
Uno de los rasgos estables de la política argentina es que todos los dirigentes reciben mayor rechazo que aprobación. Eso sucede, incluso, con el presidente Javier Milei, que es el mejor rankeado y, por supuesto, con todos los demás. Si eso se traslada a las fuerzas políticas dominantes, el rasgo se acentúa. Hay mucha más gente que detesta al kirchnerismo, que kirchneristas. Y mucha más gente que detesta a Milei, que mileístas, por usar un neologismo que ya debería ser una categoría política. Eso tal vez explique que la principal consigna de campaña del oficialismo sea “Kirchnerismo: nunca más”, y que los discursos del propio Milei estén plagados de insultos –“grupo de psicópatas”, fue el último—contra el kirchnerismo. La consigna no es “inflación, nunca más” o “pobreza, nunca más”. Al mismo tiempo, el peronismo solo encuentra un discurso en la confrontación con el Gobierno.
Así las cosas, la política argentina se divide en dos hemisferios que no se definen por sus simpatías sino por sus rechazos. Parecería que en las elecciones competirán los antikirchneristas contra los antimileístas. Si fuera así, si no se tuvieran en cuenta otros factores, podría ser una pelea pareja. Pero hay una diferencia entre los dos sectores. Después de la rendición del Pro, el antikirchnerismo tiene una sola expresión política, La Libertad Avanza, un líder indiscutido, Javier Milei, un color, el violeta, y un mensaje claro. Del otro lado pasa exactamente lo contrario.
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Desde su aparición fulgurante en la política, Milei arrasó con todo el antikirchnerismo: los otros liberales, el Pro, los radicales. Nada de eso ya existe. Mauricio Macri se ha transformado en un dirigente menor que confirmó, en cada uno de sus pasos, ese viejo chiste de Milei que llamaba Juntos por el Cargo a Juntos por el Cambio. La fórmula más antiperonista del 2025 se sometió, a tal punto que sus dos integrantes son los candidatos que encabezan listas libertarias en Capital y Mendoza. El radicalismo estalló en mil pedazos. Así que quien quiera votar contra el kirchnerismo tiene una sola y clarísima opción: votar a los candidatos de Milei.
Al contrario, en el amplísimo universo que rechaza al Presidente –su imagen negativa orilla el 50 por ciento de los votos, y la muy negativa supera el 40—pasa exactamente lo contrario. Cristina Kirchner, pese a todo, sigue siendo la dirigente más potente de todo ese sector. Pero su liderazgo real se reduce a la provincia de Buenos Aires –donde el peronismo suele ganar— y a la capital del país, donde suele perder. Pero aun en esos distritos sus decisiones son muy discutidas por las estructuras partidarias. De hecho, su enfrentamiento con el gobernador Axel Kicillof es cada vez más violento.
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Por decirlo de manera que se entienda bien: Karina Milei maneja la lapicera y nadie le discute una decisión; a Cristina le discuten todo. En ese contraste se pueden resumir los efectos del Huracán Milei sobre la política argentina. Karina mucho más poderosa que Cristina: las cosas han cambiado de verdad.
Pero a este análisis hay que agregar que el peronismo, tan dividido, tan sin mensaje, tan sin liderazgo, es solo una parte del universo que quiere ver a Milei fuera del poder. Un votante de esa mitad tiene en cada provincia alternativas distintas al peronismo, que solo es hegemónico en media docena de ellas. Pero además, tiene las opciones de centro, las que se referencian en los gobernadores que rodean a los cordobeses Martín Llaryora y Juan Schiaretti, y al santafecino Maxi Pullaro. Eso podría ser una novedad atractiva. Pues bien, no lo es.
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El armado de las listas de ese centro es otro reflejo de la confusión y el vedetismo opositor. Dirigentes de llegada menor se sacaron los ojos por migajas, en lugar de privilegiar una construcción inteligente. Hasta el peronismo cordobés se dividió. Facundo Manes iba a ser candidato en la provincia, pero se mudó de urgencia a la Capital porque no se puede ver con Randazzo. Pero en Capital los centristas se pelean tanto, pero tanto que sus discusiones se parecen mucho a una comedia de enredos. Al cierre de esta nota, llevaban tres propuestas que competirán entre sí.
