
Kener Jafeth Zamora Álvarez se perdió la tarde del 21 de enero pasado mientras jugada en su comunidad, provocó durante 12 días una movilización ciudadana en su búsqueda, y este lunes fue hallado muerto.
Tenía 17 años. Era un muchacho dentro del espectro autista, con dificultad para hablar, dependiente de rutinas y cuidados. Salió a jugar frente a su casa en Las Trincheras, en la comarca Lechecuagos, en el occidental departamento de León. En cuestión de minutos ya no estaba.
Eran alrededor de las 5:30 de la tarde. La luz todavía caía sobre los patios y los caminos de tierra. Jugaba con un familiar menor cuando, según relataron los suyos, caminó sin rumbo conocido. Nadie escuchó un grito, nadie vio una carrera. “Yo sabía que él estaba jugando y de pronto ya no lo vimos más”, diría después su abuela, Alba Álvarez.
Kener no sabía leer con fluidez, tenía dificultades para comunicarse y podía desorientarse con facilidad. Además, necesitaba medicación. Su familia conocía esos riesgos. Por eso la búsqueda empezó esa misma tarde, primero entre vecinos, luego entre conocidos, después entre desconocidos que se fueron sumando al llamado.
La noticia corrió rápido por León. Un adolescente autista desaparecido toca fibras sensibles en cualquier comunidad. En redes sociales comenzaron a circular su fotografía y sus señas: pantalón azul oscuro, camiseta gris, chinelas tipo Crocs con forma de tiburón, una cicatriz en la rodilla derecha.

La familia pedía que si alguien lo veía se acercara con calma, sin gritos, con paciencia, para no asustarlo.
Los primeros días estuvieron marcados por la esperanza. Se pensaba que podía estar refugiado en alguna casa, que alguien lo habría auxiliado. Pero las horas pasaban. La Policía realizó algunas indagaciones iniciales. La familia reclamó más apoyo. “Él es un niño autista, no entiende, necesita medicación. Su medicamento le hace falta y sin eso puede convulsionar”, suplicó una de sus tías, que también se identificaba como su madre. Pedían refuerzos, técnica canina, apoyo de Managua, incluso del Ejército.
La búsqueda creció. Se organizaron brigadas con drones y recorridos terrestres en zonas rurales de Chacraseca. Vecinos caminaron bajo el sol. Otros salieron a caballo. Motociclistas rastrearon caminos durante la madrugada. Se recorrieron comunidades como Monterredondo, Los Pocitos, Rota, Miramar, Amatitán y La Ceiba.
A los pocos días apareció la primera pista. Una de las chinelas “con forma de tiburón” de Kener fue encontrada en una zona montosa de Chacraseca, a más de cinco kilómetros de su casa. Ese hallazgo confirmó que había caminado lejos. También reveló la dureza del terreno. Era una región seca, polvosa, con escasa sombra. Para la familia fue una señal de esperanza, para otros, un mal presagio.
Hubo además testimonios de que el adolescente fue visto en Puerta de Piedra, donde se acercó a una vivienda. Según contó la abuela, no reconocieron su condición y lo confundieron con un posible delincuente. Lo habrían expulsado. Esa escena, de ser exacta, muestra la fragilidad de alguien que no puede explicar quién es ni qué necesita.
Mientras tanto, también surgieron avisos falsos. Personas que creían verlo en distintos puntos. Llamadas que desviaban a los voluntarios. La familia pidió prudencia. Cada falsa alarma desgastaba recursos y emociones.

