Populismo explícito y peronismo recargado

Tras declarar el fin de la pandemia por decreto, el Gobierno desplegó una batería de medidas: casi todas ellas son cortoplacistas y desembozadamente electoralistas

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Mario Ishii y Alberto Fernández
Mario Ishii y Alberto Fernández

La semana termina con más dudas que certezas. Muchas preguntas y pocas respuestas que acerquen alguna precisión.

¿Podrá el oficialismo revertir el resultado electoral del 12 de septiembre? Esta cuestión fatiga tanto a la coalición frentetodista como a los opositores. Es la inquietud del momento, la que corta el sueño a unos y otros.

¿La estrategia que baja el Gobierno, que incluye poner plata en la calle, declarar por decreto el fin de la pandemia y la impronta peronista del remozado Gabinete, les permitirá recuperar los votos perdidos? ¿O se trata solo de un recurso tan riesgoso como desesperado que en cualquier caso terminará hipotecando el futuro de todos?

Daniel Gollan, ex ministro de Salud de la Provincia de Buenos Aires, la hizo fácil.

Para el ahora candidato a diputado nacional “con un poco más de platita, las fotos de Olivos no hubieran molestado tanto”, dijo parafraseando a una vecina enojada por la escasez.

Instalada la cuestión, no tardó en viralizarse. Populismo explícito. Humillante a más no poder. Gollan compra barato en el delivery de votos. Sale del shopping con la plata ajena.

Una exposición brutal del clientelismo en su forma más miserable. Más pobres se fabriquen, más pobreza se genere, más barato sale comprar el voto que permitirá mantenerse en el poder. A qué seguir participando.

Las revulsivas declaraciones no suponen una novedad. Están en línea con la lectura de las razones que llevaron a la “catástrofe electoral” que hizo la mismísima jefa del espacio.

En la carta del oprobio, en la que CFK “ultrajó al figura presidencial” (dixit Alberto Rodríguez Saa), le recrimina a Martin Guzmán haber subejecutado el déficit fiscal. A su modo lo conmina a poner en la calle el equivalente a 2.4 del PBI. “Que afloje con el ajuste”, propone CFK.

“No estamos en un contexto que permita amarretear, ahora hay que hacer todos los esfuerzos posibles frente a la necesidad de la gente”, sumó Andrés “Cuervo” Larroque.

Tiro por elevación al vapuleado ministro de Economía que cometió la osadía de enmendar una interpretación de CFK a propósito de si hubo o no ajuste fiscal.

Sin nada nuevo para proponer, el oficialismo conjuró la crisis echando mano a la mesa de “saldos y retazos”. CFK resignó posiciones y salió a buscar resguardo entre gobernadores e intendentes dando entrada a la vieja guardia pejotista.

Al frente del no tan flamante staff, madrugador e hiperactivo, Juan Manzur. El Gobernador de Tucuman, en uso de licencia, convocó a tempranera reunión de Gabinete y dispuso medidas sanitarias sin consultar con científico alguno. Es médico y fue ministro de Salud y con eso le basta y sobra. Subordinación y valor para Carla Vizzotti.

Siempre dispuesto a presentar batalla regresa Aníbal Fernández. Funcionario todo terreno, Aníbal suma a su tarea de Ministro de Seguridad, la escudería mediática del nuevo gobierno. Lo suyo es 7x24. Será difícil disputarle protagonismo. Puede que logre opacar en métrica y espectacularidad las superproducciones multimedia de su par en la provincia Sergio Berni con quien ya se mostró a los besos y abrazos. Dos a quererse.

Julián Domínguez, vuelve enfocado en recomponer la deteriorada relación con el campo. Humilde, pide ayuda para restañar las heridas abiertas por las desatinadas medidas de los últimos meses. Busca con buenas maneras diluir los efectos deletéreos de su refriega electoral con Aníbal Fernández, cuando allá por el 2015 motivo encontronazo que dejó en archivos todavía frescos, una verdadera colección de denuncias y agravios impropios de una interna. El combo ministerial, un déjà vu.

¿Es este solo un Gabinete de transición? ¿Está pensado para ganar o solo para sobrevivir? ¿Se trata de un recurso fríamente calculado, de un nuevo alarde de pragmatismo político o es la materialización de la impotencia?

¿Qué pasará con esta curiosa alquimia después de las elecciones? ¿Qué ocurrirá si se profundiza la derrota o, eventualmente, si se achican las diferencias?

