Abyaneh, Irán
Abyaneh, Irán

La historia empieza en algún punto caprichoso en la línea del tiempo. ¿2018 tal vez? Lo cierto es que viene de antes, mucho antes, pero parémonos ahí, en 2018. Fernando Duclos ya era lo que se dice un viajero. Ya había recorrido Sudamérica durante nueve meses, de Argentina hasta Nicaragua; también África, de Etiopía hasta Sudáfrica. Entonces decidió partir hacia un territorio desconocido y enigmático, la Ruta de la Seda, a sumergirse en las culturas de Uzbekistán, Turquía, Irán, el Cáucaso ruso, los Balcanes.

“¿De qué me escapo? Muchas veces me lo he preguntado, pero no tengo respuestas todavía. Me gusta viajar. Quizás… bueno, en noviembre sufrí varios golpes: relaciones afectivas, circunstancias personales y la pérdida del trabajo. Un poco me estaba escapando de eso, de la tristeza de esos golpes, supongo”, dice del otro lado del teléfono Fernando Duclos, más conocido como Periodistán, su nombre en las redes sociales.

Twitter. Todo ocurre en Twitter. Desde la cuenta @periodistan_, que al día de hoy tiene 65.200 seguidores, aparece un tuit, luego otro y otro y otro, y así se van publicando pequeños relatos periodísticos divididos en no más de veinte capítulos de un número limitado de caracteres cada uno. Hay fotos, hay datos, hay contexto y hay historia; historia con mayúscula y con minúscula, porque no sólo hay un recorrido por el contexto histórico que llevó a tal país o etnia o pueblo a vivir lo que está viviendo, también hay microhistorias de personas que dialogan y confiesan.

Al poco tiempo, y casi de forma intempestiva, los relatos de Duclos se hicieron masivos y sus lectores —porque son lectores— esperan con ansiedad el próximo hilo. Mientras tanto, él, allá, en el otro extremo del mundo, escribe. Continúa ejerciendo su oficio: el periodismo. Cuando estuvo en África escribió un blog que terminó en libro: Crónicas africanas, editado por La Parte Maldita en 2015. ¿En qué terminará esto? No lo sabe; tampoco lo importa demasiado.

Baluchistán, Irán
Baluchistán, Irán

“Desde hace un año, y más también, venía leyendo libros sobre las dinastías chinas, el Imperio Persa, India, Asia Central, Turquía. Entré en una ruleta de que la zona me empezó a interesar y no podía parar de interiorizarme. A medida que más conocía, más ganas me daban de viajar, pero había circunstancias materiales que no lo permitían. A fin de año pasado me quedé sin trabajo y me pagaron una indemnización, entonces dije: ‘es ahora o nunca, tengo 33, soy joven pero tampoco es que tengo 18; no sé cuántas chances más voy a tener de viajar así’. Entonces saqué el pasaje”.

Desde que pisó Barcelona pasaron once meses. Empezó por Europa Occidental —España, Portugal, Italia— pero lo hizo rápido, “porque es caro y porque el objetivo principal del viaje era Asia”. Sin embargo, se fascinó por los Balcanes y se terminó quedando más de lo que había programado: Albania, Rumania, Bulgaria, Kosovo, Croacia, Eslovenia, Macedonia. Un mes y medio en Turquía, luego cruzó a Georgia, el Cáucaso, “la parte musulmana de Rusia”: Chechenia y Daguestán. Y después entró en las repúblicas de Asia Central: Uzbekistán, Kazajstán, Kirguistán, luego a Afganistán e Irán.

Kashan, Irán
Kashan, Irán

Ahora, mientras responde estas preguntas que le envió Infobae Cultura, Fernando Duclos cruza la República Islámica de Irán en micro. “Voy viendo un hermoso paisaje de montañas”, junto a un montón de personas que lo observan con curiosidad, intentando develar el idioma que habla. Mientras mira por la ventanilla, acerca su boca al celular y manda audios. Para el resto de los viajeros, Fernando Duclos, que no es Fernando Duclos, ni siquiera Periodistán, habla en un idioma extraterrestre.