Los días se hicieron largos. En Lechecuagos, la historia de Kener empezó a sentirse como propia. La gente preguntaba por él en pulperías, en paradas de buses, en iglesias. Algunos llevaban agua a los brigadistas. Otros compartían publicaciones en redes. La desaparición dejó de ser solo un drama familiar y se volvió una preocupación colectiva.
La mañana del lunes 2 de febrero llegó la noticia que nadie quería. A las 11 de la mañana, un campesino que buscaba leña encontró un cuerpo en estado de descomposición en un camino montañoso, en el oriente de Chacraseca, con rumbo hacia La Paz Centro. Avisó a las autoridades. Horas después, la Policía llamó a la familia.
Les dijeron que habían encontrado un cuerpo con las características de Kener. La madre quiso reconocerlo. “Yo les dije que quería reconocerlo y me dijeron que no, que el cuerpo estaba malo y que ya lo habían levantado”, relató Ivannia Álvarez. La identificación se hizo a través de la ropa. Era la misma con la que salió a jugar aquel miércoles de enero.
La familia aún tenía una pregunta abierta: si hubo o no mano criminal. Por eso insistieron en la autopsia. El cuerpo fue llevado al Instituto de Medicina Legal en Managua.
El resultado, según confirmó la abuela a medios de comunicación, descartó señales de violencia. “No, supuestamente no, no sé la verdad, eso es lo que nos dijeron y eso es lo que digo”, expresó con voz entrecortada.
Versiones extraoficiales de fuentes forenses apuntaron a un cuadro de muerte por causas naturales asociadas a las condiciones extremas. Hambre, sed, cansancio e insolación. Se estimó que tenía unos cuatro días de fallecido al momento del hallazgo. Eso ubicaría su muerte hacia el jueves o viernes previos. Días enteros de deambular bajo el sol, sin agua suficiente, sin alimento, sin orientación.
La hipótesis es dura pero plausible. Un adolescente autista, desorientado, con limitaciones para pedir ayuda, caminando kilómetros en una zona que no conocía. Cada paso lo alejó más de su hogar. Cada hora reduciendo sus fuerzas. El cuerpo humano tiene límites claros frente a la deshidratación y el calor. Más aún en condiciones de vulnerabilidad.
Aun así, algunas dudas quedaron entre los suyos. La Policía indicó que el cuerpo fue hallado en una zona donde ya se había buscado antes. Ningún familiar estuvo presente en el lugar exacto del hallazgo. Eso alimentó incertidumbres. “Ya ni sé si lo llegaron a poner ahí”, dijo la abuela en medio de su dolor.
Durante su búsqueda, decenas de personas ofrecieron tiempo y esfuerzo. Bomberos Unificados, vecinos, amigos, desconocidos. Nicaragua vio en él a un muchacho vulnerable que podía ser hijo, hermano o nieto de cualquiera.
La ola de solidaridad tuvo incluso expresiones culturales. Un grupo musical compuso una canción dedicada a Kener que circuló en redes sociales. Era una forma de mantenerlo presente, de decir que su vida importaba.
El “Caso Kener” deja preguntas sociales. ¿Cómo se responde ante una persona con discapacidad que deambula sola? Sobre la capacidad de reacción institucional. Sobre la necesidad de mayor conciencia en comunidades rurales para reconocer y proteger a personas en condición de vulnerabilidad.
En Lechecuagos, la casa de Kener quedó en silencio. Su abuela, que se recuperaba de una cirugía oftalmológica, pasó de la angustia a la despedida. Su madre, migrante, cargó el peso de la distancia y la pérdida.

Durante doce días un país siguió la historia de un muchacho perdido entre caminos de tierra y sol inclemente. Doce días en los que la esperanza compitió con el miedo.
Kener Jafeth Zamora Álvarez fue un rostro compartido miles de veces. Un nombre repetido en oraciones y publicaciones. Un joven que, sin proponérselo, mostró la capacidad de solidaridad de la gente común y también las fragilidades del entorno.
Su historia termina en un camino polvoso entre León y La Paz Centro. Pero su recuerdo queda como advertencia y como herida. Porque a veces basta una tarde de juego para que la vida cambie de rumbo. Y porque hay pérdidas que duelen más cuando pudieron evitarse.
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