
El próximo domingo 1° de marzo, a las 21, el presidente Javier Milei volverá a pararse frente a los 257 diputados, los 72 senadores y la vicepresidenta Victoria Villarruel para inaugurar el período ordinario de sesiones. Será su tercera apertura. La escena es conocida: cadena nacional, recinto colmado, liturgia libertaria. Pero el contexto es inédito.
Si esta semana no ocurre ningún cataclismo político ni un imprevisto de último momento, Milei llegará al recinto después de haber cumplido los tres objetivos que se había trazado para las sesiones extraordinarias de diciembre y febrero. Consiguió la aprobación del Presupuesto, algo que la Argentina no lograba desde hacía dos años fiscales, y entre jueves y viernes el Gobierno se encamina a sancionar la baja de la edad de imputabilidad —nuevo régimen penal juvenil— y la reforma laboral. Dos reformas que durante años fueron anatema para el peronismo y que hoy avanzan bajo un Gobierno no peronista.
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Ese dato explica el clima que atraviesa la Casa Rosada: Milei llegará, si no hay contratiempos, victorioso. Pero no se trata solo de entusiasmo. Se trata de poder.
La nueva hegemonía, que se consolidó en los últimos meses, no descansa en una mayoría automática. Tiene 95 diputados propios y 21 senadores propios. Ese es el piso. Pero alrededor de ese núcleo se consolidó un anillo de aliados que, en los momentos decisivos, acompañó todas las leyes impulsadas por el oficialismo. Los gobernadores Gustavo Sáenz (Salta), Raúl Jalil (Catamarca), Osvaldo Jaldo (Tucumán) y el misionero Hugo Passalacqua —vicario político del caudillo Carlos Rovira—, junto con los bloques del PRO y sectores clave de la UCR, dieron pruebas decisivas de adhesión y solidaridad parlamentaria.
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Si bien Milei todavía necesita 34 diputados y 16 senadores para alcanzar mayoría propia, lo relevante es que el peronismo duro -sobre todo el identificado como kirchnerista- ya dejó de tener poder de veto. La aritmética sigue siendo exigente, pero la correlación política cambió de manera dramática.
El Congreso que escuchará el discurso -que ya empezó a borronearse- no es el mismo que hace un año. En las filas de La Libertad Avanza la disciplina es hoy un dato tangible. El oficialismo logró condensar conducción interna después de desmalezar disidencias, rebeldías y libres pensadores que habían llegado -como todo en el ecosistema libertario- de manera aluvional.
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El kirchnerismo supo gobernar las lealtades parlamentarias mediante látigo y chequera; La Libertad Avanza lo hace con látigo, pero sin chequera. Gestiona con una administración homeopática de recursos nacionales. No hay premios exuberantes; hay agenda y presión.
Del otro lado, el peronismo transita un proceso de desorientación y desconcierto. En el Senado, el bloque quedó reducido a 28 miembros y podría caer a 25 con la ruptura inminente de parte de Convicción Federal. La jujeña Carolina Moisés podría arrastrar a otros dos senadores que ya fueron acusados de “traición” por haber acompañado iniciativas de la Casa Rosada. El presidente del bloque, el formoseño José Mayans, dejó una frase brutal en una comisión, que expone de manera cabal el paisaje entero: “Acá hacen lo que se les canta las pelotas”. No fue una provocación. Hablaba de los senadores del Gobierno, pero podría caberle perfectamente a los de sus filas.
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En Diputados, el deterioro adquirió ribetes grotescos. Florencia Carignano desenchufó cables en plena sesión de la reforma laboral. Horacio Pietragalla llevó cadenas al estrado donde Martín Menem presidía el debate, en un operativo de demolición que fracasó por la resistencia de Luis Petri a dejarse correr de la conducción del cuerpo, y la sagacidad parlamentaria de Silvana Giudici.
Esos antecedentes explican la inquietud que atraviesa despachos del Ejecutivo y del Congreso ante la apertura del domingo. “Seguro que la van a querer pudrir. No esperamos nada bueno de los kukas”, desliza, sin eufemismos, un operador oficialista. La pregunta circula en los pasillos: ¿Qué se traerán entre manos los creativos del kirchnerismo para la noche del 1° de marzo?
