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Those Who Hunt Elves: un portal absurdo directo a los noventa
En la vasta galaxia del anime noventero, lleno de historias épicas, dramas intensos y mundos fantásticos, hubo un lugar especial para la comedia más irreverente y absurda. Those Who Hunt Elves se presentó como una bocanada de aire fresco para quienes necesitaban reírse a carcajadas mientras exploraban universos de magia, tecnología y, por supuesto, el siempre polémico tema de arrancar tatuajes con... cuchillos. Esta serie no solo parodiaba los clichés del anime fantástico, sino que lo hacía con una mezcla de locura y descaro que hoy se mantiene como un verdadero portal hacia la cultura pop de los noventa.
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Bienvenidos una vez más a Retrocultura Activa, el lugar donde lo clásico nunca pasa de moda y lo absurdo se convierte en leyenda. Prepárense para viajar en el tiempo y sumergirse en una aventura que solo podía salir de la mente descontrolada de los noventa.

De qué va la locura
Cuando uno piensa en anime de los noventa, la mente suele irse a héroes atormentados, robots gigantes y cyberpunk oscuro. Pero Those Who Hunt Elves llega para recordarnos que esa década también fue un caldo de cultivo para la estupidez más deliciosa y descarada. Estrenada entre 1996 y 1997, esta comedia isekai -aunque mejor decir “portal loco”- dirigida por Kazuyoshi Katayama (Appleseed, The Big O) muestra que los mismos nombres que nos dieron épicas serias sabían cuándo bajarse del pedestal y meterse de lleno en el delirio.
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La premisa parece salida de una noche de sake y fideos instantáneos. Tres humanos -una actriz de acción (Junpei Ryuzouji), un fanático de los tanques (Ritsuko Inoue) y una colegiala con alma de karateka (Airi Komiyama)- son transportados accidentalmente a un mundo de fantasía lleno de elfos, magia y monstruos. El problema es que, para volver a Japón, necesitan reunir los fragmentos de un hechizo de retorno... que, por un capricho del guion, se imprimieron en forma de tatuajes invisibles sobre la piel de varias elfas repartidas por todo el reino.
¿Solución? Desvestir a toda elfa que se cruce en el camino, escanearla minuciosamente y seguir la cacería. Así de simple, así de ridículo. Those Who Hunt Elves no intenta disfrazar nada: combina fanservice descarado con comedia y chistes absurdos que rompen la cuarta pared. Es imposible tomarlo en serio, y ahí justamente está la gracia.
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Un director fuera de su molde
Kazuyoshi Katayama, que venía de coordinar la seriedad sci-fi de Appleseed, se despacha acá con una burla total a cualquier solemnidad. Años después volvería a su estilo más serio con el noir mecha de The Big O, pero en Those Who Hunt Elves decidió darle rienda suelta a su lado más absurdo. Es como ver a un director de thrillers meterse en una fiesta de carnaval sin disfraz. La animación corre a cargo de Group TAC, un estudio recordado por trabajos tan dispares como Night on the Galactic Railroad y Mister Ajikko. En el guion figura Sho Aikawa, un tipo que un año después ayudaría a dar forma a Fullmetal Alchemist, demostrando que la locura y el genio muchas veces viajan juntos.
La serie no es para todos los públicos de hoy. Hay que aceptarlo: Those Who Hunt Elves funciona dentro del humor de su época, donde el fanservice descarado era moneda corriente y el concepto de “corrección política” brillaba por su ausencia. Pero dentro de ese marco, es notable la creatividad de sus situaciones, con tanques que disparan proyectiles monstruosos, dragones que hacen cameos, aldeanos que se convierten en ejércitos improvisados y, por supuesto, el pobre mundo de los elfos que mira horrorizado cómo esta catarata de absurdos irrumpe porque sí en sus praderas pacíficas.
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Uno de los ganchos más memorables es justamente el tanque de Ritsuko. Ella lo trata como un cachorro mimado, lo repara y lo modifica. Cada vez que aparece, destruye media aldea y genera secuencias de acción que parodian películas de guerra y aventuras.

Episodios y momentos imposibles de olvidar
Aunque Those Who Hunt Elves funciona como un gran sketch continuo, lleno de humor absurdo y autorreferencial, hay momentos que quedaron grabados en la memoria de sus seguidores. Por ejemplo, uno de los más celebrados es el episodio donde un dragón milenario, que debería ser una amenaza apocalíptica, termina completamente borracho de sake mientras la banda de humanos improvisa karaokes y banquetes para convencerlo de entregar un fragmento del hechizo. En lugar de una batalla épica, lo que se desata es una resaca monumental para la pobre bestia, demostrando el tono burlón con el que la serie dinamita cada cliché del género.
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Otra parada obligatoria es el inolvidable torneo de artes marciales, un guiño descarado a Dragon Ball y todos los animes de peleas shōnen de los ochenta y noventa. Aquí, Airi, la actriz de películas de acción reconvertida en colegiala karateka, demuestra que puede derribar monstruos y golems a puro golpe limpio. Mientras tanto, Junpei, el matón de corazón simple, se mete en problemas cada vez que su obsesión por las mujeres (y su total falta de filtro) lo hace acosar a la pobre presentadora del evento. El resultado es caos, peleas ridículas y una burla descarada a los torneos interminables que dominaban la TV de la época.

