
A Fiódor Mijáilovich Dostoyevski se le reconoce por muchas de las obras que escribió, como “Crimen y Castigo”, “El Jugador”, “El idiota” y “Los hermanos Karamázov”, entre otras, que han sido leídas, adaptadas y recomendadas durante décadas, pero su dedicación a la escritura no fue fácil.
Antes de poder escribir las novelas y cuentos con las que perduraría en el mundo de la literatura, tuvo que enfrentarse a su padre, un hombre cuya fuerte disciplina fue el legado que quiso dejarle a sus hijos, pero al cual Fiódor no soportaba, pues esas exigencias hicieron que tuviera sentimientos no muy positivos hacia él.
Ignacio Millán escribió una introducción, en un estudio preliminar de una colección de “Los Clásicos”, sobre el escritor, en la cual hace referencia a la vida y obra del novelista y poeta ruso y relata ese momento de separación entre el padre de Fiódor y la ruptura que tuvo con sus abuelos.
“El silencio amargó su corazón mucho más de lo que ya estaba y su rigidez fue todavía más severa para con sus hijos. Este hecho, aparentemente sin importancia para el desarrollo de sus hijos, ignorantes del abismo de olvido y silencio echado por su padre entre su generación y la de sus abuelos paternos, tuvo grandes repercusiones psicológicas en el viejo, y, condicionalmente en el desarrollo de la personalidad de sus propios hijos, particularmente la de Fiódor”.

Desde muy joven, el padre de Fiódor, el viejo Dostoievski, coronel médico, veterano de la guerra contra Napoleón y director del Hospital de Pobres de Moscú, fue muy estricto, con él y con sus seis hermanos, además de darles una educación con una disciplina muy exigente.
A diferencia de la madre, María Fedorovna Netchaieff, quien era una moscovita, hija de comerciantes acomodados, hacendosa, ahorrativa, tierna y de esmerada educación.
Este contraste se vio en la vida de Fiódor. El viejo Dostoievski era particularmente exigente con sus dos hijos mayores (Miguel era el más grande), ya que mientras iban en la mañana a la escuela, por las noches su padre les enseñaba latín.
Gracias a este tipo de educación, Fiódor pudo acercarse más a la literatura, tema que a él le gustaba mucho discutir y que lo hacía con el director de su escuela, el viejo Tchermack, quien se sentaba, a la hora de la comida en compañía de sus estudiantes para hablar sobre diferentes temas vistos en clase.

Los escritores que más lo influenciaron fueron Racine, Corneille, Balzac, Schiller, Goethe y Heine, pero a quien realmente idolatraba e incluso repetía sus poemas de memoria, junto con su hermano, era Aleksandr Púshkin, quien en enero de 1837 murió en un duelo que impresionó a Fiódor.
Ese mismo año el joven aspirante a escritor viviría un drama mucho más horrible, pues su madre falleció en febrero “consumida por las privaciones, las penas, la fatiga y las torturas infligidas por el viejo Dostoievsky”.
La muerte del padre de Fiódor fue más trágica. Luego de buscar apoyo en el alcohol y de tener una amante, no soportó su viudez y decidió renunciar a su puesto en el hospital. Al final, fue asesinado por los campesinos de su propiedad rural.
Fiódor no solamente tuvo la experiencia de haber sido educado de manera rigurosa, sino de vivir una experiencia social particular que lo llevó a reflejar en sus textos lo que vivía en su época: “la segregación mortal del hombre como hombre, de la fe en su progreso como ser inteligente”.
“Por eso, el ejemplo de Dostoievski como interpretador (así como su profecía), es, sin embargo, respetable como lo es todo esfuerzo que impulsa al genio a ser un fecundador de fecundadores”, concluye MIllán.
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