
La economía digital que hoy mueve al mundo descansa sobre una capa que rara vez vemos. Cada transacción financiera, conversación digital, documento compartido o interacción en redes sociales existe gracias a una infraestructura global compuesta por silicio, cobre y fibra óptica operando de forma ininterrumpida.
Durante décadas, esta base tecnológica sostuvo internet tal como lo conocemos. Hoy, sin embargo, estamos entrando en una nueva fase: la Inteligencia Artificial no solo consume infraestructura tecnológica, la está redefiniendo por completo. La adopción de IA ha dejado de ser experimental para convertirse en un componente cotidiano del trabajo moderno. Hacia el cierre de 2025, se estimaba que uno de cada seis profesionales a nivel mundial ya utilizaba herramientas basadas en inteligencia artificial en sus actividades diarias de acuerdo con cifras del AI Economy Institute de Microsoft. Este cambio tiene una consecuencia directa: cada interacción impulsada por IA requiere órdenes de magnitud superiores en cómputo, memoria, conectividad y eficiencia energética.
La expectativa digital también cambió. Pasamos de sistemas diseñados para procesar solicitudes a sistemas capaces de razonar, generar y decidir en tiempo real. La latencia dejó de ser un inconveniente técnico para convertirse en una barrera de experiencia. En la economía impulsada por IA, la respuesta debe ser inmediata, contextual y personalizada. Paradójicamente, mientras los dispositivos se volvieron más pequeños —hasta caber en una muñeca—, la infraestructura que los respalda creció en complejidad exponencial. La nube evolucionó de ser un modelo operativo a convertirse en el verdadero sistema nervioso de la economía digital: centros de datos distribuidos globalmente que entrenan modelos, procesan datos a escala planetaria y habilitan nuevas formas de productividad.
Durante años, la Ley de Moore permitió sostener el crecimiento del cómputo mediante la miniaturización de transistores. Pero la IA introduce una nueva realidad: ya no basta con hacer chips más pequeños; es necesario rediseñar la arquitectura completa del procesamiento. Estamos transitando de una infraestructura digital tradicional hacia una infraestructura cognitiva. En este contexto, innovaciones como aceleradores especializados de IA —como Maia 200— reflejan un cambio fundamental: el desempeño ya no se mide únicamente en potencia, sino en eficiencia por dólar y por vatio. Cuando millones de consultas por minuto dependen de modelos de IA, la eficiencia energética se convierte en un requisito estratégico, no solo técnico.
Al mismo tiempo, surge otro desafío menos visible pero igualmente crítico: la preservación del conocimiento digital. A medida que la IA genera volúmenes sin precedentes de información, garantizar su almacenamiento resiliente y sostenible se vuelve esencial. Iniciativas como Project Silica, que explora el almacenamiento de datos en vidrio con durabilidad potencial de siglos, apuntan a resolver una pregunta clave: cómo asegurar que la memoria digital sobreviva a la velocidad de la innovación. Estos avances reflejan una dirección clara para la industria tecnológica: procesar más inteligencia y conservar más conocimiento sin incrementar proporcionalmente el consumo energético o la complejidad operativa.
La infraestructura deja entonces de ser un elemento tras bambalinas para convertirse en un habilitador estratégico del crecimiento económico. Cada experiencia digital, cada modelo de IA y cada proceso empresarial moderno depende de una arquitectura capaz de escalar con estabilidad, seguridad y sostenibilidad.
Para las organizaciones, esto implica una realidad inevitable: la ventaja competitiva ya no dependerá únicamente del software o los datos, sino de la capacidad de operar sobre plataformas diseñadas para la inteligencia a escala.
No estamos simplemente optimizando el presente. Estamos redefiniendo el terreno sobre el cual se construirá la próxima economía global; si el siglo pasado fue definido por la electrificación y la conectividad, el actual será definido por la inteligencia distribuida. Y esa inteligencia solo será tan poderosa como la infraestructura invisible capaz de sostenerla. Porque, en última instancia, la IA no estará limitada por sus algoritmos, sino por la arquitectura que permita llevarlos al mundo real.
* Francisco Corona, Gerente de Nube e IA para Microsoft Latinoamérica
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