
Un fósil que permaneció 150 años en un museo británico ha permitido identificar una nueva especie de celacanto, considerado el “eslabón perdido” en la evolución de los peces fósiles vivientes. El hallazgo cubre un vacío de 50 millones de años en el registro evolutivo de esta familia, según el estudio de la revista Papers in Palaeontology.
El “eslabón perdido” hallado corresponde a Macropoma gombessae, una especie desconocida hasta ahora, identificada a partir de un fósil recolectado en 1885 y conservado en el Museo de Historia Natural de Londres. Esta nueva especie es crucial porque conecta las formas más antiguas de celacantos con las actuales, aclarando cómo evolucionaron los peces con aletas lobuladas que dieron origen a especies modernas.
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Los celacantos, conocidos como “fósiles vivientes”, han sobrevivido durante más de 400 millones de años y son célebres por mostrar pocas modificaciones desde la época de los dinosaurios. Actualmente, existen solo en aguas profundas próximas a África y el sudeste asiático. Su relevancia radica en haber formado parte de la transición evolutiva de los peces hacia los primeros vertebrados terrestres, según Papers in Palaeontology.
El hallazgo inesperado en el museo de Londres
La identificación de Macropoma gombessae fue posible gracias a Jack L. Norton, paleontólogo de la Universidad de Portsmouth y de la Universidad de Zúrich. Norton encontró el espécimen mientras revisaba colecciones históricas en el Museo de Historia Natural de Londres.
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El fósil estuvo almacenado desde finales del siglo XIX sin estudios profundos previos. “Es increíblemente emocionante que un espécimen tan importante haya estado a la vista durante más de un siglo”, expresó Norton.

La revisión científica, realizada en colaboración con Samuel Cooper y la curadora Emma Bernard, permitió confirmar que el ejemplar presentaba características anatómicas inéditas. Bernard destacó: “Este hallazgo demuestra el valor científico de las colecciones de museos”.
El análisis conjunto evidenció que el fósil, guardado durante generaciones, ahora aporta información crítica sobre los orígenes evolutivos de los celacantos.
Un eslabón perdido en la historia evolutiva de los celacantos
Con Macropoma gombessae, los científicos explican la evolución de los celacantos durante el Cretácico Inferior, un periodo comprendido entre 113 y 100 millones de años atrás. Hasta ahora, no existía ningún fósil claramente diagnosticado para ese intervalo dentro de la familia Latimeriidae, a la que pertenecen los celacantos actuales, lo que dejaba un vacío de decenas de millones de años en el registro fósil.
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De acuerdo con Papers in Palaeontology, el nuevo fósil fue hallado en la Formación Gault de Folkestone, en Kent (Reino Unido). Exhibe rasgos intermedios entre los primeros celacantos y las especies modernas, con variaciones en la estructura craneal y en el tamaño de los canales sensoriales.
El término “Gombessa” en el nombre científico proviene de la denominación tradicional que le dieron pescadores de las Islas Comoras y Madagascar al celacanto, significando “pez no comestible”, antes de reconocerse su valor para la ciencia.
El profesor David Martill, de la Universidad de Portsmouth, señaló: “Los celacantos son conocidos como ‘fósiles vivientes’, pero fases clave de su evolución seguían siendo misteriosas hasta ahora”.
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La posición de Macropoma gombessae en el árbol evolutivo refuerza la idea de que se trata del pariente más cercano conocido de los celacantos modernos, lo que confirma su papel como eslabón perdido entre formas extintas y las especies actuales.
Tecnología y valor de las colecciones históricas

Este avance científico fue logrado gracias a la tomografía computarizada, que permitió analizar la estructura interna del fósil sin dañarlo. Esta técnica hizo posible estudiar detalles inéditos del cráneo y de los huesos de Macropoma gombessae.
Norton resaltó la experiencia de manipular digitalmente el espécimen en tres dimensiones, y Bernard subrayó el potencial de futuras investigaciones impulsadas por la tecnología.
El caso ilustra la relevancia de revisar materiales históricos con métodos modernos. Martill destacó que la curiosidad de jóvenes científicos y el valor de las colecciones de museo siguen siendo fuentes de grandes descubrimientos sobre la evolución.
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El hallazgo demuestra que los depósitos de los museos aún guardan piezas clave que, al ser estudiadas con nuevas herramientas, pueden transformar nuestra visión de la historia evolutiva de la vida en la Tierra.
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