Después de pasar por el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) se ha presentado en la Sección Oficial del Festival de San Sebastián Las corrientes, producción entre Argentina y Suiza que supone el tercer largometraje de Milagros Mumenthaler después de Abrir puertas y ventanas (2011) y La idea de un lago (2016), gracias al que consigue consolidar un estilo propio y una sensibilidad particular en el abordaje de personajes introspectivos.
La trama de Las corrientes se centra en Lina, interpretada por la magnética Isabel Aimé González Solá, una diseñadora de moda argentina que, en la secuencia inicial, recibe un premio en Ginebra. A pesar del reconocimiento, la protagonista experimenta un quiebre abrupto: tras arrojar la estatuilla a la basura, abandona la ceremonia y se lanza desde un puente a las frías aguas donde confluyen el río Ródano y el lago homónimo.
La policía la rescata y la conduce a su hotel, dejando en el aire interrogantes sobre las motivaciones de este acto extremo: ¿se trata de un impulso momentáneo, una reacción sin causa aparente o el síntoma de un desequilibrio mental?
Disociación e hidrofobia
De regreso en Buenos Aires, Lina intenta retomar su vida junto a su esposo Pedro Campbell (interpretado por Esteban Bigliardi) y su hija Sofi (Emma Fayo Duarte), de cinco años. Aunque vuelve a sus actividades profesionales, diseñando vestidos y organizando producciones fotográficas, resulta evidente que su estado ha cambiado de manera profunda.

La protagonista se muestra ausente, desconectada de su entorno y de las rutinas cotidianas y, lo que es peor, pronto se dará cuenta de que ha adquirido una extraña fobia al agua. No puede escuchar su sonido cuando cae, y mucho menos tener contacto con ella, por lo que dejará de lavarse y evitará cualquier tipo de roce.
Su extraño proceso de disociación y bloqueo persistirán, sumergiendo a la protagonista en una deriva existencial que la aleja de certezas previas y la conduce hacia una creciente fragilidad.
La película introduce elementos cada vez más enigmáticos y alucinatorios, como la aparición de desdoblamientos y la irrupción de la realidad virtual, lo que refuerza la sensación de que tanto el personaje como la narración exploran dimensiones desconocidas.
Una película magnética y repleta de fugas
La capacidad de Milagros Mumenthaler para retratar no solo los efectos externos de una crisis, sino también los procesos internos de angustia resultan de lo más perturbadores. La directora aborda con paciencia y sutileza la introspección de sus personajes, describiendo el esfuerzo necesario para enfrentar la sobrecarga existencial, las fobias emergentes y los traumas persistentes del pasado, en un intento de reencuentro consigo misma.

La fotografía de Gabriel Sandru aporta una belleza contenida, sin caer en la ostentación, de lo más enigmática. El diseño sonoro, a cargo de Federico Esquerro, Carlos Ibáñez y Denis Séchaud, introduce matices y sutilezas que enriquecen la experiencia sensorial.
Sin duda, una de las experiencias más estimulantes de este festival, gracias a la composición de un drama psicológico femenino repleto de capas en el que late el extrañamiento y la evocación onírica.
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