La serie también se luce con episodios como el de la rebelión de las elfas. Cansadas de ver a sus tierras invadidas por un tanque, se organizan en una suerte de ejército improvisado. Forman barricadas, entrenan estrategias de guerrilla y juran proteger sus cuerpos -literalmente-, ya que cada fragmento del hechizo está tatuado en la piel de alguna desprevenida elfa. Pero la rebelión no dura demasiado, ya que entre la torpeza general, las discusiones internas y la potencia del tanque, la “gran defensa” se derrumba con más gags que gloria.
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Y por supuesto está Celcia, la bruja elfa que desata todo el caos al invocar por error a los tres humanos desde Japón. Celcia se convierte en la desgraciada favorita del show: una hechicera poderosa en teoría, pero que pasa más tiempo desnuda o transformada en gato, perro o pez que practicando magia seria. Sus intentos de detener a los protagonistas suelen terminar en su propia humillación, alimentando uno de los chistes recurrentes más memorables de la serie.
Cada uno de estos episodios y situaciones se encadena con un ritmo vertiginoso, entre cameos de monstruos sacados de manual, referencias a otros animes de fantasía y gags visuales que no tienen miedo de caer en lo absurdo. Es, en el fondo, una carta de amor retorcida y pícara a todos los tropos del género, con el solo objetivo de recordar que la fantasía, a veces, se disfruta más cuando se ríe de sí misma.
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Segunda temporada y más allá
El éxito relativo de la primera temporada llevó a una segunda, Those Who Hunt Elves II (1997). Misma fórmula, nuevos países que conquistar y más elfas que desnudar. Sin reinvenciones, el guion redobla la apuesta con enemigos más ridículos y villanos caricaturescos. La animación mejora apenas, pero mantiene el estilo grotesco, con colores chillones y expresiones exageradas que recuerdan a Slayers o Excel Saga.
El manga original de Yu Yagami extendió la historia con más situaciones absurdas, personajes secundarios delirantes y chistes meta que burlaban las limitaciones de la animación. Para los coleccionistas, todavía vale la pena cazar tomos en tiendas de segunda mano o leer scans rescatados por fans.
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Doblaje, fansubs y la cultura VHS
En Latinoamérica, Those Who Hunt Elves fue doblado oficialmente al español latino bajo el título Los Cazadores de Duendes, y se emitió principalmente en canales de cable especializados como Locomotion. Aunque no tuvo una difusión masiva en televisión abierta, su doblaje profesional permitió que muchos fans lo descubrieran en esa época.
A la vez, la serie circuló mucho en convenciones de anime, ferias de fanzines y también en versiones subtituladas, grabadas de copias de LaserDisc o VCD japoneses. La combinación de doblaje oficial y fansubs hizo que la serie se mantuviera vigente, pasando de generación en generación.

En la era digital, Los Cazadores de Duendes se puede encontrar completa en plataformas oficiales de streaming y en sitios de fans, además de videos en YouTube, donde conserva su estatus de joyita nostálgica para los amantes del anime de los noventa.
La serie en sí misma sigue siendo valiosa porque es un testimonio de una época donde el anime no necesitaba justificarse ante nadie. No había obsesión por adaptar todo a estándares globales ni filtros para suavizar la locura. Those Who Hunt Elves es una cápsula de libertad creativa, una idea estúpida, estirada sin pudor y ejecutada con un entusiasmo contagioso.
También es un recordatorio de que el isekai -ese género hoy tan saturado- alguna vez pudo ser fresco, descarado y autorreferencial, antes de volverse fórmula repetida. Y, sobre todo, es un festival de comedia física y absurda que se disfruta mejor con amigos o en una maratón nostálgica.

Legado improbable
No vas a encontrar Those Who Hunt Elves en tops de “mejores animes de todos los tiempos”, pero sigue apareciendo en listas de “animes que tenés que ver para entender los noventa”. Su influencia es indirecta: autores de series cómicas actuales citan este tipo de humor como inspiración para burlarse del fanservice o reinventar la fórmula isekai. Si alguna vez te reíste con Konosuba, Excel Saga o Gintama, algo de este ADN descarriado pasó por ahí.
Those Who Hunt Elves no intenta justificarse ni disfrazar su locura. Es grosero, absurdo y, de algún modo, entrañable. En una era donde todo se revisa con lupa, este anime funciona como recordatorio de que a veces es sano reírse de lo que no tiene sentido.

Así que si alguna vez querés revivir la magia caótica de los noventa, buscá un par de episodios, preparate para ver tanques que aplastan castillos de cartón, elfas que corren aterrorizadas y un trío de héroes que jamás pidió ser ejemplo de nada.
Y hasta aquí llegamos, esto fue Retrocultura Activa, donde cada recuerdo raro es un tesoro, y cada tesoro una excusa para seguir rebuscando en la videoteca infinita de la memoria. Nos vemos en la siguiente entrega con un vasito de sake bien servido.
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