
Nunca entendí el orsai y mucho menos cómo se para un equipo. No distingo si el equipo se para siguiendo el 1-4-3-3 o el 1-3-4-3. La primera vez que fui a ver un partido a la Bombonera había cumplido ocho años y me quedé esperando que repitieran el gol como sucedía en la televisión. Acompaño a mi hijo adolescente a ver los partidos de Ferro porque ya no quiere ir al cine a ver las películas de Pixar, pero me entretengo más con los comentarios de la tribuna que viendo lo que sucede en la cancha.
No soy futbolera, pero los Mundiales me apasionan. Varios de los recuerdos más lindos de mi vida los asocio con ellos. La vez que salimos con el viejo Rastrojero familiar cargado de vecinos a festejar el Mundial 78. Maradona en el 86 y su gol sublime. Maradona insultando a los que nos insultaban en Italia. Maradona llorando porque le cortaron las piernas. Maradona, solo Maradona. Y a esa galería de momentos imborrables, ayer se le sumó otro que nada tuvo que ver con jugadas épicas, partidos definitorios, frases únicas o clasificaciones agónicas.

Apenas terminó el partido corrí a la verdulería. Era feriado y me faltaban dos tomates para la ensalada que prepararía. Mientras preguntaba el precio, de reojo veo una imagen en el televisor del local, un aparato viejo, de tubo y sin alta definición. Ahí estaba Scaloni y su hijo. El hijo lloraba y el padre lo abrazaba, el chico seguía llorando y el padre, ese director técnico que había vencido a una de las selecciones más poderosas del mundo y logrado que su equipo pasara a las semifinales, también se emocionaba. Ese hombre que en el partido y ante las cámaras se tapa la boca para que no se sepa qué dice, se emocionaba sin recelo ante las mismas cámaras.
En ese televisor prehistórico es imagen de ese hombre y de ese hijo se veía borrosa , pero la emoción era nítida. El verdulero dejó de vender y yo dejé de comprar. Nos quedamos quietos como ante un gol genial del genial Messi. “Se me hizo un nudo”, farfulló el hombre curtido en madrugadas en el Mercado Central. “Somos dos”, me quedé sin palabras y eso que trabajo con ellas. Me cobró, pagué. Me dio el vuelto. “Emociona Scaloni”, me despidió. “Emociona Scaloni, emociona”, repetí.
Volví a mi casa y agradecí estos nuevos y muchas veces para mí incomprensibles tiempos donde por fin y luego de siglos “Los hombres sí lloran”. Soy de la generación que vio a los adultos decirle/ordenarle a los varones que “no lloren”. No podían llorar si se caían, si tenían miedo, si estaban enfermos, si los dejaban fuera del “pan queso”, si sus padres peleaban, si repetían de grado, si sus vecinos los retaban, si sus primos les pegaban, si su primer amor les rompía el corazón, ni siquiera podían llorar si a Bambi se le moría la mamá.
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Debían ser fuertes. ¿Para qué? Vaya a saber. La hombría pasaba por esconder sentimientos y mostrar fiereza. Recuerdo estar en el primario y que un chico de un grado mayor desafiara a mi hermano a pelear “en la esquina”. Desesperada por lo desigual de la pelea, sin decirle a él, le comenté a mi maestra. La señorita Juana intervino y suspendió el combate. Pero en esa infancia donde “los hombres no lloran”, el remedio fue peor que la enfermedad. Solo muchos años después mi hermano me contaría que hasta que terminó la primaria la mayoría de sus compañeros se burlaron de él. Es que quedó ubicado en el lugar del “gonca” que para colmo no solo no había peleado sino que además había sido defendido por su hermana.
No pasó un siglo de ese tiempo, pero sí casi medio siglo. Hoy las mujeres nos encontramos en un tiempo de empoderamiento, pero los hombres -sobre todo los de la generación del prohibido llorar- a veces se ven desorientados y no saben cómo encontrar un lugar que no sea ni el del “gonca” ni el del “machote”. Sin embargo, hay muchas señales que muestran que “es por ahí muchachos”. Después del partido contra Polonia entrevisté a uno de los colegas que están en Qatar. Le comenté que para la mayoría de los mortales él tenía el trabajo soñado y en broma le pregunté si se había puesto una cintita roja contra la envidia. Entonces ese periodista, curtido por haber cubierto siete mundiales, me confesó que al próximo ni por un contrato millonario lo volverá a cubrir “porque vendré como hincha, con mi hijo que es el mejor partido de mi vida”. Y se emocionó y no ocultó esa emoción ni le importó disimularla aunque estábamos en medio de una nota. Porque sí, porque los hombres lloran y extrañan a sus hijos y les duele el alma aunque tengan el trabajo más lindo del mundo.
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Ayer el partido con Países Bajos tuvo todos los condimentos “para el infarto” que no es necesario volver a describir. Pero entre las atajadas de Dibu, los pases mágicos de Messi y el penal determinante de Lautaro Martínez, lo que a mí me queda -e intuyo a muchos- grabado y para siempre es la imagen de Scaloni abrazado a su hijo. Porque si algo nos enseñó/recordó esa imagen es que la vida no pasa por los partidos que ganamos, ni los rivales que vencemos. La vida, la verdadera, la que cuenta y nos cuenta, solo vale por los abrazos que recibimos y los que damos. Gracias Scaloni, por la clasificación pero mucho más por recordarnos en este nuevo “abrazo del alma” que “es por ahí”.
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