
El estreno de Fernando O’Connor en Irlanda tiene también la condición de regreso y añade a su exposición Óleo y carbón la singularidad de un reencuentro postergado desde hace más de cien años, cuando su bisabuelo abandonó la Isla Esmeralda rumbo a la Argentina.
La excelencia y el compromiso de este maestro (Buenos Aires, 1966), uno de los imprescindibles en el panorama latinoamericano contemporáneo, y el trenzado argumental de la muestra –una indagación sugerente y rotunda sobre la identidad lírica de los grandes de las letras y la plástica europeas y americanas— obligan a hablar de un acontecimiento cultural sin precedentes.

Dublín, acaso la capital literaria por excelencia gracias a James Joyce y a Seamus Heaney, a Bernard Shaw y a Samuel Beckett, alberga estos días en la sede del Instituto Cervantes una veintena de retratos de artistas totémicos que van desde Diego Velázquez hasta Franz Kafka y desde R.B. Kitaj hasta Francis Bacon, en los que queda patente la pasión lectora de O’Connor. De esa lectura, que atesora tres décadas de reflexión sobre el acto de la creación y la condición humana, surge una obra singular en el panorama actual por su radicalidad y belleza.
La valiente hibridación de O’Connor entre escritura y pintura dibuja un mapa de tinta y sangre donde hoy conviven y perviven, fuera del tiempo y el espacio, quienes apostaron por la voz propia sobre los coros de la industria del entretenimiento; dicho de otro modo, sobre estos lienzos y papeles queda cifrada la mejor memoria de la cultura.

La capital irlandesa tiene una intensa actividad cultural y es frecuente ver a grandes personalidades de la política, la cultura y las artes en los actos que se suceden durante todo el año; menos habitual resulta que coincidan en una sola tarde figuras tan relevantes como quienes abarrotaron el estreno de O’Connor en la tierra de sus antepasados.
Desde Dermot Keogh hasta Laura Bernal, pasando por James McIntyre y Aidan Seery, Diego Sadofschi y Brian Lennon, todos los protagonistas de las intensas relaciones culturales entre Irlanda y Argentina se dieron cita a la sombra del mítico Trinity College –en cuyos predios se halla la sala de exposiciones de Lincoln House— marcando un antes y un después en el intercambio de ideas entre ambos países y entre Europa y las Américas.

La comisaria de la exposición, Natalia Zelaya, destacó lo que tiene de justicia poética que esta muestra se inaugure en el punto equidistante entre la casa donde nació Francis Bacon, en el 63 de Bagott Street, y su estudio ubicado hoy en la Hugh Lane Gallery: “Bacon es una referencia capital en la obra de Fernando y este viaje también es, de algún modo, un reencuentro que trasciende lo pictórico y se adentra en las raíces de la creación”.
La mirada cristalina de Carlos Alonso atravesando los ventanales del Instituto Cervantes llama a los dublineses a este universo en el que Lucien Freud, Balthus y Egon Schiele contemplan los guiños a Cortázar y a Melville, a Borges y a Yeats.

El negro y los grises se reparten con los colores un lenguaje que reúne por fin las dos orillas del largo silencio que Fernando O’Connor ha roto para siempre. Se diría que, aun sin estar, el propio Don Quijote cabalga entre estas telas y desnuda, para dicha del espectador, los sempiternos arquetipos y esplendores.
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