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El ladrón enamorado que asaltó un banco para pagar el cambio de sexo de su pareja: la verdadera historia de “Tarde de perros”

La tarde del 22 de agosto de 1972 John Wojtowicz intentó asaltar, junto a dos cómplices, una sucursal del Chase Manhattan de Brooklyn. El robo derivó en una toma de rehenes transmitida en vivo y en directo por la televisión que convirtió al ladrón en un héroe popular que confesó a los cuatro vientos que era homosexual. A partir de esa historia, Sidney Lumet filmó una de las películas más exitosas de la historia del cine, protagonizada por Al Pacino y John Cazale

Historia de Tarde de Perros
John Wojtowicz es trasladado por agentes del FBI desde la sede de la agencia en Nueva York, el 23 de agosto de 1972, a su audiencia de lectura de cargos en el Tribunal Federal de Brooklyn, Nueva York. Permanecía detenido, acusado de robo a un banco y secuestro (AP Photo/Jim Wells)
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En 2002, cuando los cineastas neoyorquinos Allison Berg y Frak Keraudren lo localizaron y lograron entrevistarlo para su documental The Dog, ya casi nadie recordaba —si alguna vez lo había sabido— quién era John Wojtowicz. “En aquel entonces, vivía en el olvido con su madre y se alegró de que alguien se acercara a interesarse por él”, contó Keraudren en una entrevista que le hizo la BBC por el estreno de la película. Además, el tipo la estaba pasando mal. Hacía tiempo que no conseguía trabajo y se había encaprichado en obtenerlo como custodio en una empresa de seguridad bancaria. A todas les enviaba la misma carta de presentación, donde como todo currículum se podía leer: “Soy el chico de Tarde de Perros, y si estoy vigilando tu banco, nadie robará un centavo”. Algunas empresas le contestaban que le agradecían la oferta, pero que no estaban contratando personal; otras, la mayoría, ni siquiera le respondían.

Cuando ya nadie recordaba a John Wojtowicz, Tarde de Perros, película dirigida por Sidney Lumet y protagonizada por Al Pacino y John Cazale hacía tiempo que se había convertido en uno de los mayores éxitos de la historia del cine. Al estrenarse en septiembre de 1975, todo el mundo recordaba que se trataba de la recreación de una historia real, ocurrida apenas tres años antes, el 22 de agosto de 1972, cuando John Wojtowicz, Salvatore Naturile y Robert Westenberg intentaron robar la sucursal del Chase Manhattan Bank en Brooklyn, sobre la avenida P 450 en Gravesend, un barrio del suroeste de Long Island. Un asalto frustrado que transmitido en vivo y en directo por las cadenas de televisión, tuvo en vilo a Nueva York durante 14 horas.

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El asalto se inició sobre la hora de cierre del banco y los ladrones calculaban que se llevarían un botín de entre 150.000 y 200.000 dólares del tesoro, pero solo encontraron 29.000 y algunos miles en cheques de viajero. Poco después de entrar, Westenberg decidió irse y escapó —sin llevarse dinero y dejando su arma—, mientras que Wojtowicz y Naturile, con ocho empleados de la sucursal como rehenes, quedaron atrapados dentro del banco rodeado por decenas de policías y, más tarde, agentes del FBI.

Luego de varias horas de negociaciones, Wojtowicz y Naturile plantearon sus demandas: liberar a una tal Elizabeth Eden, que estaba internada después de un intento de suicidio en el Kings County Hospital Center, a cambio de un rehén; hamburguesas y gaseosas para todos; un transporte hacia el Aeropuerto Internacional John F. Kennedy para ellos y los rehenes y un avión para volar fuera del país, donde liberarían al resto de los empleados del banco que mantenían en su poder. El asalto terminó mal, porque al llegar al aeropuerto, el FBI mató a Naturile y logró reducir a Wojtowicz, que se entregó sin ofrecer resistencia.

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Pudo haber sido la historia de un robo fallido más y pasado rápidamente al olvido, pero dos hechos la hicieron extraordinariamente notoria: el espectáculo montado por Wojtowicz en la vereda del banco durante las negociaciones, que fue seguido por centenares de curiosos que, incluso, le manifestaron abiertamente su apoyo mientras ridiculizaba a la policía; y más que nada por una frase reveladora que el ladrón gritó en la calle para que la escuchara todo el mundo: “Quiero que traigan hasta acá a mi esposa desde el hospital del condado de King. Su nombre es Ernest Aron. Es un hombre. Soy gay”, una confesión incomprensible en esos años en los que la discriminación sexual todavía pegaba muy fuerte en la sociedad estadounidense.

