
Hubo una extensa red de túneles bajo el vientre de la colina de El Panecillo en Quito. Hoy solamente están disponibles unas pocas entradas de limitada profundidad que alimentan los mitos urbanos y los cuentos en la cultura popular.
Hay muy pocas referencias bibliográficas sobre estos corredores subterráneos como “La ciudad inca de Quito” de Inés del Pino, publicada en 2002, y que afirma que “estos túneles se caracterizan por poseer una considerable extensión, muchas veces exagerada por la imaginación popular, de ahí que en las tradiciones locales de Quito se señale que el túnel del Panecillo conducía a una morada de oro en las entrañas de la colina”. Lo que afirma categóricamente del Pino, actualmente profesora de urbanismo en la Universidad Católica del Ecuador, es que estos pasadizos fueron usados como tumbas y escondrijos.
En kichwa se llama “Yavirac loma” que podría tratarse de una transliteración de la palabra compuesta por “yaw” que significa atención o “ñawi” que significa camino e “iñaka” que significa mantilla con que las mujeres cubren su cabeza en ceremonias rituales. En otras palabras, Yavirac podría provenir de “Yaw-iñaka”, o que alerta el pasaje al interior de la cabeza de una mujer sagrada. Pero ¿quién esa misteriosa mujer de la colina?
El Panecillo es una elevación de 3.000 metros sobre el nivel del mar, que es unos 200 metros más alto que la elevación promedio de Quito. Está ubicado en el corazón de la actual capital del Ecuador y se ha convertido en el mirador natural más importante de la ciudad, desde el cual se puede apreciar el trazado urbano desde el centro histórico hasta el extremo norte y extremo sur.
Desde 1975, El Panecillo está coronado por una gigantesca escultura de aluminio de la Virgen de Quito, diseñada por el escultor vizcaíno Agustín de la Herrán Matorras, basada en la obra del escultor ecuatoriano Bernardo de Legarda, uno de los más representativos exponentes de la Escuela Quiteña del siglo XVIII.
Con la llegada del ejercito castellano, durante el segundo tercio del siglo XVI, los conquistadores se sorprendieron con las cenizas de la que fuera la capital del Tahuantinsuyo después de que el Cápac Inca Atahualpa ascendiera al poder en 1532.
Los conquistadores notaron que esta montaña era un lugar estratégico en el valle del Pichincha, por lo que fundaron junto a esa colina la villa española de San Francisco de Quito y la denominaron coloquialmente como Panecillo por su parecido con el mollete, un pan típico de Andalucía en España, cuna del cordobés Sebastián de Benalcázar.
Los españoles construyeron una fortificación en lo alto de la colina, que era la sede de la guarnición militar quiteña de la Real Audiencia. La fortaleza permitía vigilar el norte y el sur, por lo que estaba provista de cañones. El lugar fue una conquista estratégica para el avance de las tropas grancolombianas en el siglo XIX.
Pero no fue hasta 1922, poco más de un siglo después de la independencia de Quito, que se descubrieron los que serían los vestigios de un complejo de corredores subterráneos construidos debajo de la fortificación realista, según Luciano Andrade Marín en su obra “Geografía e Historia de la ciudad de Quito”, publicada en 1966.
Según el sacerdote jesuita Juan de Velasco, historiador de Quito en el siglo XVIII, citado por Inés del Pino, en la cumbre de El Panecillo se levantaba “El Templo del Sol”, construido por los caras-shyris y reconstruido por el Inca Huayna Cápac, celebre como observatorio astronómico. Antonio de Alcedo, geógrafo e historiador español, también citada por del Pino, ya señala la existencia de túneles en el Panecillo, que son característicos de las edificaciones incaicas y que se han encontrado en el panecillo del Callo en Quito, en el complejo urbanístico de Pumapungo en Cuenca o incluso en Sacsahuamán o en Machu Picchu en el Cuzco. Estos túneles se llaman en el Perú como “chinkanas” que significa laberinto y que si se refiere a “chinkani” significaría perderse. Esa es la finalidad de un túnel laberintico, el extraviarse.
La existencia de corredores subterráneos, por debajo de las edificaciones incas es una constante en otras culturas indígenas. Por ejemplo, para los mayas, los túneles estaban conectados con fuentes de agua naturales llamadas cenotes, cuyos ductos eran considerados como una entrada al inframundo. De la misma forma que en la cultura inca, los túneles tenían una finalidad ritual y espiritual.

Incas, aymaras, guaraníes, mexicas o mayas, todos coincidieron en las tres dimensiones de la realidad: los cielos, la tierra y mundo subterráneo. Según esta cosmogonía, del inframundo genera y concluye la vida; es el lugar en donde fluyen la existencia y el fin de todo lo viviente. Lo más sorprendente es que esto coincide con distintas sociedades antiguas separadas por siglos de diferencias o miles de kilómetros de distancia. La Cueva de los Tallos en la Amazonía ecuatoriana dispone de sorprendentes galerías subterráneas, de la misma forma que en Machu Picchu, bajo las pirámides de Giza o bajo la pirámide de la luna en Teotihuacán.
La imaginación urbana cuenta que en el interior de la colina del Panecillo vive el espíritu de una generosa princesa que proporciona piezas de oro macizo a sus visitantes, en forma de ladrillos o de mazorcas. ¿Es acaso el espíritu de la diosa inca Pachamama? Con el sincretismo católico las creencias andinas fueron reinterpretadas y la diosa Pachamama se convirtió en la Virgen María. ¿Por qué justo sobre la colina dedicada a rituales andinos y surcada por caminos subterráneos que conducen al corazón de una misteriosa mujer espiritual se construyó una imagen de la Virgen de Quito? Nunca lo sabremos con certeza, solo nos quedan los pocos túneles abiertos en las entrañas del Panecillo como testigos mudos de un antiguo inframundo que todavía quiere hablarnos.
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