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Sin embargo, el margen de maniobra opositor parece acotado. El paro general del viernes pasado no logró consolidar una dinámica sostenida de conflictividad. En el Gobierno nadie cree que la CGT pueda arrastrar nuevamente a todos los gremios a una medida de igual magnitud en el corto plazo. Tampoco imaginan que Roberto Fernández, el jefe de la UTA, vuelva a paralizar los colectivos. Los tambores de guerra suenan, pero se escuchan poco.
En el edificio histórico de la calle Azopardo se podrían excusar en la estrategia de la judicialización para disimular la incapacidad de hacer una contundente demostración de fuerza, cuando las manos se levanten para convertir en ley la reforma laboral.
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Según pudo confirmar Infobae, el Presidente prepara un discurso que promete una dosis recargada de reformas. Este medio anticipó que Milei pidió al menos diez propuestas a cada ministerio y a la Jefatura de Gabinete. Son insumos para la narrativa que pronunciará desde la tarima.
No piensa hablarle solamente al Congreso; piensa hablarle a la sociedad. La narrativa de la “batalla cultural” volverá a ser el eje. Javier y Karina Milei quieren cumplir la promesa formulada desde la campaña: convertir este período en “el Congreso más reformista de la historia”. Sergio “Tronco” Figliuolo contó que Karina le agradeció con esa referencia cuando aceptó ser candidato. Es la vigencia plena del TMAP —Todo Marcha Acorde Al Plan— de Santiago Caputo. El apetito reformista estaba presente en el diseño mismo de las listas.
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El peronismo y FATE como síndrome
Mientras La Libertad Avanza se consolida como centro de gravedad de la política, el peronismo se desordena y enfrenta el riesgo de consolidar una federación de partidos provinciales, sin una conducción nacional, que unifique posiciones y establezca estrategia comunes.
El cierre de FATE, la fábrica de neumáticos de Javier Madanes Quintanilla, concentra -como un Aleph borgeano- la forma y el fondo del modelo que Milei impulsa en la economía y la política.
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Su idea la planteó el 24 de septiembre de 2024, durante la celebración del Día de la Industria. Revisitar esas definiciones sirven en este contexto de dispersión opositora, después de un año de asedio y resistencia parlamentaria:
“Con el aumento en competitividad que traerán las reformas profundas que estamos emprendiendo va a haber un boom industrial genuino, que todavía no podemos ni siquiera imaginar. ¿Esto quiere decir que todos van a ganar? No, porque eso sería mentir (…) cuando aparecen estos procesos, algunos progresan, otros se adaptan y algunos también quedan en el camino. Aquí tenemos que ser sinceros, somos pocos y nos conocemos bien. Muchos han disfrutado por demasiado tiempo del beneplácito que el conjunto de los argentinos les dio en subsidios, exenciones y aranceles a la competencia. Tuvieron décadas de cazar en el zoológico, amparados en el cuento de preparar su matriz productiva y modelo de negocios para poder competir en su propia ley”.
No fue una metáfora al pasar. Fue un programa. La destrucción creativa no era un concepto académico sino una advertencia económica y a la vez política. El fin de un modelo implica costos, reconversiones y también desplazamientos.
La pregunta que sobrevuela el recinto es si el peronismo no está atravesando su propia versión de ese proceso. Sin haber colgado todavía el cartel de cierre, exhibe síntomas de desgaste estructural: minoría inédita en el Senado, escenas grotescas en Diputados, descoordinación e incapacidad de bloquear reformas que durante años consideró intocables.
El domingo próximo, cuando Milei hable ante el Congreso, no estará simplemente inaugurando un período legislativo. Estará consolidando una hegemonía que no se mide solo en bancas, sino en capacidad de imponer agenda, ritmo y marco conceptual. La hegemonía no se proclama. Y bajo las luces del recinto, Milei podrá mostrar que ya la ejerce.
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