En medio de las negociaciones que se produjeron durante la toma, Wojtowicz le confesó al detective Eugene Moretti la razón que lo había llevado a asaltar el banco: conseguir el dinero suficiente para pagarle una operación de cambio de sexo a Aron, para que pudiera cumplir su sueño de convertirse en Elizabeth Eden, porque era “una mujer que se siente atrapada en el cuerpo de un hombre” y el quería liberarla de esa prisión.

Historia de Tarde de Perros
John Wojtowicz se asoma al exterior en el momento de la toma del banco, armado con una escopeta, el 22 de agosto de 1972. Los dos asaltantes exigieron paso libre hasta el aeropuerto Kennedy y un avión para escapar (AP Photo/Dave Pickoff)

Un hombre confundido

Wojtowicz acababa de cumplir 27 años cuando intentó asaltar el Chase Manhattan Bank. Nacido en 1945, había sido, en sus propias palabras “un chico normal” hasta fines de la década de los ’60. Al terminar la secundaria se alistó en el Ejército, donde aprendió a usar armas, para combatir en Vietnam. Después de la baja, consiguió trabajo precisamente en el Chase Manhattan Bank, donde conoció a Carmen Bifulco, una compañera de trabajo con la que se casó en 1967 y tuvo dos hijos.

El matrimonio con Carmen fue el último intento de Wojtowicz por seguir sintiéndose “normal”, porque para entonces ya luchaba en secreto con la dirección de su deseo. Había tenido su primer encuentro homosexual en el Ejército con “un tipo llamado Wilbur”, pero al volver quiso formar una familia como Dios y la tradición mandaban. El intento no duró mucho tiempo: a fines de 1969 le confesó a Carmen que le gustaban los hombres, se separó y, dispuesto a mostrarse ante el mundo tal como era y se sentía, se unió a la Gay Activist Alliance, todo un acto de valentía por esos años.

Poco después conoció y se enamoró de Ernie Aron, que se sentía “una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre” y ya por entonces se presentaba como Liz Eden. Decidieron casarse, algo imposible por la legislación de esa época, pero lograron que el cura católico Gennaro Aurichio accediera a hacerlo en una “ceremonia de bendición”, lo que más tarde le costaría su expulsión de la Iglesia.

Pero a pesar de estar, como ellos mismos decían, enamorados, la relación se volvió pronto tormentosa, porque Eden quería someterse a una operación de cambio de sexo y Wojtowicz no estaba de acuerdo. Fue así hasta que Aron-Liz intentó suicidarse por no poder tolerar más la situación y entonces Wojtowicz accedió. Sin embargo, para una intervención quirúrgica de ese tipo hacía falta mucho dinero, unos 2.500 dólares de la época, una suma imposible para la ajustada economía de la pareja. Fue entonces cuando Wojtowicz decidió financiar la operación asaltando un banco, el mismo donde había trabajado.

John y Elizabeth Eden Tarde de perros
John Wojtowicz y Elizabeth Eden

Tres ladrones improvisados

El primer problema que enfrentó Wojtowicz fue que no tenía la más mínima experiencia en la materia. Más aún, en su vida no había cometido un solo delito. Aún así, decidió seguir adelante y convenció a dos amigos del mundo gay neoyorquino, Naturile y Westenberg, para que lo secundaran. Con ellos formó un trío decidido, pero completamente inexperto. Tanto es así que, cuando perpetraron el asalto a la sucursal del Chase en Brooklyn, venían de dos intentos en otros bancos que habían fallado antes, incluso, de que pudieran iniciarlos. La primera vez, a Wojtowicz se le cayó la escopeta en la vereda cuando bajaban del auto y debieron huir sin siquiera entrar al banco; en la segunda, tuvieron que abortar el robo cuando ya estaban adentro pero aún no habían mostrado las armas porque Westenberg se encontró con una amiga de su madre que podía reconocerlo.

