El ozono puso en riesgo a casi 2 de cada 5 habitantes del planeta en 2026

Un reporte de Copernicus atribuyó la situación a las altas temperaturas y a contaminantes emitidos por actividades humanas durante los primeros ocho meses del año

Casi dos de cada cinco habitantes del planeta respiraron aire con niveles peligrosos de ozono durante los primeros ocho meses de 2026 (REUTERS/Amel Emric)
Casi dos de cada cinco habitantes del planeta respiraron aire con niveles peligrosos de ozono durante los primeros ocho meses de 2026 (REUTERS/Amel Emric)
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La contaminación del aire suele percibirse como un problema local, ligado al tránsito, la actividad industrial o los incendios de una zona determinada. Sin embargo, las condiciones atmosféricas permiten que algunos contaminantes recorran miles de kilómetros y afecten territorios alejados de su origen.

Esa circulación a gran escala vuelve más difícil identificar los factores que determinan la calidad del aire en cada región y exige observar la atmósfera como un sistema conectado. Temperaturas elevadas, emisiones producidas por actividades humanas e incendios forestales intervienen en ese proceso.

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El nuevo informe Atmosphere Watch, elaborado por el Servicio de Monitoreo Atmosférico de Copernicus, examina esa relación durante 2026 y describe cómo el ozono, el humo y el polvo se desplazaron entre continentes. El documento sitúa la calidad del aire dentro de un problema que reúne salud pública, clima y políticas de reducción de emisiones.

Casi dos de cada cinco personas estuvieron expuestas a ozono peligroso en 2026

La contaminación atmosférica no afecta a todas las personas de la misma manera ni con la misma intensidad. Sin embargo, el balance global de los primeros ocho meses de 2026 revela una escala amplia: casi dos de cada cinco habitantes del mundo respiraron aire con niveles peligrosos de ozono, de acuerdo con los criterios y objetivos de la Organización Mundial de la Salud. Solo el 5% de la población estuvo expuesto a concentraciones consideradas buenas.

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La interacción de las emisiones vehiculares e industriales con la luz solar produce ozono troposférico durante los períodos de calor extremo (REUTERS/Carlos García Rawlins)
La interacción de las emisiones vehiculares e industriales con la luz solar produce ozono troposférico durante los períodos de calor extremo (REUTERS/Carlos García Rawlins)

En 2026, el calor extremo y la contaminación generada por actividades humanas coincidieron en diversas regiones, con consecuencias directas sobre el aire que respiró la población. El contaminante que concentró la mayor parte de esa evaluación fue el ozono troposférico, que se forma cerca de la superficie terrestre. En esas condiciones puede perjudicar la salud, los ecosistemas y el rendimiento de los cultivos.

Su efecto depende de la altura a la que se encuentre. En la estratosfera, una capa alta de la atmósfera, el ozono protege a la vida de parte de la radiación ultravioleta. Cerca del suelo, en cambio, se convierte en un contaminante. Se forma cuando sustancias como los óxidos de nitrógeno y los compuestos orgánicos volátiles, emitidos entre otras fuentes por el transporte y la industria, reaccionan con la luz solar. Las olas de calor favorecen ese proceso químico.

Las olas de calor estimulan las reacciones químicas de la luz solar con las emisiones que producen ozono troposférico (REUTERS/Kacper Pempel)
Las olas de calor estimulan las reacciones químicas de la luz solar con las emisiones que producen ozono troposférico (REUTERS/Kacper Pempel)

La exposición fue especialmente alta en Asia, donde nueve de cada diez habitantes estuvieron sometidos a concentraciones peligrosas. El informe relaciona esa situación con la densidad de población y las numerosas fuentes de sustancias que intervienen en la formación del contaminante. En América del Norte, más de dos tercios de la población experimentaron niveles deficientes, muy deficientes o extremadamente deficientes, mientras que en Europa esa proporción llegó a la mitad.

Las cifras variaron en otras zonas. Toda la población de Oceanía registró niveles buenos o aceptables. Esa situación también alcanzó a más del 81% de los habitantes de América del Sur y al 56% de la población africana.

El deterioro de la calidad del aire no se limitó al ozono. El seguimiento de Copernicus documentó columnas de humo de incendios forestales de América del Norte que cruzaron el Atlántico y llegaron a sectores de Europa. Ese transporte se sumó a las fuentes locales de partículas finas PM 2,5, que son partículas de 2,5 micras o menos y pueden penetrar profundamente en el aparato respiratorio.

