junto a la cantante de ópera Lina Cavalieri. El 28 de febrero de 1912 escribió una carta al ingeniero Enrique Fernández Castello, en donde le dijo:
“Ahora siento no haber reprimido la Revolución. Tenía yo armas y dinero, pero ese dinero y esas armas eran del pueblo, y yo no quise pasar a la historia empleando el dinero y las armas del pueblo para contrariar su voluntad, con tanta más razón cuanto podía atribuirse a egoísmo”.
El 14 de enero de 1913, Díaz, su esposa, y las hermanas de esta última parten hacia El Cairo, Egipto. Para el 18 de marzo de ese mismo año, Díaz llega a Roma. El 22 de ese mismo mes, concede una entrevista en su hotel, en donde menciona que “anhela con toda el alma la paz para su país”.
En 1915, la salud de Díaz se deteriora, y el 29 de abril, Carmen Romero, su esposa, escribió una carta a María Caña, en donde dice que por el estado de salud de Díaz, “estamos muy encerrados, solamente vamos al bosque de Boulogne, que está precioso”.
El 2 de julio de ese 1915, Díaz muere en el número 23 de la avenida del bosque de Boulogne. Las seis de la tarde fue la hora marcada de su muerte. Las honras fúnebres se llevaron a cabo en el templo de Saint Honoré d’Eylau de la Plaza Víctor Hugo.
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