La tercera fue la vencida. Para inspirarse, o quizás darse un valor que no tenían, el día anterior al asalto fueron a ver El Padrino, la película de Francis Ford Coppola estrenada ese mismo año. Por eso, cuando la tarde siguiente entraron al Chase Manhattan, Naturile inició el robo dándole al cajero una nota que parafraseaba una cita del filme: “Esta es una oferta que no puede rechazar”. Realmente de película.

Eligieron la sucursal del Chase Manhattan en Brooklyn porque un antiguo compañero de trabajo de Wojtowicz —cuya identidad nunca reveló— le había dicho que esa tarde, cerca del cierre, habría allí cerca de 200.000 dólares. Sin embargo, cuando el gerente les abrió la puerta del tesoro solo encontraron 29.000, porque apenas media hora antes un camión blindado había retirado casi todo el dinero.

A partir de ahí, todo siguió andando mal. Nervioso porque vio pasar un patrullero por la calle, Westenberg decidió irse y dejó su arma, mientras Wojtowicz intentaba quemar un registro con la numeración de los billetes en un cesto de papeles. Eso los perdió, porque alertado por el humo que vio dentro del edificio, un transeúnte avisó a la policía que estaba pasando algo raro en el banco.

Historia de Tarde de Perros
John Wojtowicz llega a la sede del FBI en Nueva York, el 23 de agosto de 1972, tras haber sido capturado esa misma mañana en el aeropuerto Kennedy (AP Photo/Anthony Camerano)

La verdadera tarde de perros

En pocos minutos, la policía rodeó el banco y detrás de los patrulleros llegaron los curiosos y los canales de televisión. El robo frustrado se convirtió entonces en un espectáculo, al que contribuyó el mal manejo inicial de los negociadores policiales, la transmisión en vivo y en directo, y un impensado histrionismo de Wojtowicz que, cada vez que salía a la calle para hablar con la policía —mientras Naturile mantenía a los rehenes dentro de la sucursal— se iba ganado con su “actuación” la simpatía de los curiosos, que pronto sumaron centenares.

Cuando pidió pizzas y bebidas para los rehenes, le pagó al repartidor que se las entregó con billetes del banco y, al escuchar cómo los curiosos lo vitoreaban, comenzó a tirar billetes al aire para que se los llevara el viento. “Había una verdadera multitud reunida en Brooklyn. Era un circo, un verdadero espectáculo. Cualquiera lo hubiera amado, era un Robin Hood”, relató el periodista Bob Kapstatter, que cubría la noticia para el Daily News.

No solo hizo un show en la calle, sino que también se ganó la simpatía de los rehenes. Si nadie mencionó en ese momento que sufrieron el “síndrome de Estocolmo” fue porque esa definición recién se acuñaría el 23 de agosto de 1973 —un año y un día después—, en Suecia, cuando Jan-Erik “Janne” Olsson intentó asaltar el Banco de Crédito de Estocolmo y los rehenes confesaron después que le habían tenido más miedo a la policía que al asaltante, de quien elogiaron su amabilidad. En el caso de Wojtowicz, una de las rehenes, Shirley Ball, contaría años después en el documental The Dog: “Me di cuenta de que era amable, quería ser amigable, tenía un motivo para robar el banco, no creyó que se fuera a alargar tanto, pensó que iba a ser entrar y salir, pero tal como salieron las cosas, no pudo salir”.

El momento cumbre fue cuando Wojtowicz pidió que trajeran a su “esposa” y confesó a los cuatro vientos que era gay. Esa revelación —si bien provocó algún abucheo entre los curiosos— terminó por ganarse la simpatía de la mayoría. “Estaba siendo honesto, fue un bombazo. La liberación gay directo a la yugular”, dice Jeremiah Newton, un amigo de Aron, en el mismo documental.

A lo largo de las 14 horas que se prolongó la toma, Wojtowicz atendió por teléfono a varios periodistas, conversó también con su esposa Aron-Liz y logró que trajeran a su madre, con quien habló a los gritos desde la vereda del banco. A pesar de la resistencia de la policía, los cronistas aprovecharon para entrevistarla. “Cuando era niño, era bueno. No fue problema. El servicio militar lo estropeó todo”, les dijo la señora y contó que había asistido al “casamiento” de John con Aron y que estaba orgullosa de su hijo.