El contraste entre la unidad del antikirchnerismo y la dispersión opositora se puede percibir también en la elección de candidatos. No es conveniente hacer pronósticos taxativos porque el futuro es siempre una sorpresa. Pero el contraste entre la potencia electoral de los candidatos de ambos hemisferios es impresionante. Patricia Bullrich es una dirigente muy conocida y popular en la ciudad de Buenos Aires. Competirá contra el camporista Mariano Recalde, que es un dirigente casi desconocido, pese a su largo recorrido como senador. José Luis Espert tal vez no sea tan popular en la provincia de Buenos Aires como Bullrich lo es en la Capital. Pero, ciertamente, lo es muchísimo más que Jorge Taiana, el primer candidato del peronismo, una figura difícil de identificar aún para los más politizados. Además, detrás de Espert está el presidente y el color violeta y todo el aparato del Estado. Esta descripción no se refiere a las calidades humanas o intelectuales o morales de esas personas, sino solo su llegada, que es lo central para la elección de un candidato: ¿podría ser convincente, llamar la atención, convocar a alguien?.
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Es como si el kirchnerismo hubiera asumido su condición de “equipo chico”, como se dice en el futbol. Sus candidatos son débiles, no tienen ninguna aspiración de ganar nada. Este cierre de listas permite preguntarse si, finalmente, el kirchnerismo habrá quedado en la historia política argentina, como ya ocurrió con el Pro, o el radicalismo, de los cuales solo quedan ruinas, nostalgias, dirigentes oportunistas y no mucho más. En cualquier caso, está en su peor momento. Sería un milagro que renazca de estas cenizas.
Así que solo hay que mirar todo lo que pasó con el armado de listas, y los nombres de los candidatos, para concluir que Milei tendrá buenas noticias en octubre. No solo porque su propuesta ganará las elecciones, sino porque enfrente no tendrá una oposición estructurada. Además, un archipiélago de liderazgos poco relevantes a nivel nacional y muchos de ellos peleados entre sí. No deberá convivir, como le ocurrió a Mauricio Macri, con una Cristina Kirchner que aún tenía su potencia, o como le sucedió a su amigo Jair Bolsonaro, que enfrente tenía a Lula, un gran líder político, capaz de articular fuerzas diversas en función de un proyecto común. Ese tipo de liderazgo no existe en la oposición argentina. Tal vez en estos dos años que quedan hasta el 2027 aparezca. Pero hoy, lo que se ve, es un páramo.
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Si uno mira la foto, parece que Milei se quedará en el poder por largo tiempo. Que en dos años no solo será reelecto, sino que se quedará con las gobernaciones de la provincia de Buenos Aires, la capital del país, Mendoza y muchas otras más. Sería, en ese caso, tan poderoso como los grandes líderes de la historia argentina: Perón, Menem, Kirchner. Su camino a la reelección sería un paseo. El problema es que la historia reciente es pródiga en situaciones similares: había serios motivos para pensar lo mismo de Menem en 1995, de Cristina en 2011 o de Macri en 2017. Tal vez la dinámica del futuro se puede ver mejor el día de la elección cuando se conozcan los números reales. Aun compitiendo contra fuerzas extremadamente débiles, sin liderazgos, sin propuestas claras, puede ser que los libertarios arrasen o que obtengan resultados magros. Eso no está claro aún.
Y después está lo que sigue. Ese 70 por ciento de tasas que está ofreciendo el gobierno para evitar una corrida demoledora, por ejemplo. Ese castillo frágil que depende de la inyección de deuda para sostenerse y que regala dólares con el carry trade. El gobierno explica todo eso por el “riesgo kuka”, es decir, por la percepción de que el kirchnerismo alguna vez puede volver, y entonces nadie invierte en la Argentina. Pero, ¿cómo funcionaría eso? El kirchnerismo perdió cinco de las últimas seis elecciones. Está dividido como nunca. Su influencia se reduce a una zona del conurbano bonaerense y aún allí es discutido. Su líder está detenida. ¿Por qué gente tan débil podría poner en peligro un plan económico tan exitoso? ¿O será otra cosa lo que pasa?
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De esas preguntas está plagado el futuro. Que es siempre incierto. Especialmente en la Argentina. Pero, por ahora, Milei avanza. Y no encuentra resistencia por parte de una clase política que, a cada paso, revela su amateurismo, su incapacidad para vincularse a la sociedad, su falta de capacidad política. Se supone que ellos son los que saben, los experimentados. Y que Milei es un loco, un tonto, alguien que no entiende nada de política, un recién llegado, un amateur ¿Y entonces? ¿Por qué alguien supuestamente tan limitado les está pegando semejante baile? ¿Qué dice eso de ellos? ¿Por qué Karina Milei hoy es mucho más influyente que Cristina Kirchner?
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