
La pobreza, el abandono familiar, la violencia y el ansia de salir de esas problemáticas en ocasiones hacen a una persona resiliente, pero en otras, a trastornos asesinos, ese fue el caso de Magdalena Solís.
Ella creció en pobreza extrema y fue obligada por sus hermanos mayores a sacrifiocarse prostituyéndose para que todos tuvieran qué comer, más adelante la vida la llevaría a ser una asesina serial y líder de una secta que operó en 1963 en Yerbabuena, Tamaulipas, donde encabezó rituales con sacrificios humanos.
Su historia quedó registrada como uno de los pocos casos documentados de una asesina serial mexicana con una motivación sexual explícita. También se le conoció como la Gran Sacerdotisa de la Sangre.
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Nació en diciembre de 1928 en Tamaulipas y murió en abril de 2023 en Nuevo León. Los crímenes se cometieron en la comunidad de Yerbabuena, en el municipio de Mainero, una zona cercana a Monterrey. Recibió una condena de 50 años de prisión por dos homicidios, aunque el caso la señaló como responsable de por lo menos ocho asesinatos y hasta 15 víctimas según algunas versiones.

Los recuentos del caso indicaron que fue responsable de al menos ocho asesinatos. Otras versiones elevaron el total a 15 víctimas.
La secta se instaló en una comunidad de unos 50 habitantes
Antes de la ola de asesinatos, Yerbabuena era una comunidad marginada del norte de México con al menos 50 habitantes en esa época. La mayoría vivía en pobreza extrema y una parte de la población era analfabeta.
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A finales de 1962 y principios de 1963, los hermanos Santos y Cayetano Hernández llegaron al poblado y montaron una estafa religiosa. Se presentaron como profetas y sumos sacerdotes de supuestos dioses incas exiliados.
Prometieron a los habitantes que esos dioses entregarían tesoros escondidos en cuevas de las montañas cercanas si recibían adoración y tributos. También aseguraron que volverían para reclamar su reino y castigar a quienes no creyeran.
Con ese discurso convencieron a varios pobladores y formaron una secta. A partir de ahí exigieron dinero y favores sexuales a mujeres y hombres, además de organizar orgías en las que usaban narcóticos.
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El culto funcionó durante un tiempo, pero las promesas de riqueza no se cumplieron y los seguidores comenzaron a impacientarse. Fue entonces cuando los hermanos Hernández viajaron a Monterrey en busca de prostitutas que ayudaran a sostener la farsa.
En ese contexto contactaron a Magdalena Solís y a su hermano Eleazar Solís. Él además trabajaba como su proxeneta, y ambos se integraron al grupo en 1963.
Magdalena Solís asumió el control y transformó la estafa en asesinatos rituales
Magdalena Solís provenía de una familia de escasos recursos y probablemente disfuncional. De acuerdo con la descripción del caso, había sido obligada a ejercer la prostitución desde temprana edad antes de incorporarse a la secta.
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Tras su ingreso, fue presentada durante un ritual como la reencarnación de la diosa Cuatlicue (diosa mexica de la tierra, la fertilidad, la vida y la muerte) por medio de una cortina de humo. El engaño que buscaba impresionar a los adeptos terminó por convertirse en el eje del culto, porque Solís asumió esa identidad como propia.