“Cuando les diga que soy argentino, todos van a empezar a hablar de Maradona y de Messi y ahí va a arrancar la misma charla que tuve como diez veces en este tiempo”, dice y se ríe. Es una escena que se repite, pero que le da orgullo, y que también lo divierte. Desde aquí, en el audio se escuchan tres cosas: su voz, el sonido del motor del micro yendo a media velocidad por la ruta y el silencio de los iraníes, ansiosos por saber el origen de este extraño hombre y su lengua.

Cuando sacó el seguro médico para este viaje, la empresa le anticipó que en Irán no tendría cobertura. ¿Por qué? “Países en guerra no cubrimos”, le dijeron. Por eso, aquí, ahora, lo aclara sin matices: “Irán es el país que peor reputación tiene en el mundo, pero esa reputación es inversamente proporcional a la calidad de la gente. Irán es muy hospitalario, y mirá que estuve en lugares hospitalarios, pero la hospitalidad iraní es de otro nivel”.

Tres simples ejemplos: “Me ha pasado de ir caminando por la calle y que se te acerquen con comida, con frutas o caramelos que compraron porque vieron a un turista. ‘Welcome to Irán’, te dicen. Conocés a alguien en el autobús, hablás dos minutos y te dice: ‘vení a dormir a mi casa’. O hacés dedo hasta tal ciudad y te dicen: ‘no voy hasta ahí, pero te voy a llevar para que tengas un buen recuerdo de mi país’.”

Hamid y su hija, en Afganistán


Cuando uno hace dedo termina siempre o casi siempre en lugares locos. Me ha pasado de terminar casi hospedado en una casa en Osetia del Norte, Rusia, por un campeón europeo de boxeo; o también en Osetia se rompió el auto en el que íbamos, tuvimos que refugiarnos como tres horas en una casa en donde estaban haciendo miel casera rodeado de abejas y comiendo queso y tomando té con el tipo que hacía miel. Me ha pasado de que un camionero quería que sí o sí conociera a su familia y me desvié doscientos kilómetros de la ciudad a la que iba porque el tipo quería que conociera a los suyos”, cuenta Duclos en este breve diálogo a larga distancia.

Sus historias se abren como el jardín borgeano de los senderos que se bifurcan. En uno de esos senderos, Duclos entra a una librería en Kermanshah, “el Kurdistán iraní”, pregunta si tienen algo de Argentina. Acto seguido le depositan en sus manos El Aleph de Borges traducido al árabe. En otro sendero, sirve té en Shahr e Kord celebrando el Arbain con los lugareños y, en otro, observa desde la tribuna los Juegos Nacionales Nómades en Talas, al Oeste de Kirguistán.

“Otro lugar extraño es Sar Agha Sayyed, un pueblito de Irán donde no viven más de 300 personas”, dice y se lanza a contar. Estaba en Isfahan con Lin, una amiga que se hizo en el viaje. Ella le dijo: “Vamos, está a unas seis horas, por camino de montaña. Casi nadie sabe nada de este pueblo…” Y le mostró una foto. Al día siguiente salieron para allí. No era fácil. Se tomaron cuatro minibuses diferentes y luego, en la última ciudad, Chelgerd, quedaron varados. A hacer dedo. Entonces apareció un mullah, un religioso islámico, que era ingeniero civil y hablaba un inglés perfecto. Viajaron juntos, llegaron al pueblo a pura osadía. Las fotos del lugar hablan por sí solas.

Los hilos de Twitter pasan por el deporte, la historia, la política y el turismo. También historias exóticas como la de Reza Parastesh, un joven iraní de 25 años que es una celebridad en su país por el parecido que tiene con Messi; o Kirsan Ilyumzhinov, primer presidente kalmuko, ajedrecista, abducido por un ovni y fanático de Maradona. En ese Twitter conviven un memorial soviético de Volgogrado, unas medias de Stalin que venden en una feria en Georgia y la belleza de los pueblos afganos de pastunes, hazaras, tayikos y nuristaníes, por ejemplo.

"El Aleph" de Borges en una librería en Kermanshah, Irán

—¿Cuándo nació este periodismo de hilos de Twitter? ¿Qué creés que tiene Twitter que permite este fenómeno?