Cuando finalmente los dos ladrones subieron con los rehenes al vehículo que los llevó al aeropuerto, ya eran miles las personas reunidas en los alrededores del banco. Al verlos salir, los vitorearon y aplaudieron.

El final, sin embargo, no fue el que deseaba la mayoría de los curiosos y de los televidentes, que pusieron por las nubes el rating de los canales de noticias. Al llegar al Aeropuerto Kennedy, el FBI mató de un tiró en la cabeza a Salvatore Naturile y redujo rápidamente a John Wojtowicz. Robert Westenberg, el ladrón que había logrado huir, fue capturado pocas horas después. En el juicio, realizado en abril de 1973, Westenberg fue condenado a dos años de prisión —fue declarado “no culpable” de la toma de rehenes— y Wojtowicz recibió una pena de veinte años, de los cuales solo cumplió cinco.

Historia de Tarde de Perros
Wojtowicz recibió 7.500 dólares, más el 1% de los beneficios de la película, por los derechos de su historia; con ese dinero, entregó a Eden la suma necesaria para costear la cirugía (Fotografía policial de autor desconocido/FBI/ ARCHIVIO GBB)

Una estafa de película

El productor cinematográfico Martin Elfand se enteró del frustrado asalto a la sucursal del Chase Manhattan Bank de Brooklyn al leer en la revista Life un extenso artículo de los periodistas P. F. Kluge y Thomas Moore titulado “The boys in the bank”. Fascinado por la historia, se la propuso a otro productor, Martin Bregman, y al director Sidney Lumet, quienes contrataron a Frank Pierson para que escribiera el guion. Pierson entrevistó a casi todos los protagonistas, a quienes se les hizo firmar un contrato de autorización para “meterlos” en la película. Cada rehén recibió 600 dólares y a Westenberg le ofrecieron 2.000, pero no aceptó por consejo de su abogado, que consideró que podía ser perjudicial para que obtuviera la libertad condicional.

Wojtowicz cobró 7.500 dólares por los derechos de la historia y trató de negociar también para que le dieran el uno por ciento de la recaudación bruta de la película. Finalmente aceptó una contrapropuesta que establecía que le pagarían 25.000 dólares si el filme era tan exitoso como Sérpico, el último éxito de Al Pacino, que ya había sido elegido para encarnar su personaje. Apenas cobró esos 7.500 dólares iniciales, Wojtowicz le dio a Aron los 2.500 necesarios para que finalmente pudiera someterse a su ansiada operación de cambio de sexo y convertirse en Liz Eden. Poco después se separaron. En un programa de televisión, poco antes de ser liberado en 1978, le dijo a Eden frente a las cámaras: “No me arrepiento de haberlo hecho porque te salvó la vida”. Liz Eden murió de Sida en 1987.

Cuando se estrenó, Tarde de Perros tuvo un éxito descomunal, donde junto a un Al Pacino brillante en el papel de Wojtowicz luce la actuación de John Cazale interpretando — con muy pocas palabras y gestos siempre contenidos— a Salvatore Naturile. La película fue candidata a seis Óscar y Pierson ganó el del mejor guion original. También fue nominada a siete Globos de Oro y tuvo seis nominaciones a los Premios BAFTA, entre muchos otros galardones.

Solo en el año de su estreno, recaudó 56 millones de dólares, el equivalente a más de 500 veces el botín que los tres ladrones improvisados pensaban llevarse del Chase Manhattan Bank de Brooklyn y casi 7.500 veces más que los escasos 7.500 dólares que le pagaron a John Wojtowicz por los derechos de su historia. Porque al final, el ladrón frustrado terminó también siendo estafado: los productores jamás le pagaron los 25.000 dólares que le habían prometido si la película superaba el éxito de Sérpico.

John Wojtowicz murió de cáncer en 2006. En el dormitorio que ocupaba en la casa de su madre, porque ni siquiera podía costearse el alquiler de un departamento, seguía teniendo pegado en la pared el afiche del estreno de Tarde de Perros, donde se puede leer: “El atraco tenía que haber durado diez minutos. Cuatro horas más tarde el banco era un circo. Ocho horas más tarde era la emisión en directo más importante de la televisión. Doce horas más tarde era historia. Y todo es completamente real”.

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