En Francia medio millón de manifestantes atacó ayuntamientos y comercios por el recorte del poder adquisitivo y las malas condiciones de las escuelas. La ráfaga de agitación, disturbios y saqueos causó daños en todo el país; luego se extendió a la vecina Milán, en Italia. En Portugal y España también hubo lo suyo. En Albania fue muy violenta. Alemania debió reprimir fuertemente hace pocos días. Las manifestaciones en Países Bajos y Bélgica ya fueron noticia. En Francia predomina la sensación de que existe una grave crisis fiscal y social, con intentos de aprobar un presupuesto de mayor austeridad mientras simultáneamente se pretende aumentar los gastos de defensa, para una teórica guerra contra Rusia. Los jóvenes se rebelan contra la falta de financiación en las escuelas. Se le han sumado los sindicatos, agricultores y otros por el aumento del costo de vida y el alza de los precios del combustible, que se han disparado, en parte, debido a la guerra con Irán y al sabotaje del gasoducto NordStream II que proveía gas barato a Europa, lo que aumenta todos los costos y vuelve poco competitiva la producción europea. Revival de los “chalecos amarillos” sumados al mayo del 68.
Los termómetros de la democracia muestran una fiebre persistente, síntoma de causas profundas. A fines de 2025 el mundo contaba con 92 autocracias frente a 87 democracias; el 74% de la humanidad (6.000 millones) vive ahora bajo un régimen de algún modo autoritario y sólo el 7% en una democracia pura. Puede interpretarse como un retroceso de las libertades o como un fracaso de la democracia liberal, sostenida por una élite intelectual que ha perdido el contacto con los pobres, los trabajadores y los jóvenes, y que se fue transformando en una “democracia electoral” cuyos modos de manipulación no son demasiado democráticos; casi un camino de “autocratización” de baja intensidad. Celebrar elecciones libres no es sinónimo de democracia. Las grietas y las polarizaciones juegan ese juego interminable, que deteriora el ambiente democrático, profundiza la brecha con las élites, el debate público se fragmenta por los algoritmos de las redes sociales, la sucesión de crisis obliga a gobernar de forma reactiva y las frustraciones se acumulan.
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Detrás de la ola de desgaste democrático están los ingenieros del caos, alentados por las corporaciones tecno-financieras que alientan un ultra-liberalismo del “vale todo”, propagando la idea de que la democracia ya no es un sistema viable y que mejor sería contar con gobiernos manejados por una tecnocracia gubernamental, sobre la base de los datos masivos (big data) y los algoritmos apropiados (Peter Thiel dixit). En épocas eleccionarias también son visibles acciones de guerra cognitiva, llevadas a cabo por influencers en redes sociales, por parte de Rusia y Estados Unidos para apoyar a sus respectivos aliados dentro de la UE.
Sin embargo, nada está decidido. Los jóvenes no están aceptando tener por delante un futuro con escasas perspectivas de progreso, muy incierto y nuevamente están rebelándose, pese al control social ejercido por la sofisticada arquitectura de las plataformas, algoritmos, fondos financieros, think tanks, consultoras, redes de desinformación, judicialización, lawfare, manipulación cognitiva y disciplinamiento monetario. Los partidos tradicionales post Segunda Guerra Mundial han fracasado y casi han desaparecido. Los liderazgos son muy pobres y los que más se sostienen, aunque desgastados y repudiados por el pueblo, son los ligados a las corporaciones financieras, como es el caso de Friedrich Merz, durante muchos años directivo de BlackRock en Alemania. Una civilización culta y política fue transformada en 30 años en un club de grandes negocios financieros.
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Una vulnerabilidad de Europa es su deuda pública. Siete economías tienen deudas superiores a su PIB anual, algo que nunca ha sucedido en combinación con tasas de interés tan altas. Canadá, Francia, Italia, Japón, España, el Reino Unido y Estados Unidos tienen una deuda equivalente a más del 100 por ciento de su PIB. Estados Unidos quiere resolver su problema imponiéndole a Europa mayores gastos de defensa, que significa mayor endeudamiento. Mayor deuda pública implica mayores pagos de intereses anuales que salen del presupuesto nacional en detrimento de los gastos sociales. Las empresas también se endeudan para seguir la competencia en la inteligencia artificial. El crédito se va volviendo cada vez más caro. A este combo hay que agregarle la inflación, derivada del aumento de combustibles. En EEUU, los rendimientos de los bonos del Tesoro a 30 años están cerca del 5 % anual. Los aranceles recíprocos reducirán el crecimiento global, lo que complica las crisis fiscales.
