Los últimos días de junio y los primeros de julio de 1958 fueron extraordinarios para Brasil. Por un lado, por fin, la maldición había caído. El Maracanazo había sido exorcisado. Tal vez el más viejo y más intenso anhelo popular de su pueblo había sido alcanzado: Brasil, en Suecia, salía por primera vez en la historia campeón mundial de fútbol.

Y en su tierra, en Río de Janeiro, en esos mismos días se terminaba de grabar una canción icónica que fundaría un estilo inmortal: la Bossa Nova. Con la edición de Chega de Saudade, una nueva era comenzaba. En menos de 15 días Brasil daba a conocer al mundo a tres genios: Pelé, Garrincha y Joao Gilberto.

Chega de Saudade, su primera grabación, se convirtió en una de las grabaciones más influyentes de la historia. Su influjo se derramó hacia todas las generaciones posteriores de músicos brasileños y se extendió al mundo. Un éxito improbable pero magnético.

Joao Gilberto no tenía las condiciones para convertirse en una súper estrella. Era hosco, ermitaño, carecía del gen de la demagogia. No ansiaba figurar, no hacía concesiones, ni simulaba amabilidad. No seguía a nadie. Tan particular era su estilo, tan propio su universo, tan poco parecido a los demás, que el mundo sólo pudo caer rendido a sus pies.

Deesde que a los 9 años consiguió que le compraran su primera guitarra, supo que quería ganarse la vida con la música. Pero esos sueños infantiles no son tan sencillos de alcanzar. Estuvo años sin trabajo, buscando lugares para mostrar sus canciones. Sin embargo, nadie parecía estar interesado en este chico de buena voz y habilidad con la guitarra pero poco entusiasmo escénico, con canciones que se alejaban de lo que se escuchaba en ese momento.

Se pasaba las tardes en los pasillos de la radio bahiana más importante tratando de que le den una oportunidad o al menos que lo contrataran como actor para algunas de las muchas radionovelas que dominaban el dial a principios de los cincuenta. Cuando cumplió los 21 años pareció que encontraba el camino.

Desde Río lo llamaron para integrar un conjunto vocal que tenía un discreto éxito y un promisorio futuro: los Garotos Do Lua. Al unirse al grupo, pronto quedó claro que Joao Gilberto era el más dotado de ellos. Sin embargo, sus indisciplinas, enojos súbitos y exigencias desmedidas resintieron la relación con sus compañeros. Sólo duró un año y medio con ellos antes de ser expulsado.

En 1952 pudo grabar sus primeros temas. Un sencillo con dos canciones (Quando ela sai y Mera luz) en los que sólo cantaba, con una ausencia que vista a la distancia es fulgurante. En esas grabaciones Joao no tocaba la guitarra. No pasó nada con esas grabaciones. No tuvieron la menor repercusión.

Allí comenzaron cinco años en los que deambuló por distintas ciudades de Brasil, sin casa propia y sin trabajo. Él se quería imponer con su arte, no estaba dispuesto a realizar concesiones. No aceptó ninguna de las múltiples ofertas que sus amigos le hicieron llegar para tocar en clubes nocturnos y boites. No tocaría para nadie que no estuviera dispuesta a escucharlo. No soportaba que mientras él cantaba la gente conversara sobre su música, más preocupado por conquistar a su pareja ocasional que por la obra del cantante. Tampoco pasaba por su cabeza cantar jingles publicitarios ni canciones de moda. Vivió esos cinco años en casa de amigos (uno de ellos el pintor argentino Alfonso Laffita), solventado por algún mecenas, pero pasado el tiempo todos se cansaban de él. Lo que más les enojaba es que Joao no trabajara. Él pensaba que debía perfeccionar su música y que esa era una construcción lenta y paciente. No podía permitirse perder el tiempo en otras actividades. Pocas veces se vio a alguien tan tímido, tan retraído pero tan seguro de su talento. En esos años hasta pasó una temporada en un neuropsquiátrico y vivió algunas semanas al borde la indigencia.

En 1958 volvió a Río de Janeiro. Seguía buscando con denuedo una oportunidad mientras cincelaba secretamente su estilo. Allí se contactó con diversos músicos que quedaron deslumbrados con su manera de tocar la guitarra. Uno de ellos fue Tom Jobim, quien era ejecutivo y arreglador en el sello Odeon. Jobim lo recordaba de habérselo cruzado a principios de la década en algunos bares. Y siempre valoró su afinación y esa particular manera de tocar la guitarra. Pensó que sería una buena idea darle una oportunidad a este joven talentoso, que no obstante se veía algo perdido.

Jobim recordó que en un cajón tenía una canción que había compuesto con su amigo Vinicius de Moraes unos años antes. Joao Gilberto se apropió de Chega de Saudade y la transformó. Había algo en ese interpretación que no había sido escuchado antes. Pero en la discográfica no estaban tan convencidos y prefirieron que el tema fuera grabado por Elizete Cardoso en el disco Cancao do amor demais. Sólo permitieron que Joao tocara la guitarra en esa canción y en otra más.

Ese LP ostenta además otro galardón: es el primero en que todas las composiciones pertenecen al dúo Jobim-Vinicius. El mito sostiene que alguien escuchó esa guitarra y decidió que quien la tocaba debía grabar un disco propio. Pero la realidad no fue esa. El LP de Cardozo pasó sin pena ni gloria. A instancias de Jobim, Joao Gilberto logró grabar Chega de Saudade. La grabación debía durar, como todas las de artistas noveles y desconocidos, unas pocas horas.