¿Fueron puestos ahí para quedarse, para definir un nuevo rumbo más derechizado y componedor o son solo un colectivo llamado a cargar con un nuevo y eventual fracaso electoral?

Cristina gana la feroz pulseada con Alberto Fernández imponiendo el desplazamiento de Santiago Cafiero y sujetando en el estratégico ministerio del Interior a Wado de Pedro pero busca refuerzo en lo más territorial y baqueteado del pejotismo. Ese del que renegó siempre. Ese en el que se atrincheran los señores feudales de las provincias y los incombustibles barones del conurbano cuando de resistir el avance del cristo camporismo se trata.

El resultado electoral hizo implosionar la coalición, dejó a la intemperie la profundidad de la grieta interna. Las PASO sacaron a la luz las debilidades intrínsecas, las irreconciliables diferencias que anidan en el error de origen de la fórmula presidencial y la pretendida unidad contra natura presentada en las primarias.

“Nosotros no perdimos porque no competimos con nadie”, dijo Aníbal Fernández. Omitió admitir que uno puede perder compitiendo con uno mismo.

Le pasó a Kicillof. También él recibió su correctivo. La literatura cristinista incluyó un párrafo que lo comprende. CFK endosó la pérdida de 440.000 votos que logró obtener aún perdiendo en las elecciones de medio término del 2017.

El gobernador preferido de CFK tuvo que peregrinar a El Calafate, donde le fueron impartidos los santos óleos que le permitirán seguir adelante, un tanto escorado pero todavía en pie. También a él le rodearon la plaza.

La incorporación de Martín Insaurralde impulsado por Máximo Kirchner como jefe de gabinete en lugar de Carlos Bianco supone un avance del poder de los intendentes de los grandes partidos del Gran Buenos Aires, con los cuales Axel Kicillof no logró articular química alguna en los dos largos años que lleva en el cargo.

Axel resiste la entrega de su hombre de mayor confianza pero ya tiene la plaza sitiada. Apenas después de la jura de los nuevos ministros: en infraestructura Leonardo Nardini, intendente de Malvinas Argentinas, y en el Ministerio de Gobierno Cristina Álvarez Rodríguez, los jefes comunales se reunieron con Máximo Kirchner. Sin Axel, claro.

Con una gestualidad ambivalente CFK despliega su astucia. Impone poder, cede y a la vez concede y se retira a sus aposentos. No se presenta en la jura de los ministros. Toma distancia y despega de una eventual nueva derrota, a la que, llegado el caso, ya le encontró nuevos padres.

El conformación del nuevo staff gobernante no logró aplacar las profundas tensiones que anidan en el Frente de Todos.

La refriega se libra en todos los frentes. El pase de facturas continúa.

Mario Ishii hace su aporte a la tensión. El recinto a cielo abierto recitó uno de los versículos más recurrentes de la mística K. Él la emprendió contra los periodistas.

Meritorio, no se anduvo con chiquitas. Lo suyo fue lisa y llana instigación a la violencia.

“Un día el pueblo se va a levantar contra los medios, no puede haber tanto veneno… no puede ser pegarle y pegarle al Presidente”. Impecable, pero a destiempo. Justo ahora que el bueno de Alberto intenta sobreponerse a la feroz golpiza que le propinaron la diputada Fernanda Vallejos y luego con mejores modos la mismísima CFK.

Tras declarar el fin de la pandemia por decreto el Gobierno que hoy encarna Juan Manzur baja una batería de medidas. Casi todas ellas son cortoplacistas y desembozadamente electoralistas.

Alberto Fernández relega el centro de la escena que ahora ocupa ampuloso el nuevo Jefe de Gabinete. El tucumano aporta todo lo que está haciendo falta. Experiencia de gestión, volumen político y despliegue de poder.

Lejos de ser factor de cohesión todo lo suyo hace ruido al interior del kirchnerismo. Está en las antípodas ideológicas y de estilo de CFK. Ya despertó encendidas reacciones del colectivo feministas pero el hombre no acusa recibo Dispuesto a hacerse cargo de la gestión no le entran las balas. Le sobra paño y ambición.

La pregunta flota en el aire: ¿cuánto durará este nuevo entendimiento, cuánto tardará está nueva fórmula heterodoxa? ¿Servirá para ganar o solo para zafar? ¿Cuánto tardará en explotar una nueva bomba de fragmentación?

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