El mayor malestar popular está generado por el derrumbe del famoso “Estado de Bienestar”. La insatisfacción se incrementa porque los sectores con mayor riqueza acumulada se han beneficiado de una disminución de sus impuestos, para tratar que no “se escapen” sus inversiones. La realidad muestra que hay que pagar grandes sumas al sistema financiero por las enormes deudas públicas; hay inflación global y el costo de vida se encarece; la producción exportable se vuelve menos competitiva; las importaciones producen cierres de fábricas y hay menos empleos de calidad; se impone un mayor gasto en Defensa para alimentar a la OTAN (presionado por Estados Unidos); la población disminuye por baja natalidad y se aconseja la inmigración de mano de obra barata; la sociedad se vuelve crecientemente multicultural y eso alienta los conflictos interétnicos o interreligiosos; las jubilaciones y la salud deben seguir pagándose. Todo esto se refleja en el presupuesto nacional, que es la expresión material de la ideología del sistema, porque los ingresos no crecen (pudiendo recaudarse más); los egresos se transfieren hacia los sectores de mayor poder, y los más débiles, que son la mayoría, pierden. Por eso todos protestan. No hay soluciones fáciles; la crisis se vuelve permanente y cada tanto, incontrolable.
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Un poco de historia para comprender cómo se llegó a la actual situación. En Occidente el capitalismo financiero fue desplazando al capitalismo industrial. Son muchas sus diferencias. En el capitalismo industrial, la reproducción biológica integraba el engranaje productivo. La infraestructura giraba alrededor de la población, que genera la fuerza de trabajo y el consumo, garantizando así el crecimiento económico y cierta distribución. La familia era su base y la natalidad era un asunto de Estado. La escuela generaba conocimiento. El Estado garantizaba ordenamiento social. La integración era parte de sus fundamentos. El progreso continuo era el objetivo ideológico.
El capitalismo financiero contemporáneo (financiarización, automatización, robotización y digitalización) tiende a mercantilizar toda la actividad humana, dejándola así sin sentido trascendente, y sin esperanza. No prioriza el progreso social, ni siquiera la explotación directa del trabajo; sólo se interesa en administrar la crisis permanente que produce y en evitar que los excluidos de la actual sociedad rompan el sistema. El ser humano deja de ser el fundamento del cambio, su fuerza productiva pasa a segundo plano; no interesa demasiado integrarlo socialmente; se trata de administrar su exclusión. Este desarrollo no armónico destruye las identidades nacionales, produciendo sociedades estresadas, fraccionadas en múltiples grupos de intereses que se expresan cultural y socialmente en una baja natalidad, con el argumento de que el destino es demasiado incierto.
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El capitalismo financiero, que avanza descontroladamente, rechaza cualquier tipo de responsabilidades sociales (por eso quiere pagar mínimos impuestos) y maneja su poder para que la política, de derecha, de centro o de izquierda, administre eternamente la crisis. Su ideal es la libertad absoluta de movimientos globales de capitales financieros. Para ello necesitan políticos que les faciliten la tarea. Ya no necesita reproducir cuerpos, sino datos, flujos y algoritmos. Desde su lógica, explican que no es posible sostener una expansión material infinita, sustentando así, ideológicamente, la constante precarización del trabajador, que a la larga se quiebra: queda a la intemperie, deja de habitar un mundo con sentido, apenas sobrevive en un escenario de recursos limitados. La esperanza se transforma en resignación. Los marginados sociales adquieren centralidad, lamentablemente, en ciclos crecientemente regresivos, dentro de la nueva civilización nihilista. Por eso muchos jóvenes, que visualizan su complejo futuro, se rebelan. Porque los pueblos no se suicidan. Siempre habrá esperanza, transitando el camino del diálogo para entender, concientizar para organizar, educar para construir y unir para crear más comunidad.
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