También se registraron repetidas intrusiones de polvo sahariano hacia el sur de Europa, incluidas las islas Canarias, y sobre el Atlántico Norte. Tanto el humo como el polvo muestran que la contaminación medida en una ciudad o región puede estar vinculada con fenómenos ocurridos a miles de kilómetros.

“La contaminación por ozono es un claro recordatorio de la interconexión entre nuestra atmósfera, el clima, la salud y nuestros medios de subsistencia”, afirmó Laurence Rouil, directora de CAMS en el comunicado. Añadió que el contaminante y el cambio climático afectan la calidad del aire, los ecosistemas y la capacidad de cultivar alimentos.

La Agencia Europea de Medio Ambiente indicó que la calidad del aire mejoró en Europa en las últimas dos décadas, a partir de normas destinadas a reducir emisiones. Aun así, en 2024 más del 12% de las estaciones que comunicaron datos registró concentraciones de partículas PM10, ozono y benzo[a]pireno por encima de los estándares vigentes de la Unión Europea.

La brecha crece frente a las recomendaciones de la OMS, más exigentes que las normas comunitarias. Más de nueve de cada diez habitantes urbanos de la Unión Europea estuvieron expuestos a concentraciones superiores a los valores de referencia del organismo sanitario.

Nueve de cada diez habitantes en Asia estuvieron expuestos a concentraciones peligrosas de ozono durante 2026 (REUTERS/Thinh Nguyen)
Nueve de cada diez habitantes en Asia estuvieron expuestos a concentraciones peligrosas de ozono durante 2026 (REUTERS/Thinh Nguyen)

La reducción de emisiones aparece como una condición para mejorar el aire

Los datos de Copernicus plantean que el seguimiento de la contaminación debe combinar las mediciones locales con una mirada global. Dorota Jarosińska, directora del programa del Centro Europeo de la OMS para el Medio Ambiente, el Cambio Climático y la Salud, señaló que los datos de CAMS ayudan a cubrir las zonas donde escasean las estaciones terrestres de monitoreo.

Según el comunicado, esa información puede reforzar los sistemas de alerta sanitaria y las evaluaciones de riesgos en sitios que no disponen de datos locales. Ian Marnane, jefe de la Unidad de Medio Ambiente y Salud de la Agencia Europea de Medio Ambiente, sostuvo que la combinación de monitoreo terrestre, información satelital y pronósticos sobre el traslado de contaminantes a larga distancia es necesaria para respaldar respuestas nacionales y regionales.

La Unión Europea fijó normas revisadas de calidad del aire que deberán alcanzarse antes del 1 de enero de 2030. A partir de 2026, los Estados miembros deben implementar planes de acción cuando las concentraciones de contaminantes superen los niveles definidos en esos estándares. La evaluación de la Agencia Europea de Medio Ambiente aclara que sus registros actuales no constituyen una verificación de cumplimiento, sino una referencia sobre la distancia que resta recorrer.

El informe de Naciones Unidas advirtió que los compromisos actuales sitúan la trayectoria del planeta hacia un calentamiento de 2,6 grados durante este siglo (REUTERS/Pablo Sanhueza)
El informe de Naciones Unidas advirtió que los compromisos actuales sitúan la trayectoria del planeta hacia un calentamiento de 2,6 grados durante este siglo (REUTERS/Pablo Sanhueza)

El escenario también depende de la evolución del clima. El Informe sobre la Brecha de Emisiones 2026 de Naciones Unidas plantea que, para limitar el sobrecalentamiento a un máximo de entre 1,7 °C y 1,8 °C hacia mediados de siglo y regresar a 1,5 °C o menos en 2100, las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero deberían reducirse un 18% para 2030, un 45% para 2035 y un 69% para 2040, en comparación con los niveles de 2025.

El documento advierte que la aplicación plena de los compromisos nacionales actuales reduciría las emisiones entre un 5% y un 8% para 2030. Bajo esas previsiones, el mundo quedaría encaminado hacia un calentamiento de 2,6 °C durante este siglo.

La reducción de emisiones asociadas a los combustibles fósiles y de los compuestos que favorecen la formación de ozono puede incidir a la vez sobre el calentamiento global y la calidad del aire. El informe de Naciones Unidas también destaca la necesidad de disminuir las emisiones de metano, un gas de efecto invernadero que contribuye al aumento de la temperatura.

Con los datos de 2026, Copernicus plantea que el aire respirado en cada región está condicionado tanto por fuentes cercanas como por procesos atmosféricos de alcance global. La preparación de planes de calidad del aire, el monitoreo sostenido y la reducción de emisiones aparecen así como medidas complementarias frente a un problema que atraviesa fronteras.

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