
De vez en cuando, nuestra industria repleta de lanzamientos similares nos sorprende con un título que se sale de la norma. Stupid Never Dies, el flamante action RPG del estudio GPTRACK50, es el mejor ejemplo. Un juego con una dirección artística tan original y poderosa que termina subsanando algunos puntos flojos, pero importantes, de la propuesta.
La historia nos lleva a una realidad alternativa en la que existen los monstruos. Como era de esperar, la humanidad los recibió con la violencia que nos caracteriza y veníamos usándolos de mascota hasta que se organizaron y nos eliminaron de la faz de la Tierra. Luego de la derrota, el ejército de monstruos liderado por “KOM” se replegó hacia las profundidades del planeta y desapareció. El planeta quedó habitado por zombies y un puñado de humanos dispersos tratando de sobrevivir y ahí es que entra en escena nuestro protagonista.
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Davy es un zombie que, tropezando en un shopping abandonado, se encuentra con el cadáver congelado de una chica. El tipo se enamora a primera vista y se come un “huevo” de colores que termina dándole el poder de absorber los conocimientos de todo lo que se come. Así, en un ir y venir de eventos ridículamente graciosos, terminamos embarcandonos en una misión para recuperar los conocimientos acumulados de la humanidad y en el camino revivir a nuestro amor imposible.

Stupid Never Dies nos cuenta todo a través de un collage de cinemáticas espectaculares, con imágenes recortadas y una combinación de videos con el motor del juego. Cada uno de los personajes tiene una vuelta de tuerca graciosa, desde el chihuahua licántropo, pasando por la gárgola desmemoriada, hasta los jefes y su personalidad hilarante. Cada instante que pasemos en el hub principal, que es el centro del centro comercial en cuestión, estará condimentado de buena música y humor.
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A la hora de jugar, el juego de GPTRACK50 es un juego de acción sencillo y frenético que centra toda su propuesta en incursiones al inframundo. La progresión es cien por ciento roguelike, perdiendo la mayoría de los recursos al morir pero con la posibilidad de conservarlos si nos retiramos a tiempo. Toda la experiencia se desarrolla a contrarreloj, la progresión de niveles es al azar y cada escenario cuenta con un tipo de enemigo en particular que podemos devorar. Al hacerlo podremos transformarnos en esa criatura y así es como vamos cambiando de estilo de combate, el modo zombie es simple y directo pero de a poco iremos consiguiendo una docena de transformaciones.
El sistema de combate es accesible, directo y poco profundo. La idea claramente es divertir sin complicar al jugador: un ataque principal, uno fuerte y dos habilidades activables. La primera depende de las modificaciones que hayamos equipado, la segunda del núcleo del monstruo que estemos utilizando. Davy, en modo zombie, comienza con la habilidad de vomitar ácido pero al subir de nivel conseguiremos mejoras que transformarán y potenciarán su forma básica. Esta habilidad es reemplazada por la que nos haya tocado en suerte cuando devoramos el núcleo de un monstruo, cada uno tiene al menos tres variantes y diferentes niveles de rareza.
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La parte más original del juego está en la historia y el rol que le asigna a los monstruos, pero en especial a los zombies como “el eslabón más débil” y por ende los rezagados. Davy puede devorar y absorber los poderes de otros enemigos, alrededor de esa idea está construido el combate. En lugar de esquivar o hacer parry (algo posible únicamente a través de cierto equipamiento) tenemos una mordida fatal con super armadura que nos permite recuperar una parte del daño que nos hicieron los enemigos. Así, el juego publicado por SEGA nos invita a pelear de frente, asumiendo el daño y transformándolo en puntos de vida recuperados.
Stupid Never Dies deja en manos del azar la mayor parte de la progresión de la partida, por eso es más un roguelike que un RPG de acción. Tiene acción, sin duda, pero el único ápice de RPG que demuestra es la posibilidad de utilizar recursos de los jefes y enemigos derrotados para mejorar ciertas habilidades pasivas que se reducen a buffs, descuentos o extender algunos beneficios. También podemos mejorar la rareza de las mejoras que conseguimos al subir de nivel, pero ese apartado también está definido por el azar al igual que el equipamiento que conseguimos. Como todo roguelike, debemos hacer el mejor esfuerzo con lo que nos toca, desde el tipo de monstruo que nos cruzamos hasta las mejoras obtenibles al subir de nivel o abrir un cofre.
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La acción es simple y entretenida pero el loop de jugabilidad se vuelve reiterativo demasiado pronto. Los monstruos suman una bienvenida capa de variedad al combate, cada uno ataca y se desplaza de una manera distinta. Si los combinamos con el equipamiento adecuado propician la creación de builds devastadores, darse cuenta de estas combinaciones es gratificante. Sin embargo, a la hora de jugar todo se reduce a sumergirse a jugar capa tras capa de niveles con los mismos enemigos para farmear experiencia, recursos o simplemente alcanzar la última capa disponible para cumplir con la misión principal: derrotar el enemigo de turno.

Toda la progresión está atada a un objetivo arbitrario que se nos informa de antemano. Sin importar la forma en que el juego lo describa, siempre vamos a tener que llegar a la última capa y derrotar algún enemigo o jefe. Todo lo demás es automático, vamos a ver diálogos geniales y cinemáticas vistosas, pero el apartado jugable será el mismo. Habrá nuevos escenarios, enemigos nuevos que se desbloquean cuando los derrotamos por primera vez y algunos niveles apenas novedosos, pero cada partida se siente igual y después de cinco o seis partidas se vuelve aburrido.
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El aburrimiento es el peor enemigo de Stupid Never Dies; en realidad de cualquier juego si somos honestos. Aún con una historia graciosa, diálogos hilarantes y un apartado artístico alucinante sigue siendo un lastre pesado de acarrear. En los momentos de frustración, cuando nos derrota un grupo de enemigos porque no llegamos a esquivar o defendernos a tiempo, el tedio de pasar por lo mismo una vez más se vuelve inevitable. Por más mecánicas para mitigarlo que GPTRACK50 haya implementado, al final del día volveremos a ser un zombie lento a la espera que aparezca uno de los monstruos más divertidos de usar mientras atravesamos una vez más una docena de niveles repetidos. Es un buen juego, seguramente ideal si sos amante de los roguelikes, pero si estás buscando un RPG de acción probablemente no sea el juego apropiado.

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