Esta semana Igor Benevenuto fue el protagonista del podcast “Nos Armários dos Vestiários” y aprovechó su participación para contarle al mundo que es homosexual. La semana pasada el ex futbolista Richarlyson fue el protagonista de una historia similar y ahora fue el turno del juez de 41 años.
El referee contó que desde niño tiene esta inclinación y utilizó al fútbol como un espacio para camuflarse por miedo a las consecuencias que podía sufrir. Fue así que desde chico comenzó a jugar con sus amigos en la calle y, cuando sus condiciones le impidieron convertirse en profesional, optó por iniciar una carrera en el arbitraje. En la actualidad se desempeña en el Brasileirao y además está apto para dirigir en certámenes FIFA, aunque aún no ha tenido la posibilidad.
“Hasta hoy, nunca fui realmente yo. Los gays a menudo no son ellos mismos. Limitar nuestras actitudes para no defraudar las expectativas del mundo heterosexual. He pasado mi vida sacrificando lo que soy para protegerme de la violencia física y emocional de la homofobia. Y terminé en uno de los espacios más hostiles para un homosexual”, sentenció.
En su profunda reflexión recordó lo difícil que fue su infancia, cuando le hacía creer a sus seres queridos que era una persona, cuando por dentro era completamente otra: “Para tener amigos, tenía que ser heterosexual, y para serlo, tenía que ser amante del fútbol. Así que me elegiría a mí mismo e interpretaría mi papel. La familia y los amigos me llevaban al estadio en cada oportunidad. Fue una tortura, pero fui a los partidos de Cruzeiro, Atlético-MG, América-MG... Me puse todas las camisetas y, a la vez, no me puse ninguna. No tenía sentido. En casa la gente está dividida, cada uno anima a un club, y yo era el único que no tenía ese amor. Vivía aislado, un niño triste con un agujero en el corazón”.

En este contexto, el rol de la Iglesia fue otro calvario al formar parte de una comunidad afianzada en la religión: “La Biblia solo deja dos opciones: matrimonio heterosexual o vida célibe. Cualquier otra cosa que no sea eso es abominable. Por un tiempo, creí que había algo muy malo en mí, porque mientras respetaba a la iglesia, esta doctrina fallaba miserablemente con lo que sentía”.
En 1994, durante el Mundial celebrado en los Estados Unidos, a Igor Benevenuto le llamó la atención los árbitros de los partidos y entonces optó por cambiar la pelota por el silbato. En los partidos en el barrio, utilizaba sobres de mayonesa y kétchup como tarjetas amarillas y rojas, ya que no tenía dinero para comprar las cartulinas.
En 1998 se recibió como árbitro a través de la Federación de Fútbol de Minas Gerais: “Me posicioné como el dueño del juego, el tipo con autoridad, y eso automáticamente remite a una figura de fuerza, llena de masculinidad. Quería tener ese mando y exigir respeto, como, ‘¡Oye, estoy aquí! Me vas a tener que aguantar y respetar, darme la oportunidad de estar entre ustedes en el fútbol porque, sí, soy gay, pero soy una persona normal, como todo el mundo. No eres mejor que yo porque te gustan las mujeres”.
Benevenuto aseguró que en Brasil hay muchas personas que forman parte del ambiente del fútbol y que son homosexuales, aunque la enorme mayoría lo mantiene en secreto por temor a lo que puede ocurrir. “Los gays del fútbol somos muchos. Estamos en todas partes. Pero el 99,99% están en el armario. Hay árbitros, jugadores, entrenadores, casados, con hijos, separados, con una doble vida... Hay de todo. Las personas se reconocen entre sí. Bromeo con que tenemos un wifi que está constantemente encendido y que se conecta con el otro incluso sin querer. Existimos y merecemos el derecho a hablar de ello, a vivir normalmente”.

El juez de 41 años confesó que si bien él nunca lo había dicho público, en el ambiente varios sabían su inclinación sexual y que incluso ha escuchado a futbolistas y entrenadores hablar mal de él por lo bajo. “Siempre me han aconsejado que no me asocie con la imagen gay. ‘Por tu bien’, dicen”.
“Dejo a un lado las verdaderas pasiones de mi vida para seguir este universo de macho alfa, para vivir de incógnito. Si pudiera, hubiera sido médico, pero no me veía con muchas opciones. Vivir abiertamente como un hombre gay era impensado. El fútbol es mi sustento y hasta el día de hoy ha sido mi escondite directo. Quiero liberarme de esta prisión. Quiero poder tener relaciones, quiero pitar en paz, quiero que las ofensas sean castigadas”.
En su reflexión, Benevenuto reconoció que en su país existe un temor justificado para la comunidad LGBT+ y espera que todo cambie en el futuro: “Lo difícil es lidiar con el miedo que tengo a morir. Vivimos en Brasil, el país que más gays mata en el mundo. Aquí no es solo prejuicio, es muerte. Es un inframundo”.
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