
En una pequeña, remota y aislada isla bañada por las gélidas aguas del Mar Báltico se encuentra una ubicación, hermética casi completamente al exterior, que guarda en su seno algunas de las peores pesadillas de la humanidad, virus. Se trata de la isla de Riems, sede del Instituto Friedrich Loeffler, en Alemania.
Hablamos de una institución, fundada hace ya más de un siglo, que depende en la actualidad del Ministerio Alemán de Comida, Agricultura y Protección del Consumidor y se dedica a investigar en condiciones de alta seguridad las enfermedades que afectan a los animales y que, en muchos casos, son transmisibles a los humanos por medio del fenómeno conocido como zoonosis.

La mega cárcel para virus
Se podría decir sin exagerar que las instalaciones de Riems cuentan con las últimas y más complejas medidas de seguridad y bioseguridad que existen en el mundo, diseñadas para impedir a toda costa que un brote infeccioso pueda salir de la isla. De hecho, hicieron que muchas personas hablen de las instalaciones como el ‘Alcatraz de los virus’.
El laboratorio de Riems está categorizado como lugar de riesgo de nivel 4, el máximo en Alemania. Incluso, como explica el propio instituto, las personas que allí trabajan están sujetas a estrictos protocolos en el manejo de los agentes infecciosos, el material empleado y en el diseño de los experimentos.
Además, deben cumplir con estrictos imperativos éticos tanto en el diseño como en la realización y en la publicación de los resultados de las investigaciones, evaluando a conciencia los posibles usos de sus descubrimientos, tanto beneficiosos como dañinos, y los riesgos que se derivan de los agentes patógenos con los que trabajan.

Alerta, prohibido pasar
La entrada a las distintas instalaciones está altamente restringida, y las personas autorizadas deben, además de darse duchas desinfectantes al entrar y salir de la isla, en cada caso emplear medidas de seguridad muy específicas a fin de evitar cualquier contagio o fuga accidental. La gran mayoría son confidenciales y los empleados/empleadores firman pilas y pilas de contratos de estricta confidencialidad y secreto profesional.
Todo el laboratorio se encuentra protegido por un alto muro coronado por alambre de púa, y la única entrada a la isla desde el continente es por una represa que puede cerrarse en el improbable caso de que se desatase un brote de cualquier naturaleza.

101 años de historia
La fundación del laboratorio de Riems se remonta a 1910, cuando el hombre cuyo nombre lleva el instituto necesitó encontrar un lugar lo suficientemente apartado, inaccesible y despoblado como para poder proseguir con seguridad con sus investigaciones sobre la fiebre aftosa.
Por aquel entonces, la enfermedad era una plaga que asolaba las granjas alemanas, afectando a vacas y cerdos. Loeffler, discípulo del célebre médico y microbiólogo Robert Koch, recibió el encargo por parte del gobierno prusiano de encontrar la causa y, con suerte, una cura para ella.
Originalmente, se instaló en la cercana población de Greifswald, pero una fuga accidental que extendió la epidemia a las granjas cercanas le obligó a paralizar la investigación y trasladarse a la solitaria isla de Riems.

Unos cuantos años más tarde, la historia del laboratorio toma un cariz más sieniestro. Rebautizado como ‘Reichsforschungsanstalt Insel Riems’ (Instituto de Investigación del Reich de la Isla de Riems), durante era nazi fue el escenario de atroces experimentos orientados al desarrollo de armas biológicas bajo la dirección de Erich Traub (subordinado de Heinrich Himmler, lider de las SS, y Kurt Blome, jefe del programa de guerra biológica del Reich) incluyendo algunos con la fiebre aftosa y con la peste bovina.
Poco después de la guerra, Traub fue evacuado a Estados Unidos, supuestamente como parte de la famosa Operación Paperclip (que tenía el objetivo de trasladar al país a un buen número de científicos nazis que habían trabajado en tecnologías puntas) y acabó participando en varios proyectos del Gobierno norteamericano.
La fundación de la República Democrática Alemana vio un cambio de rumbo, dedicándose al desarrollo de vacunas; un objetivo que, junto a otros, como la investigación o el desarrollo de medidas profilácticas, mantiene a día de hoy.

Miles de formas de vida
En Riems, además de los científicos que allí trabajan, habitan muchas otras formas de vida. Aparte de la flora y fauna naturales de la isla, la más obvia quizás son las cabezas de ganado que sirven como sujetos de los experimentos.
Vacas, cerdos, alpacas y cabras son algunos de estos animales, sobre los que sólo está permitido conducir esta clase de investigaciones en otros dos laboratorios del mundo.
Es importante señalar, no obstante, que el Instituto mantiene unos altos estándares de bienestar animal (de hecho, una buena parte de sus investigaciones se dirigen a este área), tratando de evitar a los animales toda forma de sufrimiento innecesario y únicamente usándolos en los experimentos cuando sea imprescindible para obtener información útil.
En recónditas cámaras del interior de los laboratorios, no obstante, se esconden los huéspedes más célebres de la isla de Reims, y son seres de un tamaño mucho menor. Son microbios como los responsables de la peste, el ántrax, la rabia, el ébola, la encefalopatía espongiforme bovina (‘vacas locas’) o, desde más recientemente, el COVID-19.
Fotos: Pixabay y FLI
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