
Entrevisté a Pinky en febrero de 2006, en el mismo departamento de Palermo en el que moriría el 8 de diciembre de 2022, a los 87 años. Aquella vez quedé impresionado por su elegancia atemporal y su carácter férreo: una dama de hierro.
La idea original del reportaje era hablar de televisión; terminamos charlando de política. Repasamos el hito de haber protagonizado una emisión fundacional de la pantalla chica: el primer rostro que los argentinos vieron a todo color en sus televisores fue el suyo. Aquella vez, mayo de 1980, Pinky lució un vestido oscuro que los productores le pidieron, le rogaron, le exigieron cambiar. Sería en vano. “Voy de negro porque el color soy yo”, les aclaró. Nadie se animó a contradecirla. Las verdades se aceptan, no se discuten.
Reparamos en ese sinsabor que fueron Las 24 horas por Malvinas, el ciclo maratónico que condujo con Jorge Fontana, destinado a recaudar fondos para los chicos de la guerra. Por Cacho tenía adoración: lo decía, lo resaltaba. Y entre una cosa y otra, una vivencia profesional, una anécdota personal, Mirtha, Tinelli, Susana y la eventual figura del momento, mencionó con amor a sus dos hijos. Y con cariño a Raúl Lavié.
Sobre el final de un encuentro de casi dos horas le hice una única pregunta sobre política, aun cuando no era lo pactado. Comprendí que Pinky la estaba esperando. Se ató el pelo, modificó la voz: a partir de allí, sonaría más severa.
Desplegó un mapa enorme de La Matanza en el piso de ese living ocre, recargado de obras de arte, libros, cuadros e historias personales. Se paró encima. Enfocó la luz de un velador cercano sobre el plano; su figura quedó en la penumbra. Verborrágica, me fue explicando -marcando zonas y también señalando manzanas específicas- qué hubiera hecho como la intendenta que fue por apenas un ratito. Había ocurrido en 1999. Todavía le dolía.
Al concluir me acompañó hasta la entrada del edificio. Yo la seguía por un largo pasillo cuando le dije lo único que deseaba que me escuchara. “Mi mamá siempre cuenta que la encontró a usted por casualidad, en Mar del Plata, hace muchos años. Y repite siempre lo mismo: ‘Estaba en la playa, a pleno sol del mediodía y sin una gota de maquillaje: ¡es la mujer más hermosa que vi en toda mi vida!’”.

Pinky se detuvo un instante. Dio media vuelta y me miró como hasta entonces no lo había hecho. Detrás de su coraza percibí la nostalgia. “Decile a tu mamá que... que muchas gracias -sonrió, sonrojada-. Y decile que le mando un beso grande”. Abrió la puerta de entrada. Me saludó con estudiada cortesía. Yo me perdí en la ciudad y ella, en sus recuerdos.
Pocos días después cumplí con el recado, haciendo llegar el saludo. Fue mi vieja la que entonces sonrió, antes de regalarme la misma mirada. Recién ahí comprendí que entre esas dos mujeres había tanto en común. El nombre, desde el vamos: ambas se llamaban Lidia. Una, Satragno; la otra, Paz. También el origen: habían crecido en San Justo, con un par de décadas de diferencia. Y además estaba la templanza: dos personalidades forjadas por experiencias disímiles, antagónicas, pero similares en sus huellas, en sus surcos. Y la elegancia, esa clase que distrae al tiempo, que lo confunde, lo desorienta. Que hasta lo invalida.
Aunque... eso sí: en la belleza no. No, no. En eso, no. Porque la mujer más hermosa que yo vi en mi vida es mi mamá. Es mi Lidia. Perdón por el atrevimiento, Pinky; no puedo mentirte. Y esta vez, el que te pide un saludo soy yo: ¿le mandás un beso grande de mi parte? Seguro que ahora se cruzarán.

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