
Asistí a la inauguración de la edición número 18 del Hola México Film Festival, el festival de cine mexicano más grande fuera del país. La película elegida para abrir esta edición fue Loco México Mágico, escrita y dirigida por Carlos Santos. Detrás de sus situaciones absurdas y sus carcajadas, la comedia plantea una cuestión profundamente política: la identidad, la representación y el derecho de México a contar su propia historia.
Pocas ciudades podían ofrecer un escenario más significativo para esta conversación que Los Ángeles. En el condado viven casi 9.7 millones de personas, alrededor del 49.3 por ciento de ellas hispanas o latinas. Además, aproximadamente una tercera parte de sus habitantes nació fuera de Estados Unidos.
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México, por tanto, no es una presencia distante en esta ciudad. Está en su historia, sus calles, sus familias, su gastronomía y en el español que se escucha todos los días. Forma parte de su identidad cultural.
Sin embargo, esa presencia convive con una realidad política cada vez más compleja.
En los últimos años, Los Ángeles se ha convertido en uno de los principales escenarios de las tensiones en torno a la política migratoria estadounidense. Las operaciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), las detenciones y las protestas contra estos operativos han colocado nuevamente a las comunidades migrantes en el centro de la discusión nacional.
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En junio de 2025, tras las protestas provocadas por los operativos migratorios en la ciudad, el gobierno federal desplegó a 4 mil integrantes de la Guardia Nacional y ordenó el envío de 700 infantes de Marina.
El Pentágono estimó el costo de la operación en aproximadamente 134 millones de dólares y argumentó que su objetivo era proteger instalaciones y agentes federales. Las autoridades de California cuestionaron la medida y su legalidad, mientras la administración federal la defendió como necesaria para garantizar la aplicación de las leyes migratorias.

Las cifras posteriores muestran la dimensión de esta política. Datos de ICE publicados en 2026 indicaron que más de 43 mil personas ingresaron a centros de detención migratoria solamente en junio.
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En ese periodo, las personas sin antecedentes penales representaban alrededor del 79 por ciento de la población diaria en los centros de detención a escala nacional y el 74 por ciento en California. Durante julio y agosto, la agencia registró más de 50 mil arrestos mensuales en el país, niveles históricos.
En este contexto, proyectar una comedia mexicana en Hollywood deja de ser un acto exclusivamente cinematográfico. Se convierte también en una oportunidad para disputar las narrativas que determinan cómo se percibe a México y a su gente.
Después de la función tuve la oportunidad de entrevistar personalmente a Carlos Santos. Cuando le pregunté qué papel desempeña el cine en la construcción de la imagen de México en Estados Unidos y el resto del mundo, su respuesta fue contundente: “El cine es la herramienta más eficiente para generar identidad”.
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La afirmación cobra especial relevancia si recordamos cómo Estados Unidos aprovechó el poder cultural de Hollywood durante el siglo XX. Su industria cinematográfica nunca fue únicamente una fuente de entretenimiento: también contribuyó a exportar imágenes del país, sus estilos de vida y sus aspiraciones, así como determinadas ideas sobre el éxito, la modernidad y el poder.
Loco México Mágico busca realizar un ejercicio similar desde una perspectiva mexicana y, como Santos me explicó, “a favor de México”, particularmente en el contexto político actual.
Eso es, precisamente, el poder suave o soft power: la capacidad de influir en la percepción de otros mediante la cultura, los valores y las ideas, sin recurrir a la coerción. No se trata de imponer una narrativa, sino de despertar el interés de otras sociedades, generar cercanía y construir reconocimiento.
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El cine mexicano puede contribuir a ese objetivo
La película cuenta la historia de un alcalde de Alvarado, Veracruz, que decide transformar su municipio en un destino turístico internacional mediante una idea tan ambiciosa como disparatada: producir una película al estilo de Hollywood. Sin recursos suficientes, experiencia ni una estructura que garantice el éxito, la comunidad se embarca en el intento de construir su propia representación ante el mundo.
La comedia funciona porque exagera una inquietud reconocible: la preocupación por cómo nos ven desde afuera. Pero detrás de las situaciones absurdas surge una pregunta fundamental: ¿quién decide cómo debe verse México?
Durante nuestra conversación, Santos señaló que el primer paso ni siquiera consiste en dirigirse al público extranjero. Antes es necesario “comunicarnos a nosotros mismos, los mexicanos”.
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Su observación apunta a una contradicción frecuente en las estrategias de diplomacia pública: intentar construir primero una imagen atractiva para el exterior, como si la identidad nacional pudiera diseñarse mediante una campaña de marketing. Una proyección internacional sólida requiere, en cambio, una narrativa capaz de conectar con la propia sociedad, reconocer su diversidad y dialogar con sus contradicciones.
