
El tiburón ballena parece salido de una leyenda marina. Puede medir lo mismo que un ómnibus y pesar hasta veinte toneladas, pero su historia está muy lejos del terror.
Un nuevo estudio publicado en Frontiers in Marine Science revela que la amenaza no proviene de este gigante, sino que la sufre en carne propia: casi ocho de cada diez tiburones ballena en Indonesia tienen cicatrices causadas por personas.
Durante trece años, un equipo de científicos reunió información en Bird’s Head Seascape, un área marina ubicada en el extremo noroeste de la isla de Nueva Guinea, dentro de la provincia de Papúa Occidental, Indonesia.
Esta región alberga una de las mayores poblaciones de tiburón ballena del planeta, que se congregan en aguas donde abundan plataformas llamadas "bagans".

Se trata de estructuras de madera y flotadores instaladas por los pescadores locales, que colocan grandes redes bajo estas plataformas. Por las noches, luces potentes atraen bancos de peces como anchoas y sardinas.
Cuando los peces se agrupan bajo el bagan, los pescadores levantan la red y los capturan. Los tiburones ballena, atraídos por la actividad y los restos de carnada, se acercan a estas plataformas y quedan expuestos a golpes y cortes con redes, sogas o las propias estructuras.
Hoy estos animales lucen cicatrices como evidencia de la convivencia forzada con la pesca y el turismo.
Así lo reveló una investigación que estuvo encabezada por Edy Setyawan, del Instituto Elasmobranch de Indonesia, junto a colegas de Australia y Nueva Zelanda.

Setyawan explicó: “Las cicatrices y lesiones más comunes aparecen por el contacto con bagans y barcos turísticos, y muy pocas veces por depredadores naturales”. El 80% de las heridas analizadas surgieron por interacción con estructuras o embarcaciones humanas, y no por otros animales.
Según los autores, “las zonas donde hay turismo y bagans concentran a los tiburones jóvenes, y allí se ven la mayoría de las lesiones”.
En la población observada predomina una mayoría de machos jóvenes, mientras que las hembras adultas son muy escasas. Esto sugiere que las hembras suelen permanecer más lejos de la costa, posiblemente en mar abierto, donde hay menos redes y menos actividad humana.

El análisis indica que el 76,9% de los tiburones estudiados presenta cicatrices o heridas, mientras que menos del 4% de esas marcas proviene de depredadores o hélices de embarcaciones.
La mayoría de las lesiones se debe a rozaduras, cortes y amputaciones por el contacto con redes, sogas y estructuras de los bagans. Erdmann destacó: “Estas poblaciones locales son un tesoro vivo y requieren protección directa, no solo leyes en papel”.
Las redes sociales y el turismo suelen mostrar imágenes de tiburones ballena nadando junto a personas, pero el mayor riesgo recae sobre los propios animales.
¿El tiburón ballena es peligroso?

El estudio es contundente: el tiburón ballena no representa un peligro para las personas. Esta especie gigante se alimenta de plancton y peces pequeños; filtra el agua por su enorme boca y nunca mostró agresividad hacia humanos.
No existen registros confiables de ataques intencionales. Por eso, científicos y guías lo apodan “el gigante gentil”. Setyawan lo resumió así: “El verdadero peligro lo corre el tiburón ballena en presencia de humanos, no al revés”.
Los tiburones que se acercan a embarcaciones y bagans suelen lucir cicatrices de por vida.
Las heridas por depredadores son poco frecuentes, y los choques con hélices solo suceden si el animal busca alimento cerca de botes en marcha.

Muchos tiburones con lesiones regresan cada año a la misma zona, una prueba de su resistencia que no los libera del peligro.
El turismo de avistaje y la ausencia de regulaciones agravan el problema. Erdmann remarcó: “Con pequeñas modificaciones en los bagans y normas para el turismo podríamos reducir mucho las lesiones”.
Aunque Indonesia prohíbe por ley capturar o lastimar tiburones ballena, los datos muestran que la protección real aún no es suficiente.
El objetivo de la investigación fue precisar cuántos tiburones hay en la región, comprobar sus movimientos y evaluar su salud. Los datos muestran que donde hay más redes y turismo, aumentan las cicatrices.
Así estudiaron a los tiburones ballena

El equipo utilizó la foto-identificación, ya que cada tiburón ballena tiene un patrón único de manchas y rayas, como una huella digital.
Durante más de una década, científicos, guardaparques y pescadores registraron fotos con fecha y ubicación precisa. Esto permitió reconocer a los mismos ejemplares y seguirlos a lo largo de los años. Cada registro aportó información sobre el tamaño del animal, el sexo, la presencia de heridas nuevas o viejas, el comportamiento, y la cercanía a las plataformas de pesca. Así crearon la base de datos más completa de tiburones ballena en la región.
El 97% de los avistamientos ocurrió junto a bagans, donde los animales buscan restos de carnada y se lesionan con redes y estructuras.
Gracias al aporte de la comunidad y los turistas, el proyecto reunió más de mil registros. Algunos tiburones fueron identificados muchas veces en años distintos. Las hembras adultas casi nunca aparecen cerca de la costa.
Resultados, límites y recomendaciones

El estudio identificó una población local estable compuesta especialmente por machos jóvenes. Las heridas más habituales son raspaduras, cortes y muescas en las aletas; en casos graves, se observaron amputaciones.
Esos resultados implican que habitar áreas protegidas no garantiza seguridad total para los tiburones.
Por eso, los investigadores consideraron que la protección exige control efectivo sobre las plataformas, adaptar los bagans y regular el turismo para prevenir daños.
El equipo propone eliminar bordes cortantes de las plataformas, limitar el acceso de embarcaciones y reforzar la vigilancia en zonas críticas.

Como muchas observaciones dependen del aporte de pescadores y turistas, algunos lugares o animales pueden no figurar en los registros. Los investigadores invitaron a fortalecer la observación y protección comunitarias.
El tiburón ballena es la mayor especie de pez viviente y está clasificado como especie en peligro en la Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
En los últimos 75 años, las poblaciones han disminuido más de un 50% en todo el mundo, y hasta un 63% en la región Indo-Pacífica.
Como tardan hasta 30 años en alcanzar la madurez sexual, las poblaciones sólo pueden recuperarse lentamente de las amenazas.
El futuro del tiburón ballena depende de reglas claras y del compromiso de todos. Los investigadores fueron contundentes: “Debemos ver al tiburón ballena como un valor a cuidar, nunca como una amenaza”.
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