
La batalla invisible de la Selección Mexicana en la Copa Mundial FIFA 2026 se libra lejos del balón: en la mente.
Mientras el foco suele ponerse en la condición física, la estrategia táctica y la calidad de los jugadores, la preparación psicológica puede inclinar la balanza entre el éxito y el fracaso, sobre todo para un equipo que compite con la presión de ser anfitrión.
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En el caso de México, que este año juega la Copa Mundial FIFA 2026 como sede junto con Estados Unidos y Canadá, el reto es doble: sostener el rendimiento en medio de expectativas elevadas.
Y más aún después de ganar el partido inaugural contra Sudáfrica, un resultado que alimenta la esperanza de la afición de ver a la Selección llegar lejos.
Alejandro Cruz Flores, jefe del área de Psicología del Deporte de la Dirección de Deportes de la Universidad Iberoamericana (IBERO), sostiene que uno de los mayores desafíos para las y los psicólogos deportivos consiste en lograr que los futbolistas mantengan el enfoque pese a la presión que los rodea.
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Ser sede de un Mundial, señala, incrementa las expectativas: la afición exige resultados, los medios multiplican la atención y los propios deportistas sienten el compromiso de representar a su país frente a su gente, una combinación que puede convertirse en una carga emocional.
“El deportista siente que debería obtener buenos resultados porque juega en casa y cuenta con el apoyo de la afición. Ese ‘debería’ genera presión”, explica el especialista en entrevista con Prensa IBERO.
La preparación mental empieza antes del silbatazo inicial
Cruz Flores explica que, durante las concentraciones previas, que suelen durar apenas unas semanas, el trabajo se enfoca en integrar a jugadores que provienen de distintos clubes, países y contextos competitivos.
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“Algunos militan en ligas europeas, otros en equipos nacionales, y cada uno llega con experiencias, metodologías y personalidades diferentes”, detalla.
A esa diversidad se suma otro elemento: se trata de deportistas de élite acostumbrados a competir por un lugar.
En una convocatoria mundialista hay 26 seleccionados, pero sólo 11 serán titulares. El reto, apunta, es conseguir que quienes no inicien los partidos mantengan el mismo nivel de compromiso y se alineen a los objetivos colectivos.
“Tenemos que conseguir que todos trabajen por la misma meta. Si cada jugador se enfoca únicamente en destacar de manera individual, se pierde la idea de equipo y la cohesión que se necesita para competir”, enfatiza.
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En ese proceso, el trabajo psicológico incluye dinámicas grupales, actividades de integración y sesiones individuales para fortalecer la confianza, la comunicación y el sentido de pertenencia.
Aunque los futbolistas de alto rendimiento suelen tener habilidades mentales desarrolladas, también atraviesan momentos de duda, frustración o presión extrema.
Uno de los puntos centrales, añade, es el manejo de la confianza. Un exceso puede llevar a subestimar al rival; una falta de confianza, en cambio, puede provocar inseguridad y errores en la toma de decisiones.
La confianza también explica altibajos en el rendimiento
Cruz Flores expone que la Selección Mexicana ha mostrado comportamientos contrastantes: con potencias como Alemania o Brasil suele competir al máximo nivel, pero sufre contra selecciones que parecen menos exigentes. Para el especialista, estas diferencias tienen un componente psicológico.
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“Cuando la confianza está en el nivel adecuado, el jugador hace las tareas que sabe hacer sin importar quién sea el rival. Pero cuando existe un exceso de confianza, se dejan de hacer cosas porque se cree que el oponente es inferior”, expone.
Control emocional para evitar expulsiones y sostener el plan de juego
El especialista señala que, en los minutos previos al encuentro, se realizan ejercicios de activación, concentración y ajuste emocional. El objetivo es que los futbolistas entren a la cancha con un nivel óptimo de confianza y energía.
Ya con el partido en marcha, advierte, aparece otro adversario: las emociones. La frustración por un gol recibido, una decisión arbitral polémica o una provocación rival puede hacer que un jugador “pierda la cabeza”, cometa una falta innecesaria o incluso sea expulsado.
Por eso, el entrenamiento mental busca que las y los deportistas aprendan a regular sus emociones, mantener el orden táctico y tomar decisiones acertadas incluso en escenarios adversos, como jugar con un hombre menos o remontar un marcador.
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“La psicología del deporte ayuda a entender por qué hacemos lo que hacemos y cómo podemos hacerlo mejor. Es un entrenamiento adicional que permite optimizar el rendimiento y responder de mejor manera a las exigencias de la competencia”, concluye.
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