![Cudjo Lewis was born in West Africa, abducted and sold as a slave in Alabama six years before the Civil War ended. He was 86 when Zora Neale Hurston interviewed him, as recounted in her newly published book "Barracoon." [Courtesy of McGill Studio Collection, The Doy Leale McCall Rare Book and Manuscript Library, University of South Alabama]](https://s3.amazonaws.com/arc-wordpress-client-uploads/infobae-wp/wp-content/uploads/2018/05/09202547/AR-305099989.jpg)
El libro se mantuvo inédito hasta ahora. Hurston misma era negra; también mujer, joven y tataranieta de esclavos. Si bien tenía una sólida formación como antropóloga cultural, el editor que recibió el original lo rechazó: mucha jerga, se quejó. La lengua de Oluale Kossula, que en el libro también aparece con su nombre de esclavo, Cudjo Lewis, era el yoruba, y su mezcla con el inglés resultaba, para la escritora, un elemento central de la narración de su vida trágica.
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Así Barracoon (nombre que alude a las barracas en la costa africana donde se hacinaba a las personas secuestradas antes de su transporte a América) permaneció 87 años desconocido. Pero los detalles con los que cuenta la vida del último ser humano importado para aquella esclavitud revive lugares y tiempos con increíble fuerza.
"A la noche lloramos, decimos que nacimos y crecimos para ser libres y ahora somos esclavos", detalló Kossula su vida en el continente nuevo. "No entendemos por qué nos trajeron tan lejos de nuestra tierra para trabajar así. Nos resulta extraño". Fue el destino de millones, en su mayoría en Brasil, pero también en los Estados Unidos y el Caribe.
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Según la base de datos del Comercio Esclavista Transatlántico, entre 1525 y 1866,unos 12,5 millones de africanos (dos veces los muertos de la Shoah) fueron enviados como esclavos a América; de ellos, casi 2 millones murieron en el Paso del Atlántico Medio, como se llamaba a la travesía horrenda. Entre 1851 y 1860 se exportaron 22.500 personas. "Y de ese número, 100 fueron llevados a bordo del Clotilda, en Ouidah. Kossula estaba entre ellos", explica la introducción. Fue el último viaje de cargo esclavista que atravesó el océano.
El dueño del barco era el traficante de personas William Foster, quien seguía operando en los Estados Unidos aunque la importación de humanos había sido abolida por el congreso más de medio siglo antes. Pero en 1859, al borde de la Guerra de Secesión, la esclavitud era legal en muchos estados y el negocio persistía. Kossula llegó a Mobile, en Alabama.
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Allí mismo lo encontró, a los 86 años, en la ciudad de Plateau, la joven graduada en Barnard College, por encargo de su mentor, el reconocido antropólogo Franz Boas. A Hurston le costó ganarse la confianza del hombre que había sobrevivido a su mujer y sus seis hijos: le llevó duraznos y jamón, polvo para los insectos y una sandía apenas sacada del hielo; lo ayudó a arreglar el jardín, limpió con él la iglesia. El relato de ese proceso, que muestra a la autora en la escena, se integra al libro. También cuenta el momento en que lo fotografió:
—Me gusta que me saque una foto —le dijo—. Quiero ver qué aspecto tengo. Una vez, hace mucho tiempo, vino alguien y me sacó una foto, pero nunca me la dio. Usted me la dará.
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Ella asintió y lo esperó mientras Kossula se iba a cambiar la ropa. Volvió con su mejor traje y sin zapatos. Le explicó:
—Quiero lucir como en África, porque allí quiero estar.

Kossula fue capturado, junto con otras 100 personas de su pueblo, por los guerreros —en gran proporción, mujeres— del reino de Dahomey, que fue una pieza central en el tráfico esclavista. Vio cómo decapitaban a los que consideraban muy débiles para vender, y cómo ahumaban sus cabezas para conservarlas. Tras marchar tres días hasta el puerto de Ouidah, hombres y mujeres quedaron en una barraca durante semanas, desnudos y hambrientos, pero sobre todo aterrados porque conocían el destino que los esperaba.
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Tras cinco años de esclavitud en Alabama, Kossula escuchó sin creer al soldado que le informaba que ya no pertenecía a nadie. Había terminado la Guerra de Secesión. Junto con otros ex esclavos fundó Africatown, que luego se llamó Plateau, donde lo encontró Hurston. La primera vez que ella lo llamó por su nombre original, y no como Lewis, el hombre le dijo, con los ojos llenos de lágrimas: "Nadie salvo usted me llama por el nombre que tenía al otro lado del agua".
Barracoon cuenta la historia del último esclavo importado en sus propias palabras, y a veces mediante sus silencios: algunos días se agotaba y le decía a Hurston que no podía ya hablar, que ella quería saber demasiado. "Su agonía era tan aguda que lo dejaba incapaz de expresarse", escribió ella.
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Aunque no consiguió publicar Barracoon, Hurston siguió pensando en Lewis. Lo recordó en su autobiografía: "Luego de 75 años, conservaba esa trágica sensación de pérdida. Esa ansia de lazos de sangre y de cultura. Ese sentimiento de mutilación. Me hizo sentir muy profundamente".

Finalmente, la historia del "último comercio de carne humana", como lo describió la autora, salió el 8 de mayo en los Estados Unidos. Acaso tarde pero muy a tiempo: fueron días de fuerte debate sobre el racismo. "Uno escucha decir que la esclavitud duró 400 años. ¿400 años? Parece una elección", dijo Kanye West en una entrevista, y el video "This is America", de otro rapero, Childish Gambino (el actor Donald Glover), una obra llena de símbolos sobre la violencia racial, fue visto 55 millones de veces en cinco días.
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Hurston no tuvo su libro en sus manos, y acaso murió pensando que nadie lo leería. Sus obras famosas, como las compilaciones de folklore Their Eyes Were Watching God y Tell My Horse, fueron olvidadas, y ella terminó en la pobreza, trabajando como maestra sustituta y empleada de limpieza. Murió en 1960 en Fort Pierce, Florida, y fue enterrada en una tumba sin nombre hasta que la autora Alice Walker —quien hizo el prólogo a Barracoon— la buscó, y encontró, en 1974.
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