
En una fábula de Esopo (siglo VI a.C.), un cordero bebe agua en la parte baja de un arroyo. Más arriba, un lobo que lo observa, decide devorarlo, pero busca primero una justificación. Al no encontrar ningún hecho del cual culpar a su víctima, decide acusarle por algo que podría haber hecho su padre.
La moraleja clásica es que quien quiere hacer el mal siempre encontrará un pretexto. Algo similar sucede con el informe “Crece la mortalidad infantil en Argentina” publicado por la Fundación Soberanía Sanitaria en enero de 2026. Luego del título, postula que la mortalidad infantil es un espejo del ajuste y la atribuye, en particular, a la discontinuidad de los programas implementados en gobiernos anteriores.
El dato concreto y sólido es que en 2024 se registró un quiebre: la Tasa de Mortalidad Infantil (TMI) subió de 8,0‰ a 8,5‰. Por lo tanto, es legítimo afirmar que el riesgo relativo de muerte aumentó. Sin embargo, el informe omite que, en el mismo periodo, murieron menos recién nacidos. Porque el número absoluto de muertes infantiles bajó de 3.689 en 2023 a 3.513 en 2024.
Este fenómeno, que la literatura ha denominado “efecto denominador”, fue registrado en otros momentos y países (por ejemplo, en Inglaterra entre 2022 y 2024, así como en algunas localidades de Canadá entre 2020 y 2024), y lo que indica es la confluencia de dos dinámicas demográficas. Por un lado, una marcada reducción de la fecundidad y la natalidad. Por otro lado, una tendencia sostenida de reducción de la mortalidad infantil. Como la disminución de la natalidad es mayor que la reducción de la mortalidad se registra ese efecto en el que un número de defunciones menor a las registradas el año anterior se divide por un número de nacimientos mucho menor a las registradas el año anterior
La evidencia disponible sugiere que el aumento de la tasa en 2024 se explicó principalmente por el componente neonatal, que habría pasado de 5,5‰ (2023) a 6,0‰ (2024), mientras que la postneonatal se habría mantenido estable en 2,5‰. Las muertes neonatales pueden atribuirse de forma más directa a debilidades del sistema de salud, mientras que las postneonatales se explican más por determinantes sociales, como la pobreza y las condiciones ambientales. Por estos motivos, lo que muestran los datos sobre el incremento de la TMI en 2024 no debe interpretarse como un deterioro de las condiciones sociales pero sí, eventualmente, un deterioro de la respuesta de los servicios de salud en algunas provincias.
Desde la epidemiología se resuelve el sesgo del efecto denominador considerando tendencias en ciclos temporales mayores. El riesgo es que, como advertía Jonathan Swift, “la falsedad vuela, y la verdad viene cojeando detrás”. Aguardar a contar con una serie más amplia para verificar tendencias puede ser sensato desde el punto de vista epidemiológico, pero no lo es para evitar que se instalen falsedades.
Por el contrario, es imprescindible que las provincias argentinas fortalezcan y agilicen la notificación. El Ministerio de Salud y el COFESA no solo debieran plantear la auditoría de todas las defunciones (que al fin y al cabo son pocas), sino, en especial, examinar los procesos de notificación.
Que, en 2026, conozcamos las estadísticas de mortalidad de 2024 nos convierte en aquellos soldados japoneses aislados en el Pacífico, que, años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, seguían combatiendo.
Argentina necesita cultivar una crítica constructiva en salud. Sin sofismos. No todo aumento es un empeoramiento. A veces, como en las viejas paradojas matemáticas, basta con dividir la realidad de otro modo para que cambie el resultado.
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