Solo entonces puede proyectarse hacia afuera con mayor autenticidad
Por eso, Loco México Mágico habla de algo mucho más profundo que el turismo o la industria cinematográfica. También plantea quién tiene derecho a representar a los mexicanos y qué historias merecen ocupar un lugar en la conversación internacional.
Durante décadas, buena parte de las representaciones de México en el extranjero se ha concentrado en un repertorio relativamente limitado de imágenes: la frontera, la migración, el narcotráfico, la violencia, la pobreza y el exotismo. Ninguno de estos temas debe ocultarse ni minimizarse. El problema aparece cuando se convierten en la totalidad del relato y desplazan otras dimensiones de la experiencia mexicana.
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¿Qué ocurre cuando un país queda reducido a sus conflictos? ¿Qué sucede cuando sus habitantes aparecen principalmente como víctimas, amenazas o estadísticas, pero rara vez como protagonistas de sus propias historias?
En la entrevista, Santos expresó su deseo de “darle tiempo de pantalla al mexicano”. Se refería a mostrar “las emociones, los miedos, las ilusiones de los mexicanos” y a construir personajes que no estén definidos exclusivamente por los estereotipos.
Después resumió el problema con una frase que condensa buena parte de esta discusión: “Quien tiene el micrófono tiene la palabra, cuenta el cuento”.
Esa es también una de las razones por las que importa el Hola México Film Festival.
La edición de este año reúne más de 20 películas y espera recibir a más de 10,000 asistentes. Desde su fundación, en 2008, el encuentro se ha consolidado como una de las principales plataformas de exhibición del cine mexicano fuera del país y como un espacio de contacto entre realizadores, actores, audiencias y representantes de la industria cinematográfica en Los Ángeles.
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Su relevancia no se limita a la pantalla. El festival puede entenderse como una forma de diplomacia pública que no depende necesariamente de una iniciativa gubernamental. También existe cuando una sociedad se dirige a otra a través de sus artistas, sus obras y sus experiencias.
Es un director mexicano que presenta su visión del país ante una audiencia estadounidense. Es una película mexicana que ocupa una pantalla en Hollywood. Es una comunidad migrante que encuentra historias en las que sus integrantes pueden reconocerse no como un problema de seguridad, una cifra migratoria o el objetivo de un operativo, sino como personas con aspiraciones, temores, contradicciones y proyectos de vida.
Santos también insistió en que México y Estados Unidos son inseparables. Compartir una frontera tan extensa implica una relación permanente que rebasa los periodos presidenciales y las diferencias entre gobiernos.
Los gobiernos cambian; la vecindad permanece
Por eso, la relación bilateral no puede explicarse únicamente a través de aranceles, deportaciones, seguridad fronteriza o negociaciones entre mandatarios. Debajo de esas disputas existe una red de vínculos cotidianos: familias, empresas, trabajadores, estudiantes, artistas, música, gastronomía, idioma y cine. La relación entre ambos países está sostenida por una interdependencia social y cultural que no desaparece con cada cambio de administración.
Aquí es donde Loco México Mágico trasciende su contexto inmediato y abre una reflexión para toda América Latina.
La capacidad de contar nuestras propias historias sigue siendo una cuestión de poder. Durante décadas, buena parte de la imagen internacional de la región se ha construido desde centros culturales, mediáticos y políticos externos. El poder suave latinoamericano comienza cuando nuestras sociedades pueden decidir qué historias contar, desde qué perspectivas hacerlo y ante qué públicos compartirlas.
México cuenta con ventajas extraordinarias para desarrollar esa capacidad: una industria cultural de gran alcance, una diáspora profundamente conectada con el país de origen, una lengua compartida con buena parte del continente y una proximidad geográfica y social con Estados Unidos difícil de igualar.
Aprovechar esas fortalezas no significa negar los problemas nacionales ni sustituir la realidad por propaganda. Significa evitar que México quede atrapado en una sola narrativa. Implica reconocer que la violencia, la desigualdad y la migración forman parte de nuestra historia, pero no la agotan.
Frente a una época marcada por las redadas, las detenciones migratorias, los discursos sobre las fronteras y los despliegues militares, la respuesta cultural no tiene por qué convertirse en un contrataque propagandístico. Puede ser algo más relevante: mostrar la complejidad de quienes con demasiada frecuencia aparecen reducidos a cifras y categorías políticas.
Quizá esa sea la importancia más profunda de que Loco México Mágico haya inaugurado la edición número 18 del Hola México Film Festival en Los Ángeles. Mientras la política discute quién puede cruzar una frontera, el cine demuestra que las historias llevan décadas atravesándola.
Si, como me dijo Carlos Santos, “quien tiene el micrófono tiene la palabra, cuenta el cuento”, la pregunta para México y América Latina es inevitable: ¿estamos preparados para tomar ese micrófono y contar nuestra propia historia?
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