
La mayor tragedia aérea del Ecuador sucedió porque un avión no despegó. Lo que prometía ser un viaje seguro a La Habana, Cuba, se convirtió en una experiencia dolorosa para quienes abordaron el vuelo 389 del Cubana de Aviación.
El 29 de agosto de 1998, cerca del mediodía, el avión Túpolev Tu-154M, fabricado en la antigua Unión Soviética, se preparaba para despegar del antiguo aeropuerto Mariscal Sucre de Quito, que en esa época se encontraba en el centro norte de la ciudad. En el vuelo viajaban 91 personas. El plan de viaje indicaba que partirían de Quito hacia Guayaquil y luego a La Habana. El primer tramo apenas tomaría alrededor de 40 minutos.
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Al terminar el abordaje, los 77 pasajeros y los 14 miembros de la tripulación se disponían a abandonar la pista. Sin embargo, cuando los pilotos encendieron el avión se percataron de que los motores no respondían, había un bloqueo.
María Fernanda Crespo, que entonces tenía 16 años, estaba en el vuelo junto a su hermana y sus padres. En una conversación con Infobae, María Fernanda recordó que su papá estaba emocionado porque iban a viajar a Cuba cuando Fidel Castro ejercía todavía el poder y contó que, aunque ya habían abordado, el avión se retrasó cerca de una hora en empezar a moverse.
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Mientras esperaban el despegue, María Fernanda escuchaba un sonido similar a martillazos que venían desde la parte baja del avión. Su hermana estaba intranquilizándose y en la cabina ya se sentía mucho calor, por lo que María Fernanda preguntó a una azafata qué sucedía. La tripulante le dijo que esperaban que hayan condiciones para despegar porque para ellos “más importante es la seguridad que el confort”.
Lo que María Fernanda y su familia escuchaban era la inspección que el ingeniero del avión y dos mecánicos realizaban a la aeronave. Una válvula neumática se había atascado y eso impedía que vuelen. Sin embargo, luego de la inspección, el vuelo 389 tuvo autorización para volar, eran las 12h50.
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Doce minutos más tarde de recibir la autorización de vuelo, el avión estaba listo para despegar. En el Control de Tráfico Aéreo se escucha: “Vuelo 389, autorizado para despegar, pista 17, viento 160º a 8 nudos. Ascenso inicial a nivel 230″. Todo parecía marchar bien.
Según recoge el divulgador aeronáutico Pedro Carvalho en su cuenta de Twitter, cuando el avión había alcanzado la velocidad de rotación y empezaba a elevar el morro (la nariz del avión), los pilotos no lograron que la aeronave ascienda. Al percatarse de lo que sucedía el capitán al mando decide abortar el despegue, se activaron las reversas y aplicaron los frenos. Sin embargo, quedaban solo 800 metros de pista.
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María Fernanda contó a Infobae que ella se encontraba rezando –algo que acostumbra antes de cada vuelo– cuando el avión empezó a tomar velocidad. Luego, en la cabina todos los pasajeros sintieron que la nave frenó a raya: “El frenazo hizo que se abrieran las gavetas superiores y que empezaran a caer las maletas. Solo pude taparme la cara”.
Con el frenazo a raya, la tragedia había comenzado. El avión se rompió. La primera rotura al nivel de la fila cinco, la segunda entre la fila 12 y 13, donde María Fernanda y su familia estaban sentados.
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Apenas había pasado un minuto desde que empezó el despegue cuando el vuelo 389 atravesó la cerca del aeropuerto, cruzó la avenida y chocó con dos casas y un taller mecánico a más de 200 km/h. La aeronave en llamas se detuvo en medio de un campo de fútbol, donde jugaban varios niños.
“El asiento me protegió mucho”, dice María Fernanda al recordar que durante el accidente fue la primera vez que no sintió ninguna emoción: “No tenía miedo, nada”. Cuando volvió a percatarse, Crespo de 16 años, estaba en medio del campo de fútbol, sujetada aún su asiento. Había caído cerca de su hermana Andrea, que estaba inconsciente.
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En medio de la desesperación, María Fernanda llamó a su mamá: “Mami”. Su madre, que había caído a varios metros de distancia de ellas, logró encontrarlas entre el caos del accidente. Fue la madre de María Fernanda la que le quitó el cinturón de seguridad del asiento. “Solo me dijo que corra porque iba a explotar. Habíamos caído en el fuselaje que se quemaba”, relató. La madre de María Fernanda, al ver a su hija Andrea inconsciente, solo pensó en abrazarla y quedarse con ella para morir juntas. Sin embargo, Andrea despertó y le suplicó: “Mamita, sálvame”. Aunque la madre de María Fernanda cayó en un sitio sin fuego, se quemó el 50 % de su cuerpo al rescatar a sus dos hijas del avión en llamas. María Fernanda también sufrió quemaduras en el 23 % de su cuerpo y se fracturó un dedo.
Cuando María Fernanda se vio en medio del caos, logró divisar a su hermana Andrea, luego a su mamá, pero su padre, un hombre alto de 1,93m, no apareció: “Cuando no lo vi, supe que no estaba… Ese fue el dolor más grande que he sentido”, aseguró María Fernanda, quien recuerda a su padre como un “ser humano excepcional”.
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La tragedia aérea del vuelo 389 le cobró la vida a 70 de las 91 personas que abordaron el avión, incluidos los 14 miembros de la tripulación y el padre de María Fernanda. Otras 10 personas que estaban en tierra también murieron y cerca de 40 resultaron heridas.
María Fernanda, su madre y su hermana pasaron tres meses hospitalizadas hasta que pudieron volver a casa. Luego del doloroso evento, María Fernanda cuenta que en varias ocasiones tomaba alguna pastilla para dormir antes de tomar un avión, hasta que tuvo 22 años, seis años después del accidente, cuando viajó a Chile a visitar a una amiga: “Mi marido dice que estadísticamente no me puede pasar otro accidente de avión, dice que es más seguro volar conmigo y yo prefiero creer que es así”, dice con una sonrisa.
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Las investigaciones revelaron que la tripulación, seguramente apurada por el retraso, no cumplió con la lista de comprobación para el rodaje, por lo que olvidaron seleccionar los interruptores para las válvulas hidráulicas del sistema de control. Han pasado 24 años desde ese día.
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