El perfil atribuido a Solís la describió como una asesina organizada, sedentaria, visionaria, depredadora sexual y con capacidad de matar en grupo. También se le adjudicó una psicosis teológica, con delirios religiosos y de grandeza.
A ese cuadro se sumaron prácticas descritas como vampirismo, sadismo, fetichismo y pedofilia. La violencia del grupo escaló poco después de que ella tomara el mando.
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Dos adeptos cansados de los abusos sexuales intentaron abandonar la secta. Los demás seguidores, dominados por el miedo, los denunciaron ante los líderes, y Solís ordenó que fueran ejecutados.
Esos dos hombres fueron linchados por miembros del propio culto. A partir de esos asesinatos, los rituales se volvieron más brutales.
Solís dejó atrás las orgías como centro de las ceremonias y comenzó a exigir sacrificios humanos. Así surgió el llamado ritual de la sangre, que se aplicaba contra integrantes considerados disidentes.
La víctima era golpeada, quemada, cortada y mutilada por miembros del grupo. Después era desangrada hasta morir y en varias ocasiones les sacaban los corazones para comerlos entre los adeptos.
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La sangre se recogía en un cáliz y se mezclaba con sangre de pollo. En esos ritos también había sacrificios de animales y consumo de marihuana y peyote.
Solís bebía primero del cáliz. Después hacía beber a los llamados sacerdotes, entre ellos los hermanos Hernández y Eleazar Solís, y al final al resto de los integrantes, bajo la idea de que eso les daría poderes sobrenaturales.
La ceremonia terminaba con la extracción del corazón de la víctima. Para justificarla, el grupo usó referencias a la mitología azteca y sostuvo que la sangre era el único alimento digno para los dioses.
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Dentro de esa lógica, presentaron a Coatlicue como la figura divina encarnada por Solís. La promesa era que beber sangre la mantendría joven para siempre.
Las matanzas duraron seis semanas continuas durante 1963. En ese periodo, cuatro personas murieron de esa forma, y en los últimos sacrificios se extrajo el corazón a víctimas que todavía estaban vivas.

La caída del culto comenzó con un adolescente de 14 años
Una noche de mayo de 1963, Sebastián Guerrero, un joven de 14 años, caminaba cerca de las cuevas donde se realizaban los rituales. Las luces y los ruidos lo llevaron a asomarse al interior.
Ahí vio una masacre. Aterrorizado, huyó del lugar y corrió más de 25 kilómetros hasta Villagrán, donde estaba la estación de policía más cercana.
Guerrero llegó exhausto y en estado de choque. Apenas pudo describir a un grupo de personas que, en medio del éxtasis, se reunían para beber sangre humana.
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Los policías no le creyeron y tomaron sus palabras como delirios de un muchacho perturbado o drogado. Al día siguiente, el investigador Luis Martínez lo acompañó de regreso para que mostrara el punto donde había visto a los supuestos vampiros.

Ese fue el último día en que Sebastián Guerrero y Luis Martínez fueron vistos con vida. Su desaparición obligó a las autoridades a tratar el caso con otra seriedad.
El 31 de mayo de 1963, la policía y el ejército desplegaron un operativo en Yerbabuena. A partir de esa intervención comenzó a hablarse de una secta satánica instalada en la zona.
Durante la operación detuvieron a Magdalena y Eleazar Solís en una finca de la localidad. Ambos tenían en su poder una cantidad considerable de marihuana.
Santos Hernández murió por disparos de la policía al resistirse al arresto. Cayetano Hernández fue asesinado por Jesús Rubio, uno de los integrantes del culto, quien en medio de la crisis quiso apoderarse de una parte del cuerpo de un sumo sacerdote para protegerse.
Después del operativo aparecieron los cadáveres descuartizados de Sebastián Guerrero y Luis Martínez cerca de la finca donde capturaron a los hermanos Solís. Al investigador le habían extirpado el corazón con un método similar al de los sacrificios atribuidos al grupo.
Más tarde fueron localizados los cuerpos desmembrados de otras seis personas en los alrededores de las cuevas. Ese hallazgo consolidó la dimensión criminal del culto.
Magdalena y Eleazar Solís recibieron una condena de 50 años de prisión, pero solo por los homicidios de Guerrero y Martínez. No se pudo acreditar judicialmente su participación en los otros seis asesinatos porque los integrantes detenidos se negaron a declarar.
Muchos miembros de la secta murieron en el tiroteo con la policía tras atrincherarse armados en las cuevas. Los que sobrevivieron y fueron capturados recibieron sentencias de 30 años por seis cargos de asesinato en la modalidad de homicidio en grupo o pandilla, o linchamiento.
En esos procesos, el analfabetismo y la pobreza extrema de varios acusados funcionaron como atenuantes. Años después, algunos exintegrantes hablaron de los horrores cometidos dentro del culto.
- Magdalena Solís encabezó una secta en Yerbabuena en 1963 y fue condenada a 50 años de prisión por dos homicidios.
- El grupo realizó sacrificios humanos, bebió sangre en rituales y dejó al menos ocho muertos, aunque algunas versiones hablaron de 15 víctimas.
- La caída del culto comenzó cuando Sebastián Guerrero, de 14 años, presenció una masacre y corrió más de 25 kilómetros para denunciarla.
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