—Fue algo muy loco. Si me veías en Barcelona ni bien llegué no tenía idea de qué iba a hacer. La verdad es que estaba perdido. Incluso no descartaba la opción de visitar a mis amigos y volverme. Cuando fui a África hice un blog, entonces dije: bueno, vamos a tratar otra vez en Asia Central, Uzbekistán, Turkmenistán, los países que nadie sabe lo que está pasando. Pero bueno, quiero contar, no las cosas malas, porque ya hay ochenta mil medios ocupándose de eso, quiero contar las cosas buenas, lo que no sabemos, la historia de estos países, la comida, la cultura, en fin, cosas que nunca vamos a ver en los medios tradicionales. Y empecé a publicar en Facebook, tenía una página web, que la sigo teniendo pero está un poco abandonada. Y también en Twitter, pero no era mi principal objetivo. Lo publicaba en Twitter para no descuidar ninguna red, pero lo principal era la web y el Facebook. Y un día pasó que publiqué un hilo sobre la desintegración de los Balcanes relacionada con el fútbol y con el partido que juegan Argentina y Yugoslavia en el Italia 90. Publiqué ese hilo como quien publica cualquier cosa y me tomé un tren. Estaba en ese momento en Iași, una ciudad entre el límite de Rumanía y Moldavia, y me tomé el tren a Bucarest. No tenía internet. Cuando llegué me conecto otra vez y ¡paaa!, ¡me reventaba el celular de notificaciones, de mensajes! Ese hilo creo que tuvo como once mil retuits. Tenía trescientos seguidores y pasé a tener cuatro mil, lo cual es un crecimiento del mil por ciento en un noche. Me dije: ‘chau, no lo puedo creer; es por acá’. Y empecé a publicar hilos relativos al deporte, porque me di cuenta que vendía, la historia del deporte, porque la gente estaba interesada, pero tampoco quería que se convirtiera en un blog de deporte. Me encanta el deporte, pero también me encantan otras cosas. Entonces fui por ahí: historias, deporte, política y en Twitter. Y de repente empezó a crecer, crecer, crecer. En un momento entré en un espiral y me di cuenta que no tengo que parar.

—¿Te imaginabas esta masividad?

—La masividad no me la esperaba en absoluto. Cuando hice mi primer proyecto, Crónicas africanas, llegué a siete mil seguidores en Facebook, lo cual me parecía una enormidad, y estaba muy orgulloso, y lo sigo estando, pero ahora tengo sesenta mil; la diferencia es notoria. No me lo esperaba en absoluto. Si vos me conocías el 19 de enero en Ezeiza esperando a tomarme el avión no ponías un peso por mí. No es que ahora me considere ni famoso ni exitoso ni masivo, pero tampoco soy necio y sé que 60 mil seguidores es un número muy lindo y muy grande. Trato de seguir haciendo lo mismo, de no cambiar en absoluto por eso. Soy el mismo pibe normal de Parque Patricios, pero sé que ahora mis opiniones tienen un peso que antes no tenían, y no es fácil. Pero acá estamos, lidiando con eso; obviamente es un hermoso problema.

Sar Agha Sayyed, Irán
Sar Agha Sayyed, Irán

Peter Frankopan escribió que “el eje alrededor del cual giró el planeta durante milenios no fue Oriente ni Occidente, sino la zona geográfica entre uno y otro”. Se refería a la franja que va del Mar Mediterráneo al Himalaya. “Ese puente —asegura— es la propia intersección de la civilización (...) allí sigue latiendo el corazón del mundo”. Fernando Duclos tenía una obsesión parecida: sabía que en esa zona se jugaba una porción vital pero invisibilizada de la historia de la humanidad. ¿Y los prejuicios? Siempre están ahí, acechando, molestando. pero como todo prejuicio, siempre se rompe.

—¿Qué lugar fue el que más rompió con tus prejuicios?

—Dos. Afganistán e Irán. Pero Afganistán por el hecho de lo obvio: lo único que sabemos tiene que ver con guerras, con talibanes, con bombas, con sangre, con muertos, con destrucción, con ruinas. Y llegué a un país que, obviamente, yo no tengo una venda puesta, sé que no es un Paraíso, es peligroso, que es inseguro, que tiene muchísimos problemas, que está destruido después de cuarenta años de guerra, pero en el cual la vida se vive de igual forma que la vivimos en Buenos Aires. Uno se levanta a la mañana, desayuna, va al trabajo, va a la escuela, va al gimnasio, va a jugar al fútbol, va a estudiar a inglés, igual que en cualquier lado, y lamentablemente están sujetos a la realidad y puede caer una bomba en cualquier momento, pero no por eso uno deja de vivir. Gente terriblemente hospitalaria. Imaginate que en mi semana en Afganistán no gasté plata; la gente me invitaba a todo. Todos contentísimos de que haya turistas visitando el país. Gente muy buena que está sometida a una realidad triste. Pero ese prejuicio de que uno cuando llega a Afganistán tiene que venir con chaleco antibalas y que lo van a secuestrar apenas pisa el aeropuerto... no, mentira, completamente mentira.

