
Per ardua ad astra significa que a las estrellas se llega por el esfuerzo. No hay camino fácil, decía Séneca, para ir hacia donde realmente deseamos.
Los brazos de las personas evolucionaron hasta alcanzar su forma actual. La mano puede sujetar esa manzana que cuelga del árbol. Posteriormente, el codo y el hombro se coordinarán para arrancarla de la rama. Son muy buenos los brazos para cosechar, aunque no son tan adecuados para nadar y para volar son inútiles —aunque de niños los hayamos agitado como si fueran las alas de una paloma o de un pterodáctilo—.
Si los brazos no se ejercitan, si se mueven poco, se vuelven frágiles como galleta salada y duelen.
Lo mismo le pasa a la masa encefálica, al menos eso nos decían en la escuela. Las maestras sentenciaban que si no usábamos el cerebro se nos iba a secar, por eso debíamos aprendernos las tablas y el abecedario y todo aquello que para el cerebro funciona como banda sin fin, como una escaladora de gimnasio en donde el cerebro, con la música de Rocky, va desarrollando músculos por todas partes.

La metáfora del cerebro alterofílico o excesivamente ejercitado puede tener aspectos positivos, pero es insuficiente, parece que se restringe sólo al razonamiento, como si dijera: si estudias te volverás más inteligente. Sin embargo, el impacto de no ejercitar las neuronas no es sólo cognitvo, sino también emocional. Si no hay un esfuerzo importante dentro de nuestra cabeza, nos sentiremos apagados, desmoralizados, tristes. ¿Por qué pasa eso?
Es algo que está en nuestros genes. El encéfalo actual evolucionó por millones de años, desde especies predecesoras, para adaptarse a un mundo hostil. Había que pensar rápido, recordar y anticipar si se deseaba continuar con vida. Los seres motivados a los desafíos mentales tuvieron una ventaja sobre los compañeros de su misma especie, dicho de otra forma, los cerebros que motivaban a pensar hasta encontrar respuestas, fueron los escogidos por la selección natural.
Actualmente, cada vez que resolvemos un problema, el mecanismo cerebral nos da un premio en forma de emoción agradable, lo que nos hace sonreír y gritar internamente ‘¡lo logré!’. Si no nos esforzamos, no recibimos nada y quedamos tristes como ese niño que no se alcanzó a aventar a la piñata y se quedó sin dulces.

Lo malo es que durante las últimas décadas se han desarrollado muchas tecnologías para hacernos más fácil la vida, es decir, libre de retos cotidianos. Así, con mucho tiempo libre y sin suficientes dificultades, no sólo somos menos inteligentes, sino que además nos falta alegría; ya que encontrar soluciones a lo tremendamente complejo, o, en palabras de don Quijote, ‘desfacer entuertos’ es necesario para nuestra sensación de bienestar. En resumen, las emociones positivas que surgen al exigirle a nuestro cerebro no son opcionales, sino indispensables para sentirnos bien.
Este fue el tema de un artículo muy interesante que se publicó en la revista Scientific American Mind hace 15 años y que se llamó Depressingly Easy, algo así como deprimentemente fácil. En ese texto se hablaba entre otras cosas de la comida, pues ahora nos resulta práctico sacar algo del congelador y pulsar el botón de ‘Defrost’, pero nuestro cerebro está diseñado para encontrar alimentos en situaciones de gran escasez, pulir cuchillos de pedernal, prender fuego sin cerillos, sacar la carne de debajo de la piel del animal… en lugar de los insípidos 2 minutos que tarda el horno de microondas en estar listo. El esfuerzo de horas antes de poder probar un bocado, sazonaba al punto nuestro deseo de comer en la prehistoria, nos hacía sentir plenos y victoriosos.

El artículo era del 2008, pero ¿qué pasará ahora frente a la Inteligencia artificial que reducirá aún más los retos cotidianos? Ya no será necesario redactar un correo, programar una aplicación, lavar los trastes, ni hacer emprendimientos. Todo estará resuelto y probablemente eso nos hará sentir que estamos de más, como de sobra en la existencia. ¿Se transformará en ansiedad ese deseo de solucionar problemáticas? ¿se aumentarán los años de escuela para tener en qué entretenernos?
¿Tendremos que esperar sentados, como en una mesa de Bingo, a que el azar nos indique la siguiente jugada? Lo cierto es que nuestros sentimientos no serán tampoco un problema, ni un agradable desafío, pues seguramente la IA inventará nuevos y más potentes medicamentos tranquilizantes.
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