Pero el perfeccionismo (casi enfermizo) de Joao Gilberto hizo su primera aparición para no irse más. Corregía a los músicos, les endilgaba errores, discutía con Jobim y hasta exigió cuatro músicos diferentes para la percusión. Hasta quiso modificar la letra. Le parecía pueril esa parte en la Vinicius había escrito: "Pero hay menos pececitos nadando en el mar/ que besitos te daré en la boca" (Pois há menos peixinhos a nadar no mar/ Do que os beijinhos que eu darei na sua boca). Estuvieron más de quince días para registrar dos temas.

Lo que pensaban muchos de los ejecutivos de la industria del resultado quedó resumido en una célebre anécdota. El jefe de la filial de San Pablo de Odeon, ante todos sus empleados, preguntó en voz alta: "¿Por qué nos mandan esta mierda desde Rio?", para luego romper el sencillo en cuatro partes. Una de las profecías más erradas del siglo XX.

Esa grabación se impuso pese a todo. Y permitió que surgiera un nuevo movimiento: la Bossa Nova. La guitarra de Joao dejaba atrás al samba. Esa guitarra fluía. Producía armonía y ritmo al mismo tiempo. Su marca registrada: la batida. Lo que todos quisieron emular después. Esa nueva manera de tocar provocó una revolución en manos de un líder discreto pero convencido.

Y luego estaba la voz. Cantaba bajito, como en un susurro, con una afinación perfecta. Su voz era un bisturí de máxima precisión. No había gritos ni imposturas, tampoco raros trucos ni malabares vocales. Esa discreción para cantar, esas murmuraciones melódicas, hicieron que antes de lanzar el disco un directivo de la discográfica preguntara: "¿Por qué ahora grabamos cantantes resfriados?". En sus canciones la guitarra va por un lado y la voz por el otro. Pero al mismo tiempo cuando se las escucha se tiene la sensación que letra y música son indisolubles, que nacieron juntas.

Joao Gilberto, ese bahiano algo loco que tenía 27 años se convirtió en un rápido fenómeno. Grabó tres discos producidos por Jobim quien en las notas de contratapa del primero, previsiblemente titulado Chega de Saudade, escribió: "Nuestra mayor preocupación fue que Joao no estuviese entorpecido por arreglos que le robaran su libertad, su natural agilidad, su manera personal e intransferible de ser. En suma, su espontaneidad". Jobim no se equivocaba. Lo que muestra la música de Joao Gilberto es libertad y personalidad. Una manera única de ser libre, de conjugar la tradición con su propio genio.

El siguiente éxito fue Desafinado, una canción que nació como una broma y terminó convertida en obra maestra. En poco tiempo todos en Brasil seguían (intentaban seguir) los pasos de Joao. La guitarra desplazaba de las grabaciones y de las presentaciones al acordeón.

En 1962 tocó en el Carnegie Hall junto a otros artistas de su país. Allí conoció a Stan Getz. Con el músico de jazz hizo una dupla que lo consagró mundialmente. El disco que grabaron en 1964 fue un éxito global y expandió la bossa nova hasta rincones impensados. Allí cantó Astrud Gilberto, la esposa de Joao en ese entonces, en su debut profesional. Su versión de Garota de Ipanema fue un hit inmediato.

Joao Gilberto, ya separado de Astrud y casado con la cantante Miucha (hermano de Chico Buarque), se instaló en Estados Unidos unos años. A principios de los ochenta grabó en México y retornó a Brasil para quedarse para siempre allí.

Las grabaciones se fueron espaciando. También las actuaciones. Se dice que sólo actuaba cuando necesitaba dinero. Se convirtió en un recluso. No salía de su departamento. No frecuentaba bares, restaurantes, cines. No iba a recitales ni conversaba con sus colegas quienes cada vez le profesaban mayor admiración. Caetano Veloso, adorador de Joao, alguna vez cantó pequeños fragmentos de clásicos brasileños y al terminar dijo: "Mejor que eso, el silencio. Mejor que el silencio, sólo Joao Gilberto".

Se convirtió en un eremita. Una rara mezcla entre Salinger y Howard Hughes. Las excentricidades dieron lugar a diversas leyendas. Alguien sostuvo que desde hacía décadas ni siquiera hablaba. Que cuando alguien lo llamaba por teléfono se comunicaba con un precario código morse y sus respuestas se limitaban a dar golpecitos en el auricular. Un golpe significa "Sí", dos golpes una negativa. Y esa era toda su conversación.

Cuando salía a la luz, cuando se dignaba a brindar algún recital, todo era despojado, austero y genial. Un cortinado, un taburete, Joao, su voz chiquita y su guitarra. No había saludos, ni presentaciones ni saludos ni diálogo con el público. Sólo sus canciones sin lugar para la simpatía, la demagogia o la condescendencia. En estas últimas décadas suspendió varios recitales por no estar conforme con las condiciones acústicas, el comportamiento del público (algún aplauso apurado, un grito estentóreo o algunas toses inoportunas) o por sus intangibles estados de ánimo.

(AFP/Archivos – ARI VERSIANI)
(AFP/Archivos – ARI VERSIANI)

En los últimos años se habló de problemas familiares y de dinero. Su hija, la cantante Bebel Gilberto inició acciones judiciales para tomar el control del manejo de sus finanzas.

A los 88 años, luego de una obra única, luego de revolucionar la música de Brasil y después de años de silencio murió Joao Gilberto. El de la batida, el de la voz bajita, el que seducía y deslumbraba con su guitarra y su canto. El que expandió por el mundo la bossa nova.

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