El Big Ben es una de las estructuras más emblemáticas de Londres y del mundo. Inaugurado en 1859, su torre con el reloj de cuatro caras más grande del planeta se ha convertido en un símbolo de la capital británica. Su diseño gótico victoriano y el sonido característico de su campana lo han hecho un ícono reconocido a nivel global. Ahora, una réplica de este monumento sorprende a los visitantes en Perú, ubicada en un castillo con historia propia.
En el Castillo de Chancay, en la costa central del país, se encuentra una imponente versión del Big Ben, que no solo es una atracción visual, sino que también funciona como ascensor. Esta estructura lleva a los turistas a distintos niveles del complejo, que ha pasado de ser una edificación deteriorada a un destino turístico de gran popularidad.
Un legado arquitectónico que desafió el tiempo
El castillo que alberga esta réplica no es un edificio cualquiera. Su historia se remonta a la década de 1920, cuando una mujer con una formación académica multidisciplinaria decidió levantar una estructura monumental frente al mar. Consuelo Amat y León, arquitecta, matemática, poeta y abogada, concibió la edificación como un homenaje a su esposo fallecido.

Durante una década, dirigió personalmente la obra, supervisaba cada detalle para dar forma a un complejo con 250 habitaciones distribuidas en cuatro niveles. Su visión trascendió el tiempo, pero el abandono y la falta de mantenimiento hicieron que, en las siguientes décadas, la construcción quedara en ruinas, con un futuro incierto.
A pesar de los obstáculos, el diseño original del castillo reflejaba un estilo europeo combinado con toques de arquitectura local, lo que lo convirtió en una joya única. Las murallas, los arcos y las torres evocaban construcciones medievales, y su ubicación privilegiada con vista al mar le otorgaba un aire de grandeza inigualable. Sin embargo, su deterioro avanzó rápidamente tras el fallecimiento de su fundadora, y con el paso del tiempo, el castillo quedó prácticamente deshabitado y en riesgo de colapso.
Décadas de abandono y una reconstrucción desafiante
A lo largo de los años, la estructura se deterioró hasta parecer condenada al olvido. Sin embargo, en los años 90, cuando el país atravesaba una grave crisis económica y social, un miembro de la familia decidió asumir la misión de rescatar el legado.

Juan Wilson Barreto Boggio, economista y nieto de la fundadora, enfrentó el reto de restaurar el castillo en un contexto complejo. La situación política del país, marcada por la violencia, representó un obstáculo adicional, pero no impidió que se iniciara el proceso de recuperación, basado en los planos originales de su abuela.
El proceso de reconstrucción demandó grandes inversiones económicas y un esfuerzo logístico considerable. Durante los primeros años, los trabajos avanzaron lentamente debido a la falta de recursos y la dificultad para conseguir materiales que respetaran la estética original del castillo. Sin embargo, con el tiempo y el compromiso de sus impulsores, la restauración tomó un nuevo impulso, atrayendo la atención de empresas y entidades dispuestas a colaborar con el proyecto.
El ascenso de un destino turístico de renombre
El proyecto de restauración avanzó con dificultades, y en sus primeras etapas el castillo apenas contaba con unos pocos empleados. Sin embargo, el esfuerzo constante permitió que la infraestructura se expandiera y que nuevos atractivos se sumaran al recorrido.
Hoy en día, el castillo es un punto de referencia para el turismo nacional e internacional. Millones de personas han visitado el lugar, muchas sin conocer el largo proceso que permitió su resurgimiento. Entre los elementos más llamativos se encuentra la torre que emula al Big Ben, una estructura que combina historia y modernidad al integrar un elevador funcional.

La incorporación del ascensor en la torre permitió a los visitantes acceder con facilidad a diferentes áreas del castillo, desde la explanada principal hasta las zonas de recreación y los restaurantes ubicados en los niveles inferiores. Esta adición no solo optimizó la experiencia turística, sino que también contribuyó a consolidar el castillo como un atractivo familiar accesible para personas de todas las edades.
Además del Big Ben peruano, el castillo ha ampliado su oferta con espacios temáticos, espectáculos en vivo y exhibiciones sobre la historia a su fundadora y la evolución del complejo. Estos elementos han enriquecido la propuesta cultural y han permitido que los visitantes se sumerjan en la historia de un legado que estuvo a punto de desaparecer.
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