
Dentro de la cosmovisión mexica, cada fenómeno natural y social estaba determinado por una deidad. Cada animal, lluvia o guerra tenía detrás a un importante dios que imponía su voluntad; algunos eran benévolos y, por el contrario, otros eran despiadados.
De acuerdo con las leyendas nahuas que sobrevivieron a la invasión española, la instauración del virreinato y la consolidación del México moderno, en la antigüedad habitaba un ser mitológico hambriento y feroz, una criatura marina tan poderosa que devastaba todo a su paso. Su nombre era Cipactli.
Según la mitología azteca, la creación de todo comenzó con una energía suprema, representación de la fertilidad, cuyo nombre era Ometéotl. Al mismo tiempo se trataba de dos fuerzas opuestas, una femenina y otra masculina: Ometecuhtli y Omecihuatl. Ambos engendraron a cuatro principales deidades y, por tanto, el inicio de la vida.

Los cuatro dioses, representados con los puntos cardinales, fueron Tezcatlipoca, el dios de la providencia; Huitzilopochtli, dios de la tierra, ligado al sol; Xipe Tótec, dios de la agricultura y, finalmente, Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, dios de vida, maíz, la lluvia y la sabiduría.
Tezcatlipoca y Quetzalcóatl fueron los encargados de crear a la humanidad, no obstante, para ello, primero debía existir una tierra la cual habitar. Al principio no había tierra, solo un mar de aguas inmensas y cósmicas en donde la única criatura que existía, la que habitaba, era Cipactli, el monstruo marino, mitad cocodrilo, mitad pez, que surcaba las aguas devorando la inmensidad.
Se trataba de una bestia gigante de 18 cuerpos y con unas fauces enormes. Por ello, Quetzalcóatl y Tezcatlipoca hicieron un plan para acabar con el monstruo primitivo. Fue así que para atraer a la bestia, el dios de la providencia usó su propio pie como carnada. Se lo cortó y lo lanzó para llamar la atención del gran Cipactli.

Cuando se acercó, se abalanzaron sobre el gigante y —tras una batalla mortal— dieron fin al mítico ser. Su cuerpo fue separado en dos y así fue como crearían al mundo. No obstante, al darse cuenta que ahí no podría vivir la humanidad, pusieron una mitad sobre otra, dando lugar al cielo sobre la tierra.
Pero al no haber espacio entre ambas mitades, colocaron dos troncos de madera para separarlos y de esta manera crear el hábitat de hombres y mujeres que los adorarían. Arriba del cielo se encontraba nueve mundos más, el chiucnauhtopa, y debajo nueve inframundos, el chicnauhmictlan. Eran 18 mundos en total, los 18 cuerpos de la bestia.
De esta manera, la tierra es el cuerpo de Cipactli, quien no está del todo muerto. Por ello, se creía que los desastres naturales eran en realidad los intentos de la bestia ancestral por volver.

Por su parte, el mito dio origen al calendario que los nahuas utilizaban. Se componía de 18 meses, derivado de los 18 cuerpos de Cipactli, compuestos —cada uno— de 20 días, como los dedos de manos de los primeros dos habitantes del mundo.
En tanto, Cipactli también es el primer día del tonalpohualli, como se le conoce a dicho almanaque. De esta manera, se demuestra que el orden de los días se estableció derivado de una filosofía profunda, en donde el primer día representaba lo primitivo, el inicio, el estado puro, mientras que conforme avanzaban el tiempo, se acercaban a la complejidad y la belleza; por eso el último día es Xochitl.
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