
Una mañana de 1943, una patrulla nazi capturó a Charlotte Salomon, alemana de religión judía, y la arrastró hasta el infierno de Auschwitz.
El mismo día, a la tarde, subió los tres escalones de una cámara de gas, desnuda, respiró el invisible y fatal Zyklon B, y veinte minutos después estaba muerta.
Tenía 26 años y estaba embarazada.

Seguramente fue un cuerpo más entre cientos, en una fosa común.
Nadie. Nada.
Pero, en secreto –desde el albor de la era nazi–, había pintado, escrito y compuesto en pentagrama la tragedia que un demente empezó en una cervecería en los años 20 y acabó en 1945 con ochenta millones de muertos.
En realidad, la muerte, para Charlotte, era el oscuro leit motiv de su sangre. Su bisabuela, su abuelo materno, su mujer y sus dos hijas –una, su madre; la otra, su tía– se suicidaron, y el final por propia mano no hubiera sido extraño en Charlotte.

Y otro pájaro negro recaló en su vida. Aunque mucho se discutió la veracidad de su confesión, Charlotte –en una larga carta– confesó que "asesiné a mi abuelo paterno dándole a comer una tortilla en la que eché morfina, opio y veronal, y lo dibujé mientras moría".
Es cierto. Uno de sus dibujos, en tinta, muestra a un hombre con arrugas, la cabeza hundida en el cuello de su bata de baño, los ojos cerrados, y la boca apenas como una hendidura en la maraña de la barba…
Es posible que fuera una venganza contra el abuelo por haberla violado: enigma sin resolver.

Pero muchos años después –en 2012–, cuando Charlotte no era más que olvido y cenizas…, revivió en arte. Desde 1939 hasta 1942, en secreto y acaso como terapia ante el espanto de la era nazi, pintó ¡más de mil trescientos cuadros!
Aquella niña que según su familia no era "muy dotada, no muy bonita, no muy enérgica, bastante indolente, sin autocontrol y muy egoísta", irrumpió en el siglo XXI, casi siete décadas después de su muerte, como un fenómeno. Porque esas pinturas son mucho más que colores sobre telas.
Charlotte, en opinión de críticos indiscutibles –por caso, Toni Bentley, que escribió en la revista The New Yorker: "Creó una nueva forma: una opereta visual con escenificación, música, personajes, comentarios políticos, que bajo el nombre ¿Vida o Teatro?, bien pueden considerarse como la primera novela gráfica. ¿Qué menos?: tiene 1229 acuarelas, 340 superposiciones transparentes de texto, y una narrativa que puede medirse en kilómetros… Es una obra de poder fascinante y ambición asombrosa. Puestas una al lado de la otra, las pinturas alcanzarían la longitud de tres cuadras de la ciudad de Nueva York. Charlotte sumergió su pincel en todos los géneros: expresionismo alemán, autobiografía, memorias, opereta, juego, misterio, asesinato".

¿Cómo semejante obra salió a la luz? Gracias a la madrastra de Charlotte, que en 1975 le mostró una parte al director de cine Franz Weisz… bajo promesa de silencio absoluto, hasta el redescubrimiento final.
Algunos de sus dibujos, en furiosos colores primarios –azul, amarillo, rojo– son estremecedores. E inmortales como acusación: por caso, su versión de la Kristallnatcht, la noche de los cristales rotos contra los locales de comercio judíos…
Charlotte nació en Berlín en 1917. Nada le faltó. Su padre era un brillante cirujano –uno de los creadores de la mamografía–, y profesor universitario. Pero instaurado el nazismo, esa familia cayó en una vorágine de suicidios, exilios, y profundos abismos.

Charlotte, en frágil equilibrio entre locura y cordura, por consejo de su médico se refugió en una pensión de la Costa Azul, pero no siguió el mandato familiar: el suicidio. Como desesperada terapia, y según su definición ("Siempre fue más fácil para las mujeres entrar desnudas a los museos que vestidas y con un pincel"), obsesiva sobre el caballete, decidió dar testimonio, acaso como la desdichada Ana Frank en su célebre diario…
El nazismo la mató. Pero su obra, en libros, videos, exposiciones constantes y traducciones en varios idiomas son, para siempre, memoria acusadora del horror.

Y más en estos días, cuando delirantes pero peligrosos brotes neonazis reptan por Europa ante una ceguera y una indiferencia que parecen no haber aprendido nada.
Ni siquiera la lección del huevo de la serpiente.
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