Salta, Daguestán
Salta, Daguestán

—¿Un momento en que hayas sentido miedo?

—Miedo no sentí nunca. Sí me ha pasado de estar caminando solo a la noche por algún lugar que desconozco, en el medio del campo, y empezar a correr pero simplemente para llegar más rápido adonde tenía que llegar. ¿Miedo? Bueno, sí, hacer dedo y que me levante un tipo que iba a doscientos por hora tomando alcohol y medio que ya estás ahí, no podés bajar, y vas rezando a cada cuadra. Ese tipo de cosas. Pero miedo en el sentido de ‘me van a secuestrar, me va a pasar algo’, no. En Afganistán me estaba cuidando todo el tiempo, los primeros días no hablaba con nadie porque no quería que supieran que era turista. Yo iba con la ropa típica, además tengo una cara que me ayuda. Pero no era miedo, era más que nada precaución hasta entender cómo funciona el país.

—¿Cuál fue la primera alegría que te dio este viaje?

—El momento que crucé de Italia a Eslovenia fue el momento en que me empecé a sentir afuera de la ruta tradicional, porque obviamente ir a España, Portugal e Italia es muy lindo, muy confortable, muy cómodo, uno la pasa muy bien, pero no deja de ser algo relativamente conocida para los argentinos que tenemos la posibilidad de viajar. En el momento que crucé a Eslovenia fue como: wow, ahora empieza lo verdadero, lo que está ajeno al gran circuito turístico. A medida que más me iba alejando, ese sentimiento crecía. Por ejemplo el momento que aterricé en Kabul, Afganistán, sentí una excitación que pocas veces sentí en mi vida. Quería moverme, quería mirar todo lo que había a mi alrededor, estaba temblando pero de nervios, alegría, excitación. Era como: ¡wow, esto que estoy viendo es Kabul! Ese fue un momento de una grandísima alegría mezclada con nervios, con miedo, con todo.

Unos mates en Ushguli, el pueblo más alto de todo Europa
Unos mates en Ushguli, el pueblo más alto de todo Europa

“En todo momento extraño”, confiesa en uno de los últimos mensajes de audio que le envía a Infobae Cultura. No está sentimental, sino reflexivo. “Ahora, por ejemplo, estoy mucho más tiempo con el celular que cuando empecé, y eso se relaciona con quiero hablar con mis amigos y con mi familia. Antes dejaba el celular y por dos días ni lo veía. Ahora me gusta seguir las conversaciones”, agrega.

“Va cambiando un poco el objetivo de lo que extraño: a veces es la familia, a veces son los amigos, a veces es la comida, a veces el hecho de estar en Argentina, de poder hablar español. Te diría que en ningún momento extraño tantísimo como para decir: listo, me vuelvo”, concluye.

Mira por la ventanilla del micro y ve montañas. El paisaje es maravilloso. Mientras le habla al celular observa de reojo a los iraníes que viajan con él. Sólo unos pocos lo están mirando pero todos, absolutamente todos, lo están oyendo con atención. Su voz, su lenguaje, les llama la atención. ¿De qué lugar será este hombre que habla un idioma casi extraterrestre?

Cuando termine de hablar, Fernando Duclos, que acá, para nosotros, es Periodistán, volverá a mirar a los pasajeros y sonreirá con amabilidad. Alguien le preguntará de dónde es. “Argentino”. “¿Argentino?”, dirá uno intentando imitar el sonido de su voz. Él nombrará a Maradona y a Messi y conversará hasta llegar a destino donde, posiblemente, alguien lo invite a comer a su casa para iniciar una nueva historia —tal vez un nuevo hilo en Twitter—, una nueva experiencia en este extraño devenir de sucesos que llamamos vida.


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