
El Physarum polycephalum, conocido como “moho de muchas cabezas” o simplemente “blob”, ha capturado la atención de la comunidad científica por su capacidad para resolver problemas complejos sin poseer un cerebro o sistema nervioso.
Este organismo unicelular ha demostrado habilidades sorprendentes, como navegar laberintos, optimizar redes de transporte y tomar decisiones basadas en estímulos químicos. Estas características lo han convertido en un modelo de estudio para explorar nuevas formas de inteligencia y memoria en organismos simples.
De acuerdo con un artículo publicado en Nature, el Physarum polycephalum es un protista que, a pesar de su apariencia gelatinosa y su estructura unicelular, puede realizar cálculos analógicos.
Este organismo se mueve y crece en todas las direcciones simultáneamente, pero al encontrar una fuente de alimento, reorganiza su estructura, fortaleciendo las conexiones hacia los recursos y eliminando las ramas ineficientes.

Uno de los estudios más emblemáticos fue realizado en Japón en 2010, cuando los investigadores utilizaron a este moho para replicar la red ferroviaria del Gran Tokio.
Según el experimento, los científicos colocaron copos de avena, el alimento favorito del moho, en puntos que representaban las principales ciudades de la región.
En cuestión de horas, el organismo había creado una red eficiente que conectaba los puntos de avena, imitando sorprendentemente la estructura de transporte real.
Este hallazgo demostró que el moho puede diseñar sistemas de conexión optimizados, lo que ha llevado a su aplicación en el diseño de redes urbanas y rutas de evacuación.
Además, ha mostrado habilidades de memoria y anticipación. Según un estudio liderado por Chris Reid, de la Universidad de Sídney, el moho utiliza un rastro de baba que deja a su paso como una especie de “memoria espacial”.
Este rastro le permite evitar áreas previamente exploradas y concentrarse en nuevas regiones. En un experimento, los investigadores colocaron al moho en un laberinto con barreras y observaron cómo evitaba los callejones sin salida utilizando su rastro de baba como referencia.
Sin embargo, cuando el entorno estaba cubierto de baba preexistente, el moho se desorientaba, lo que confirma la importancia de este mecanismo en su navegación.
Otro aspecto fascinante es su capacidad para anticipar cambios ambientales. En un experimento realizado por Tetsu Saigusa y su equipo en la Universidad de Hokkaido, se sometió al moho a ciclos regulares de condiciones desfavorables, como baja humedad y temperatura.

Después de varias repeticiones, el organismo comenzó a ajustar su comportamiento, reduciendo su velocidad de movimiento en los momentos en que esperaba que las condiciones cambiaran, incluso cuando estas no se modificaban. Este comportamiento sugiere la existencia de un reloj interno rudimentario que le permite prever eventos futuros.
Por otro lado, Audrey Dussutour, de la Universidad Paul Sabatier en Francia, demostró que el moho puede elegir una dieta equilibrada cuando se le presenta una variedad de opciones.
En un experimento, se colocaron diferentes alimentos con proporciones variables de proteínas y carbohidratos alrededor del moho, y este consistentemente seleccionó aquellos con el balance nutricional más adecuado para su supervivencia.
Más allá de sus aplicaciones prácticas, el Physarum ha inspirado investigaciones en campos tan diversos como la astrofísica y la formulación de políticas. En un experimento, un equipo de científicos utilizó un algoritmo basado en el comportamiento del moho para mapear la red cósmica que conecta galaxias en el universo.
Este modelo, que simulaba el crecimiento del moho en tres dimensiones, produjo un mapa que coincidía en gran medida con los datos obtenidos por el Telescopio Espacial Hubble. Este hallazgo sugiere un paralelismo entre las redes biológicas creadas por el moho y las estructuras cósmicas formadas por la gravedad. Además, muestra lo inteligente que es este desconocido animal.
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